|

Felipe IV y don Manolito fueron
engañados por sus amigos los grandes de España. Abandonados en mitad del
océano en una carabela podrida, llena de ratas y suciedad, en una
embarcación agujereada y muy poco marinera que sin duda se hundió al primer
embate del mar embravecido. |
|
ABRIL 2004

CAPITULO XXVI
- ¿NEVARA EN LA HABANA?
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
Q uerido Pancracio: Te escribo desde mi
despacho de La Habana una tarde lluviosa y fría, inusual en este octubre
cubano que debería ser luminoso y soleado. Hoy todo está trastocado, el
trópico ha perdido el juicio y los habitantes de la isla nos hemos levantado
tiritando y hemos buscado en los arcones y armarios prendas de abrigo de
nuestros abuelos de la Metrópoli. Qué está pasando, se pregunta todo el
mundo y la gente, sin saber por qué, mira al cielo, otea el horizonte y
espera una respuesta que venga de las alturas. Desde la ventana de mi
despacho veo que los soldados de la guardia han encendido hogueras en el
patio y un poco más allá esclavos y libertos se calientan en fuegos
improvisados y se frotan con fruición las manos ateridas. ¿Nevará en La
Habana? Y yo qué sé, me respondo con una rabia impropia de mi cargo y me
encojo de hombros con indiferencia. Te escribo alarmado, taciturno, cuando
un escalofrío me recorre el cuerpo y la mala conciencia me hace reproches a
deshora; ¿he hecho lo correcto?, me pregunto, y como ignoro la respuesta
espero que esta misiva, que elaboro desde la sorpresa y también desde la
pesadumbre y el terror, me conteste de alguna manera. El miedo que siento es
anacrónico, viene de lejos, del pasado, de una oscuridad que me desconcierta
y me lacera como el frío olvidado de los sabañones en las orejas. Acabo,
hace unas horas tan sólo, de cometer una falta por la que no seré castigado;
sí, amigo mío, he cometido un delito algo cruel que quedará impune, una
trasgresión administrativa que me remuerde la conciencia y me deja
desasosegado y contrito. No obstante, y a pesar de lo dicho, no he tenido
más remedio que delinquir, disimular, mirar para otro lado, dejar hacer al
tiempo y no entorpecer el curso inexorable de la Historia. Esa es, me temo,
la razón de Estado y el precio que tenemos que pagar los canallas que nos
movemos alrededor del poder y de la cosa pública y que no tenemos ni ánimos
ni valor para inmolarnos por el prójimo. Me explicaré para que me comprendas
y para que, si lo estimas oportuno, me des la absolución. Lo dejo en tus
manos. Este escrito es sólo para tus ojos y te ruego que cuando lo recibas y
lo hayas leído tantas veces como creas oportuno para que se quede para
siempre alojado en la memoria, lo hagas desaparecer en el fuego de la
chimenea más cercana porque, como ambos sabemos, una cosa es lo que se
susurra al oído de un viejo camarada y otra muy distinta, sobre todo en los
atormentados y peligrosos tiempos que corren, lo que se escribe y firma en
un papel que por su condición de epístola viaja en el tiempo y en el
espacio. El asunto que hoy me ocupa está íntimamente ligado con nuestra
juventud y con tu afición a desentrañar enigmas y a descubrir misterios.
Está relacionado con la desaparición de Felipe IV y su bufón. ¿Te acuerdas?
Tu tesis sobre la muerte del monarca, a consecuencia de la felonía de
nuestros mayores, unos súbditos desleales y mezquinos, siempre me pareció un
juego ingenioso en el que demostrabas, sobre todo, las facultades literarias
que ya te adornaban por aquel entonces. Y aquella puesta en escena brillante
e ingeniosa adquiere, por los hechos que voy ha relatarte, una dimensión
distinta después de tantos años y lo que tenía vocación de ejercicio
dialéctico se torna en drama y, posiblemente, en tragedia inevitable. ¡Vivir
para ver, Pancracio amigo! Todo comenzó cuando tú asegurabas que nuestros
padres se habían convertido en regicidas, pero, eso sí, en regicidas con
sentido del humor, en verdugos de un déspota, de un César corrupto, sin
tener que mancharse las manos de sangre y yo, que carecía de imaginación, te
miraba fascinado por tu habilidad para crear castillos en el aire y componer
historias enrevesadas. Recuerdo tu entusiasmo, la pasión que ponías en el
discurso, el orden estricto de los once puntos al exponer la muerte del
tirano: "El cadáver de Felipe IV nunca fue mostrado al pueblo de Madrid y su
valido el otrora bufón de la corte don Manuel Expósito y Expósito, don
Manolito por mal nombre, se esfumó en la niebla de la Historia dejando tras
de sí un reguero de infundios y libelos, de honras rotas y prestigios
maltrechos". Después desarrollabas tu teoría de la conspiración, teoría que
habías elaborado con un material diverso que habías recolectado aquí y allí
y que, con la pasión de los bibliófilos y el insomnio de los ratones de
biblioteca, bisbiseabas en las orejas de los íntimos, contabas con voz queda
y mirada encendida en conciliábulos de confianza: "Felipe IV y don Manolito
fueron engañados por sus amigos los grandes de España. Abandonados en mitad
del océano en una carabela podrida, llena de ratas y suciedad, en una
embarcación agujereada y muy poco marinera que sin duda se hundió al primer
embate del mar embravecido". Describías, lo recuerdo muy bien, la
representación teatral que habían urdido los nobles caballeros, las
risotadas de la gentecita bien de Madrid que estaban en el secreto de la
conspiración cuando el enloquecido monarca quiso redescubrir América, la
patética salida del puerto de Palos y la feroz lucha que fingieron los
miembros de la compañía de cómicos de la legua que, contratados al efecto,
habían simulado ser los descendientes directos de los grandes hombres de la
España pretérita. Al Rey, decías, se le había ejecutado con crueldad y, en
cambio, al bufón se le había matado como a un príncipe. Uno murió sin
dignidad y el otro ungido con la dignidad que nunca había tenido; la misma
farsa, el mismo cuchillo, sirvió para bautizar a uno y degradar a otro.
