
A través de las palabras es
posible la comunicación, es posible comprender y hacernos comprender;
sin embargo el poder de la palabra va mucho más allá que el simple
intercambio de ideas: sirve para cautivar y convencer. |
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ABRIL 2004

EL PODER DE LA PALABRA
POR RAQUEL BUZNEGO (PSICOLOGA)
A través de las palabras es posible la
comunicación, es posible comprender y hacernos comprender; sin embargo el
poder de la palabra va mucho más allá que el simple intercambio de ideas:
sirve para cautivar y convencer.
Las personas de éxito, en su mayoría, saben manejarse perfectamente en el
arte de comunicar, de seducir con la palabra. El tono de voz, la inflexión,
la pausa, el ejemplo oportuno, son recursos que deben contemplar si desean
captar la atención de un auditorio.
El lenguaje gestual que acompaña al oral es tremendamente importante y no
debe ser obviado; potencia o descalifica el mensaje a transmitir.
Pero ¿es el arte de convencer con la palabra algo innato o se puede
adquirir?
Es obvio que existen personas con cualidades excepcionales que, sin grandes
estudios ni arduos aprendizajes, son capaces de sorprendernos cuando se
expresan.
Sin embargo, en determinadas ocasiones, las demandas van más allá, no se
trata solamente de transmitir una idea sino de contagiarla, de hacerla
germinar y, para ello, es necesario hacerla asequible y, sobre todo, es
necesario que llegue al receptor de forma tan sutil que la reciba e
interiorice como propia, ya que si se transmite de forma inadecuada puede
encontrar una resistencia infranqueable.
Si se quiere convencer hay que conocer a quien se tiene enfrente para
intervenir con el discurso apropiado, entendible y sugerente a la vez. Es
conveniente, por tanto, tomar el pulso de la situación: quiénes forman el
auditorio, cuál puede ser su nivel cultural, qué intereses les mueven y a
qué colectivo pertenecen. Esto es sumamente fácil si se tiene en cuenta que
la charla es previamente contratada por alguien y ese alguien siempre puede
proporcionar información acerca de los objetivos de la misma. Esa
información da pistas suficientes si el orador desea considerarlas, le
prepara el terreno.
Una vez en escena se debe captar, de inmediato, la atención de los
presentes. Un recurso infalible es comenzar con algo que no esperan, una
anécdota, un chiste conveniente, una breve historia.
En cursos que he impartido sobre Habilidades Sociales y Resolución de
Conflictos he comenzado narrando el estrepitoso fracaso, en el año 61, de la
invasión de EEUU a Cuba (Bahía de Cochinos). Describí cuáles fueron los
factores que el grupo de trabajo de J.F.Kennedy obviaron y en qué errores
incurrieron para que la operación se convirtiera en el gran fracaso del
flamante presidente.
El auditorio atendía, quizá desconcertado, seguramente pensando que me
equivocaba de charla. A partir de ese momento comenzaba lo que realmente
quería transmitir: el trabajo de equipo, la resolución de conflictos, el
precio del consenso, los espejismos compartidos, etc. Salvando la distancia,
todos los grupos tienen dinámicas de relación similares, sea el selecto
grupo del presidente o cualquier grupo aún siendo mucho más modesto.
Otra estrategia magnífica de un orador es la voz. Jamás se debe utilizar el
mismo tono, es monótono y los estímulos monótonos aletargan y, por
consiguiente, disminuye el nivel de atención. Educar la voz es fundamental,
se puede aprender, sólo se requiere tiempo e interés por hacer las cosas
bien. La técnica es sencilla, se trata de grabar lo que se va a exponer y
escuchar el efecto que produce en nosotros mismos. Seremos nuestros mejores
críticos y captaremos, de inmediato, qué se debe modificar. Es cuestión de
entrenamiento, luego funciona de forma automática.
El uso de la metáfora es otra infalible estrategia para infiltrar la idea
deseada. La metáfora está compuesta de una estructura superficial, que es la
historia narrada, y de una estructura más profunda que es el mensaje que
encierra y que llega a la mente inconsciente de quien escucha. Si la
estructura superficial es interesante para todos, o casi todos, la labor
está hecha ya que el mensaje prenderá por sí solo.
No conviene, sin embargo, abusar del poder de este recurso; una metáfora
colocada en un punto estratégico del discurso es suficiente, más podría
levantar sospechas.
Otra cualidad para seducir con la palabra es la simpatía. No todo orador
posee esta cualidad pero carecer de ella es una gran desventaja. No hay
ningún tema, por serio que sea, en el que no tenga cabida la simpatía o, en
su defecto, la cortesía y amabilidad. J. A. Vallejo-Nájera dice: "Hay dos
cosas que el público no perdona: la antipatía y el aburrimiento".
La presencia física también es importante, es la gran tarjeta de
presentación y conviene cuidarla. Un buen orador no tiene que ser un figurín
pero sí presentar una figura atractiva, son cosas distintas. El secreto está
en la "cuidada naturalidad". No se debe dar la imagen de que uno se ha
vestido, especialmente, para hablar pero es necesario vestir correctamente.
La pauta a seguir suele ser presentar un aspecto homogéneo con el grupo
mejor del público. Sencillez, naturalidad y elegancia, de vestir y de
movimientos.
En última instancia con las ideas es preciso mover los sentimientos, se
trata de cautivar y convencer, si no se consigue el discurso se habrá
producido en vano.
Una advertencia para oradores procedente del S. XIII pero, sin duda, válida
en nuestro siglo es la siguiente: "Si el auditorio mueve los traseros en los
bancos, es que tú no estás moviendo los corazones".
Todo, o casi todo, se puede aprender.
Es cuestión de voluntad. ∆ |