
En
muchísimas ocasiones es "la mayoría" la que decide y marca los pasos.
Constantemente hacemos concesiones, aunque lo que se nos propone no encaje
exactamente con lo que nosotros queremos hacer. Pensamos que una voz no
tiene peso, pero una voz es el aleteo de una mariposa.
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DICIEMBRE 2004

LA MAGIA DE LAS MARIPOSAS
POR CAROLINA FERNANDEZ
Y de repente es Navidad. Uno lo sabe
con certeza porque se despierta por la mañana y tiene encaramado al balcón
de casa a un operario del ayuntamiento amarrando las luces que lo
corroboran. Navidad. Campana sobre campana. Así sin avisar. Días extraños en
los que pueden pasar las cosas más insospechadas, como salir a la calle a
coger el autobús y darse de narices con una excursión de papás noeles que se
dirigen con paso decidido al casting de los grandes almacenes, con la
esperanza de ganarse el sustento oyendo las peticiones de cientos de niños
amortajados con bufandas y gorros con pompón. Cosas así.
Se espera que, en cuanto se dé el pistoletazo de salida, servidora salga a
la calle con furor consumista a comprar cosas que en la mayoría de las
ocasiones quedarán olvidadas en los cajones. Paquetes para padres, madres,
hermanos, novios o maridos, amante si lo hubiere, abuelos, parientes más o
menos cercanos, parientes más o menos lejanos, amigos, allegados, y hasta al
perro habrá que traerle algo, caras, que no hay que ser cutre, que es
Navidad.
Se espera que me gaste el sueldo del mes presente y el del venidero, así
como ahorrillos varios y hasta el depósito de emergencia absoluta que guardo
en el calcetín bajo el colchón. Es la llamada del espíritu de la Navidad.
Se espera que me engulla en una sola cena una cantidad de comida similar a
la que en condiciones normales comería repartida en tres o cuatro días,
además de "jartarme" de turrones variados, mazapanes, polvorones,
almendritas y demás zarandajas, generosas en azúcares, grasas e hidratos de
carbono, que me van a sentar como si me hubiera comido dos ladrillos y que
además tardarán unas cuantas semanas/meses en dejar de acolchar mis caderas.
Se espera que cante villancicos con expresión risueña, que me sienta feliz,
hermanada con todos los seres de buena voluntad del mundo. Que viva en esos
días llenos de paz y amor bajo el estado de trance navideño, con carita
bobalicona. Que salude a todos mis vecinos, que perdone a mis enemigos, que
reparta buenos deseos. Que piense bien de todos, hasta de los mayores hijos
de mala madre que se me puedan ocurrir, y se me ocurre más de uno, porque
por alguna extraña razón, es seguro que con una copa de champán en la mano,
un cartel de Merry Christmas y los nietos enroscados en las perneras de los
pantalones, no parecen tan oscuros como cuando salen en las noticias,
justificando muertos. Es la magia de la navidad, que a todo el mundo lo
vuelve bueno.
Se espera que me deje invadir, con mucho gusto además, por ese extraño
espíritu navideño, que además se pega como un chicle a la suela de un
zapato. Y que me sumerja, como los demás, en ese paréntesis festivo extraño,
anacrónico y hasta ofensivo para algunos, aquellos que tienen otras
cuestiones más urgentes y más vitales que resolver. Que me vista un traje de
luces, que me tome doce uvas y que brinde por el año nuevo, para que sea
mejor que éste, etc, etc, etc.
Y finalmente se espera que, llegado enero, y con las luces apagadas, se
retorne al gris cotidiano y se esfume la borrachera de buenos propósitos que
nunca llegan a cumplirse. Y así hasta el año siguiente.
Será que me pilla a contrapelo, porque lo cierto es que he tenido que
ponerme delante del calendario para recordarme que estamos en diciembre, con
todo lo que supone. Y me he rebuscado el espíritu navideño hasta en los
pliegues del ombligo, sin encontrar ni los restos fósiles. A lo mejor porque
cojo el periódico y se me cortan en seco las ganas de celebrar, como estoy
segura que les pasa a muchos. Sin embargo todo sigue igual. Siempre gana la
manada.
¿Siempre?
Erase una vez un tal señor Lorenz, que pasaba el tiempo en la entretenida
actividad de calcular probabilidades climáticas por ordenador. Este buen
hombre cayó en la cuenta de algo extraordinario: comprobó que una pequeña
alteración en un punto de la red, podía provocar grandes cambios en un lugar
más alejado. Con eso destapó el "efecto mariposa", un nombre precioso, por
cierto, para un fenómeno fulminante y caótico. Y nos dijo: señores, un
pequeño aleteo en un punto puede ocasionar un huracán al otro lado del
mundo. ¿Delirio científico? A pesar de que creemos disfrutar de libertades,
lo cierto es que en muchísimas ocasiones es "la mayoría" la que decide y
marca los pasos. Constantemente hacemos concesiones, aunque lo que se nos
propone no encaje exactamente con lo que nosotros queremos hacer. Pensamos
que una voz no tiene peso, pero una voz es el aleteo de una mariposa.
De modo que ahí va, lanzado al espacio común, un pequeño aleteo ante el
sofocón de hipocresía navideña que nos aguarda, como siempre, una vez más
año tras año, en un momento planetario tan intenso y tan caótico, que los
buenos deseos del puñado de privilegiados sonrientes que vive en la parte
"buena" del mundo, brindando al lado de la chimenea, están fuera de lugar y
de tiempo. Espero que se sume al batir de alas de otros muchos y entre todos
seamos capaces de provocar algo, en algún momento, en alguna parte del
mundo, que se salga de lo que todos esperan que vaya a ocurrir. Y si no, por
lo menos será una invocación personal a la creatividad, y una estocada a la
hipocresía. Nunca se sabe.
De momento, yo sé que este año brindaré por la magia de las mariposas. ∆ |