Felipe IV se fue al más allá sin saber que moría asesinado y el bufón, que
había naufragado en la vida, se redimió naufragando en la hora de la muerte
y comportándose, tal vez, como un héroe. A Felipe lo traicionaron por la
espalda los que presumían ser sus amigos más íntimos y al bufón lo
ennoblecieron sus adversarios políticos con un funeral desmesurado que tuvo
un océano por tumba, un auto sacramental por oración fúnebre y la soledad
como único testigo. Así es España, amigo mío, de atroz y literaria; así de
absurda es nuestra patria. Como no sabemos decapitar al rey -ningún monarca
español murió en la horca ni dejó su cabeza en prenda como justo castigo a
su incompetencia profesional- lo dejamos abandonado y huérfano a la puerta
del infierno para que fallezca de muerte natural.
Hasta aquí la ficción, la tesis, la sospecha, la fantasía. Ahora, permíteme
que abramos paso a la realidad y a los hechos comprobados y vayamos
directamente al intríngulis de la cuestión. ¿Estás preparado? Siéntate, por
favor y lee con atención: el 3 de septiembre arribó al puerto de La Habana
una carabela decrépita en la que venían a bordo dos criaturas de aspecto
espeluznante. Las gentes del puerto no podían creer lo que veían sus ojos.
El pelo, convertido en greñas sucias, les llegaba a la cintura y las barbas,
canas y rizadas, les tapaban las vergüenzas. Parecían salidos del Averno.
Los cubanos al verlos aparecer se quedaron estupefactos y las autoridades no
sabían qué hacer. Se produjo el natural desconcierto hasta que el asunto
llegó al despacho del corregidor don Fulgencio de Andrade, que me informó y
tomó cartas en el asunto. Se recluyó a los viajeros en dependencias públicas
y se les adecentó y vistió adecuadamente. Uno de ellos, de voz campanuda y
maneras exageradas, dijo ser Felipe IV el rey de España y el otro, un enano
altanero y deslenguado, se presentó como don Manuel Expósito, ministro de su
majestad e hijo natural del monarca. Los dos personajes parecían criaturas
de ficción y eran de una edad incierta, una edad que podía oscilar entre los
cincuenta y los noventa años mal contados. ¿Por qué ese margen de edad, por
qué esa diferencia tan enorme?, te preguntarás extrañado. Su piel era como
de pergamino, parecida al cuero; los ojos hundidos en las cuencas, los pelos
hirsutos de las cejas y las manchas de la piel de las manos indicaban que se
trataba de ancianos de edad provecta pero su agilidad era juvenil, casi de
mozalbete. En aquellos cuerpos habitaba la vejez y la juventud, coexistían
épocas diferentes, generaciones distintas. Aseguraron que pasaban de los
cien años y que con el siglo a sus espaldas habían dejado de contarse los
años, los piojos y las miserias. Los dos bromeaban y se trataban con afecto
y confianza; levantaban la voz al hablar y lo hacían con desenvoltura y
cinismo. Conocían a todos los personajes del reinado de Felipe IV, sabían de
las debilidades de los cortesanos, eran expertos conocedores de los dimes y
diretes de la época y de los chismes de alcoba de todas las damas de Madrid.
Les pregunté si habían oído hablar del marqués de Sigüenza, sin advertirles
que había sido mi padre, y lo describieron con tanta exactitud que sólo los
que lo habían tratado con intimidad podían conocer tal cúmulo de detalles
como los que ellos aportaron de corrido. Les interrogué a fondo sobre su
periplo marinero y un escribiente de confianza tomó nota puntual de sus
declaraciones. Al poco tiempo no tuve ninguna duda sobre la identidad de los
viajeros. Eran ellos, sí, de eso no cabía ninguna duda; eran Felipe IV y su
valido Manuel Expósito. ¿Qué hice?, te preguntarás. Mirar para otro lado,
disimular, exclamar ¡son un par de locos!, fingir que no los tomaba en
serio. Y los abandoné. Los traicioné como antaño hicieron tu padre y el mío.
No me atreví a asesinarlos y me libré de ellos de una forma ruin. Ordené que
se les entregase algún dinero y, de tapadillo y a altas horas de la noche,
los dejé en el centro de La Habana. Sin explicaciones, sin consuelo alguno.
Su imagen era patética: vestían hábitos de franciscanos y se calzaban con
unas sandalias mugrientas. Felipe IV portaba una bolsa de cuero gastada en
la que llevaba un misal, una navaja, una lupa, una canica de piedra y un
caballito de mar seco; Manuel Expósito cargaba, con dificultades evidentes,
con un saco de arpillera en el que decía llevar el manuscrito del Quijote
que, al parecer, le había dejado en herencia don Miguel de Cervantes
Saavedra. Cometí el delito que acabo de contarte hace, exactamente, quince
días. No he sabido nada de ellos y espero no volver a tener noticias suyas.
Como te decía, amigo Pancracio, el tiempo se ha vuelto loco, hace un frío
polar y la gente se pregunta, extrañada: "¿Qué está pasando? Hermano,
hermano, ¿nevará en La Habana, hermano?" ∆ |