
La televisión convierte
muchos crímenes en un drama espectacular, los reconstruye y recrea para el
espectador que permanece idiotizado ante escenas macabras que seguramente
llenan, al menos momentáneamente, el vacío de su triste existencia. Mejor,
las películas de Marisol. |
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SEPTIEMBRE 2003

VIOLENCIA A LA CARTA
POR RAQUEL BUZNEGO (PSICOLOGA)
U na noche cualquiera, en cualquier
parte, se tiñe una vez más de dolor, de sufrimiento, de muerte. Una nueva
víctima deja un zapato ensangrentado en la acera. Una joven salió de su casa
y jamás regresará. Una bestia se cruza en su trayecto con intención de
atropellar, vejar, agredir y matar.
¿Dónde se esconde la bestia? ¿Cómo vive? ¿Cuáles son sus metas? Sabemos que
están ahí, al acecho y una joven no puede hacer nada cuando la bestia ataca,
la suerte está echada.
Siento indignación, dolor, rabia, asco. No puedo entenderlo, no quiero
entender que convivimos con semejantes alimañas, que el psicópata, violador,
degenerado, o lo que sea, convive con nosotros, en nuestra sociedad y que
puede disponer de la vida o muerte de cualquiera que se cruce en su camino.
Los políticos, entretanto, a lo suyo. Es probable que a sus hijas no les
ocurra lo mismo, van y vienen protegidas. La vida sigue, son cosas que
pasan, dirán ante un opíparo almuerzo.
Pues algo habrá que hacer, digo yo, porque, pese a quien pese, alguien
terminará tomando la justicia por su mano puesto que el sistema no
proporciona respuestas ajustadas al delito cometido.
No soy docta en este tipo de cosas, ya se sabe, pero algunas ideas sí que se
me ocurren así que se las regalo a nuestros mandantes.
Podríamos empezar por la televisión, que convierte muchos crímenes en un
drama espectacular, los reconstruye y recrea para el espectador que
permanece idiotizado ante escenas macabras que seguramente llenan, al menos
momentáneamente, el vacío de su triste existencia. Mejor, las películas de
Marisol.
Pues eso, ni un programa de esos, prohibido, no sirven para nada y no
informan de nada.
Las películas de terror extremo, el cine "gore" (sangre derramada), también
debería ser prohibido. Desde los albores de la civilización, y en la mayoría
de las culturas, el hombre ha sentido fascinación por relatos y escenas de
violencia, no extraña, por tanto la demanda de semejante material.
Muchos opinan que el cine "gore" es la semilla del cine "snuff" (películas
rodadas en la clandestinidad que contienen imágenes de vejaciones físicas,
torturas, agonía y muerte de una o varias personas). Las escenas son reales,
por si alguien aún no lo entiende, la víctima sufre, agoniza y muere ante
una cámara.
La ciudad de Juárez (en la frontera entre México y EEUU) vive, desde el año
93, una ola de fallecimientos de jóvenes en circunstancias extrañas. La
mayoría murieron asfixiadas tras ser violadas, torturadas o mutiladas. Las
investigaciones policiales no son concluyentes al respecto, sin embargo
algunas pruebas apuntan a que estas muertes fueron utilizadas como material
para las "snuff movies".
A través de las autopistas de la información se puede acceder, según
diversas fuentes, a material snuff. Gente sin escrúpulos comercializa
semejante material. Con los beneficios construye su piscina, adquiere un
carro que flipas y protege a sus hijas, que también otros desalmados pueden
andar en el mismo negocio. En el mercado, clandestino lógicamente, si
alguien pretende adquirir una copia de una película de este género deberá
pagar por ella cifras superiores a 2.000 euros por unos 30 minutos de
grabación.
¿Qué pena le impondrías a quienes son capaces de filmar y protagonizar
semejante material? ¿Qué opinar de quienes pagan altas cifras por ver estas
películas?
No se conocen casos de grabaciones "snuff" que hayan trascendido en nuestro
país, lo cual no quiere decir que no se hayan producido. El crimen de
Alcásser sigue siendo una incógnita, a saber.
Tantas jóvenes violadas y muertas tras ser agredidas de forma brutal merece
reconsiderar el asunto, merece prohibir todo aquel material que dé pistas a
tanto perturbado que anda suelto.
A ver si los políticos, mandantes ( o mangantes) se les ocurre algo, que
para eso cobran.
Digo yo. ∆ |