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Todas las penalidades padecidas en el
último medio siglo se esfumaron cuando me arrebujé en la cama y cerré los
ojos; un dulce sopor distendió mis músculos y las sensaciones placenteras me
transportaron a la infancia y a los buenos momentos vividos en casa de la
Quijana. |
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AGOSTO 2004

CAPITULO XXX
- LA LLEGADA AL PARAISO
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
S í, sí, era don Pierino; aquel hombre
gordo y vociferante era el auténtico, el genuino, el verdadero don Pierino.
Imagínese mi asombro y su estupor cuando le grité al oído, un segundo
después de haber intentado estrangularlo, que estaba encantado de verle
porque un servidor era don Manolito Expósito y Expósito y que era un honor
para mí estrechar su mano después de haber apretado su cuello y que aquella
situación tan molesta y embarazosa se debía a un error lamentable por el
cual le presentaba mis disculpas, pues no en vano hacía decenios que lo
buscábamos por todos los caminos de América para darle un abrazo fraternal.
El prócer regresó poco a poco del más allá y lo hizo con la elegancia de los
resucitados. Le ayudé a levantarse, examiné sus heridas, palpé sus
magulladuras y el desdichado, que había estado a punto de perder la vida y
que tenía la cabeza ensangrentada por la pedrada que le había derribado, se
recuperó a duras penas, me miró con curiosidad, me obsequió con una sonrisa
tímida y bondadosa, levantó los brazos y dijo un "¡basta!" con una voz que,
aunque quiso ser tonante, apenas pudieron oír media docena de personas de
las muchas que nos rodeaban. Los participantes de la gresca dejamos de
agredirnos y a los pocos minutos se interrumpió la batalla campal en la que
todos estábamos enzarzados. Los contendientes nos quedamos quietos y
expectantes y todos miramos a don Pierino. Felipe IV apareció hecho un
basilisco y preguntó: "¿Qué ocurre aquí? ¿Por qué se ha interrumpido la
lucha? ¿Quién es este ser bárbaro y salvaje?" Le tranquilicé con un gesto,
señalé a mi víctima, hice una reverencia versallesca a toda la concurrencia
y dije, simplemente: "Este señor es don Pierino, nuestro benefactor". Mi
padre se quedó mudo por el asombro y yo aproveché el momento para
presentarles: "Y este caballero es don Felipe IV, el rey de España". Los dos
grandes hombres se miraron un instante, se quedaron paralizados por el
asombro y, después, sin pronunciar palabra, se fundieron en un abrazo
apretado que duró varios minutos. La escena era un poco teatral pero muy
emotiva; los dos lloraban y todos nosotros con ellos cuando las lanzas se
tornaron cañas y la violencia atroz se transformó en finezas y buenas
maneras.
Nuestros encarnizados enemigos resultaron ser personas encantadoras, seres
sensibles que se disculparon por su actitud violenta y se interesaron por
nuestro estado físico. Inmediatamente aparecieron botiquines de urgencia,
bálsamos curativos que restañaron heridas y magulladuras, ungüentos que
manos solícitas aplicaron a las escoceduras, vendas, algodones y fármacos
para las heridas abiertas. El campo de batalla se transformó en un hospital
de campaña. A mi padre a mí nos trataron como a príncipes y después de
tantos años de vivir como parias y deambular por esos caminos de Dios,
recuperamos, de sopetón, la categoría y el catálogo de dignidades que
habíamos dejado en suspenso desde nuestra accidentada y lejana salida de
España. Doña Mariflor, la mujer barbuda, Micaela, la dulce enanita y doña
Servanda, la mujer con dos cabezas, se ocuparon de nosotros y con un cariño
extremo nos lavaron las heridas, nos prepararon un caldo limpio e
insistieron, hasta que consentimos a regañadientes, en que nos retirásemos a
una tienda de campaña en la que habían improvisado unos lechos que nos
permitirían descansar y recuperarnos. Mi padre, que se caía de fatiga, se
negaba a retirarse a sus aposentos e insistía en hablar con don Pierino, al
que él llamaba: "Ese ser prodigioso que entiende los problemas de América y
se cuida de los seres marginales del Continente", pero nuestras cuidadoras,
erre que erre, insistieron en que el descanso era lo primero, que todo lo
demás podía esperar y le contestaron: "Ya hablará su señoría con nuestro
patrón cuando haya recuperado el resuello y esté mejor compuesto y
presentable" y a la fuerza nos llevaron a la tienda, nos dejaron en cueros
vivos, y con una amable violencia nos embutieron en unos camisones de dormir
y nos instalaron en sendas camas de mullidos colchones de miragüano. Qué
delicia. Le aseguro, sor Margarita, que todas las penalidades padecidas en
el último medio siglo se esfumaron cuando me arrebujé en la cama y cerré los
ojos; un dulce sopor distendió mis músculos y las sensaciones placenteras me
transportaron a la infancia y a los buenos momentos vividos en casa de la
Quijana; acudieron a mi memoria las mujeres que había amado y las que no
supe amar; vino mi madre, doña Maribola, a hacerme unas carantoñas algo
desmañadas que, después de tantos años, entendí y agradecí y por primera vez
un puente de afecto se tendió entre los dos y yo me atreví a cruzarlo con
aire medroso cuando le susurré un "gracias, madre" en el que palpitaba la
ternura y que ella agradeció con una lágrima furtiva; acudió Jesusita la
gallega con el esplendor de su juventud inagotable; vino a verme desnuda,
renacida, adornada con un laberinto de redondeces que soliviantaron mis
sentidos; acudió con los muslos puestos, los pechos en su sitio y un trasero
glorioso que se convirtió durante un instante en el epicentro del universo;
Jesusita me besó en la frente y yo le confesé, una vez más, que era la única
mujer que había amado. "¡Pero si tienes mil hijos en una isla lejana!",
exclamó divertido el espectro. "Si, es verdad, pero fueron concebidos sin el
cariño que siento por vos; ellas son las madres desconocidas de mis hijos
ignorados, pero vuestra señoría es el único ideal que ha tenido un hombre
perverso, lo único bueno de una mala vida, el único tesoro del bufón. Vos
sois, señora, y lo digo y lo proclamo, mi ideal inalcanzable, el sueño
irrealizable, el norte que se aleja, mi Dulcinea". Acudió también, salió de
entre las sombras del más allá, doña Alonsita la Quijana; al verla aparecer
temblé de terror y miré para otro lado, pero el fantasma supo ser clemente,
se sentó a mi lado, me observó atentamente, acarició con sus dedos de niebla
mis arrugas y me analizó sin la severidad que había puesto en su última
mirada, aquella que me lanzó desde la hoguera un momento antes de que se
viniese abajo el tinglado de leños incandescentes y aunque no pronunció
palabra, supe, por su expresión, que me había perdonado, que había archivado
mis ofensas y olvidado mi traición. Las tres se marcharon lentamente, se
alejaron, desaparecieron. "¿En que piensas, por qué sonríes?", me preguntó
mi padre. En paz conmigo mismo y acariciando el recuerdo desvaído de las
mujeres de mi vida me quedé dormido.
