
Las próximas bofetadas no
se hicieron esperar pero ya no me pedías perdón, ya no te culpabas, ni
siquiera alegabas un mal momento, o un mal día, o una pérdida de
control. Me culpabas a mí. |
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AGOSTO 2004

A CUALQUIER MALTRATADOR
POR RAQUEL BUZNEGO (PSICOLOGA)
A duras penas recuerdo el rostro que
antaño conocí. La memoria me traiciona, una nebulosa habita en mi cerebro y,
sin embargo, quiero recordar, quiero hablarte, quiero expresarte todo
aquello que siento y que, jamás, me atreví a decir.
Se me encoge el corazón cuando recuerdo aquellos primeros días, nuestros
primeros meses. Para mí fue la ilusión, para ti un soberbio trabajo, porque
trabajo es fingir constantemente, mostrar lo que no se siente, sonreír
cuando se desea agredir y expresar amor donde sólo cabe el rencor.
No cabía en mí de gozo cuando me jurabas eterno amor, cuando me pediste que
compartiéramos ese amor. Vivía en un sueño, mis amigas me envidiaban. Eras
atento, divertido y atractivo.
Nuestra boda, ingenua de mí, era el pasaporte al paraíso, ¿quién dijo que no
existía? El paraíso, digo. Allí estaba yo apostando por él.
La noche de bodas ¿cómo decirte?, tuvo un agridulce sabor; tus bellas manos
abofetearon mi rostro ¿por qué? No lo sé. Con lágrimas en los ojos me
pediste perdón, no te lo explicabas, la ceremonia, el estrés, la
felicidad... demasiadas emociones, te habías puesto nervioso. No volvería a
ocurrir.
Y te creí, porque quería creer, porque era inocente, porque te amaba.
Los días siguientes fueron bellos, muy bellos. El incidente se fue borrando
de mi mente, todo discurría con normalidad, con serenidad, con amor.
Pero nada era cierto. Tu odio, tus frustraciones, tu agresividad,
nuevamente, estampó su sello contra mi rostro. Vuelta a empezar, vuelta a
llorar, vuelta a pedir perdón.
Las próximas bofetadas no se hicieron esperar pero ya no me pedías perdón,
ya no te culpabas, ni siquiera alegabas un mal momento, o un mal día, o una
pérdida de control. Me culpabas a mí: provocaba, me miraban en la calle,
miraba a tus amigos, saludaba sonriente al vecino...
A partir de entonces comenzó mi muerte.
Cambié la sonrisa por seriedad, los pantalones ajustados por dos tallas más,
las camisetas por camisas y la ilusión por desazón.
Parecías contento, me felicitabas, estaba a la altura de tus deseos porque
nadie más que tú debía mirarme, así debía de ser, decías, eso era el amor,
dos miradas que convergen, dos almas que se funden, dos personas que se
bastan.
Y, de paso, dejé de visitar a mis amigas, dejé de comprar bonitas camisetas,
dejé de pasear, dejé de sonreír y dejé de vivir.
Ni siquiera me conocía, me transformé en una sombra, en tu sombra, dispuesta
a complacerte para detener tu furia. Eso debía ser el amor, debía renunciar
a mis deseos para entregarme a los tuyos, en alguna parte había leído que
amor es entrega y yo estaba dispuesta a entregarte mi vida, a demostrarte mi
amor.
Pero duró lo que duró, tampoco fue suficiente, me abofeteabas por cualquier
cosa y comencé a esconder mis moratones.
Comencé a temer y, a la vez, comencé a comprender.
Un día, maravilloso día, un claro se hizo en mi mente. El punto y final
estaba próximo. Acudí a un abogado que me dijo: "Mejor con pruebas".
Eso era lo de menos, poco tendría que esperar.
Cuando, nuevamente, tus manos golpearon mi cuerpo no me importó, el dolor
era solamente físico y a eso estaba acostumbrada.
No me temblaron las piernas, ni las manos, ni la voz, ni el corazón cuando
fui a la policía. Una gran serenidad invadió mi espíritu, había puesto fin a
todos mis males.
Todo estaba en orden. Rescaté de mi armario las camisetas, los pantalones
ajustados y el maquillaje. Me vestí cuidadosamente, iluminé mi rostro y con
amor cepillé mi cabello.
Tu llegada no fue temida sino esperada. Cuando la llave giró en la puerta mi
corazón latió de júbilo, era libre, nada podría detenerme.
Ocurrió como esperaba, ya nos conocíamos, no tuviste tiempo para reaccionar,
traspasé el umbral ante ti y ante tu desconcierto. Mi voz fue firme cuando
pronunció aquel "adiós".
Atrás quedaba el infierno, un tiempo que olvidar.
Una puerta se cerraba, para siempre, dando paso a mi liberación.
No había nada que temer.
De cualquier mujer. ∆ |