Setenta y dos horas después Don Felipe IV me zarandeó sin clemencia.
-¿Qué ocurre? -le pregunté alarmado.
-Llevas tres días y tres noches durmiendo a pierna suelta; has roncado,
amigo mío, en todos los idiomas conocidos.
Mi padre parecía otro. Estaba exultante, bromista, dicharachero y elegante.
Relucía de limpio y le brillaban los ojos; su barba y su melena parecían
otras. Había rejuvenecido medio siglo y los culpables de todo aquel derroche
estético eran el agua y el jabón. En el rostro sólo un par de moretones y
alguna magulladura indiscreta revelaban la violencia pretérita.
-Levántate y disfruta del buen tiempo. Hace un día magnífico.
Afuera todo era un remanso de paz. El escenario de la batalla se había
convertido en un plácido campamento. Los carros ordenados, las ropas puestas
a secar, las ollas humeantes y las gentes que andaban con parsimonia y a sus
asuntos me convencieron de que habíamos llegado al paraíso.
-Todos son muy amables y cariñosos -me susurró Felipe IV- y, además, me
llaman majestad con respeto y reverencia.
Efectivamente. En seguida pude comprobar que el rey no exageraba. Unos me
llamaban don Manolito, pero otros me trataban de príncipe, infante, alteza.
Doña Mariflor, la mujer barbuda, acudió corriendo en cuanto me vio aparecer
y se empeñó en que descansase a su lado y que me tomase un plato de tomates
con cebolla en su compañía.
-Don Manolito, tiene usted que comer algo o se va a quedar en los huesos;
vuestra alteza, que es tan buen mozo y galán, deberá huir de la melancolía y
alimentarse adecuadamente para complacer a las gentes que se preocupan por
su salud -dijo doña Mariflor y me sonrió con una coquetería que parecía
postiza, frágil y vulnerable.
Nunca quise romperle el corazón. Doña Mariflor se había prendado de mí y
mantuvo su amor durante todo el tiempo que estuvimos juntos. Debajo de la
barba rizada se escondía una mujer bellísima; era una dama de una exquisita
sensibilidad que sabía tañer el arpa, componer sonetos, cantar romanzas,
recitar monólogos, bajar los ojos con pudor y suspirar como una señorita
soltera y entera. Nunca llegamos a tutearnos y jamás yací con ella; su amor
y mi amistad hay que enmarcarlas en el capítulo de lo que pudo haber sido,
en el apartado de las buenas intenciones y mejores obras. La recuerdo
siempre con un plato de comida en la mano y muy preocupada por mis menguadas
carnes; me perseguía por el campamento y me decía, mientras blandía una
cuchara de palo: "Pruebe, vuestra merced, este guiso que resucita a un
muerto para que vuelvan los colores y los mofletes a su bello rostro"; toda
resistencia resultaba inútil: me sentaba a su lado, me ataba una servilleta
al cuello para que no pusiese perdido mi elegante jubón verde y me rogaba,
con la ternura de la novia y la paciencia de la madre: "Una cucharita por
los amores imposibles, otra por los ideales de la juventud, otra por don
Quijote de la Mancha..."
Mi padre, Doña Mariflor y yo continuamos sin prisas y a la buena de Dios
deambulando por el campamento. Tuve el honor de conocer, en aquel primer
recorrido, a una serie de personas singulares, gentes únicas y de
indiscutible talento que en los años sucesivos me honraron con su amistad,
su protección y su afecto. Conocí, sor Margarita, a un ramillete de buenas
personas de las que me siento orgulloso y nostálgico: a don Silverio, el
celebérrimo lanzador de cuchillos y a su ayudante, el heroico, discreto,
sufrido y mutilado caballero, don Iñigo el desnarigado; al faquir indio
Ambrosio Carballeira, que dormía en una tabla de clavos afilados, comía
fuego y lo echaba, como un dragón, por las narices y por el culo; a la
vidente más caritativa del universo, a doña Paquita, que sólo profetizaba
cosas buenas, llegadas faustas, herencias imprevistas, lluvias oportunas y
pasiones de última hora y muchos otros personajes de mérito cuyas vidas le
iré contando antes de que llegue el odioso capitán Sánchez y me someta a la
última y definitiva sesión de tortura. ∆ |