
No puedo entender que el mundo culto y
civilizado se ocupe de ti, un secretario sin mérito y un antiguo bufón. Yo
soy un monarca respetado en toda la cristiandad, uno de los pocos seres
humanos que tiene garantizada la salvación eterna, pero ¿y tú?, ¿quién eres
tú? Estoy casi seguro de que te pudrirás en el infierno. |
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SEPTIEMBRE 2003

CAPITULO XIX
- ¡PERILLAN!
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
F elipe IV se atusó el bigote, me miró
fijamente a los ojos, con un gesto indicó que me sentase a sus pies, en una
butaquita baja de terciopelo carmesí, y sólo dijo una palabra: perillán.
Dijo, sí, solamente perillán. No pronunció la palabra con un tono
insultante, no le incorporó las exclamaciones que convierten al término -¡perillán!-
en bofetada, en vocablo airado, en improperio, en agresión verbal. No. El
monarca estaba relajado, divertido, a punto de estallar en una carcajada
burbujeante, en una de aquellas risotadas plebeyas que convertían al rey de
España en uno de sus súbditos, en un hombre cualquiera que se toma una copa
con los amigos en casa de la Quijana y charla de las cosas de la vida con
los compañeros de oficio. Por aquel entonces yo conocía al Rey como si fuese
su padre en lugar de ser su hijo y suspiré aliviado. "Algún pecado he
cometido, pero ha sido alguna faltilla que le hizo reír, alguna trapisonda
he hecho que le ha resultado divertida. Menos mal". Me miró otra vez, movió
la cabeza y me tendió un documento que yo no pude leer. Lo examiné durante
unos instantes y no entendí nada de aquella jerigonza indescifrable.
-Señor, creo que este papel está escrito en alemán y un servidor no domina
la lengua de los germanos. Como vos sabéis sólo hablo con soltura el
castellano, el gallego, el portugués, el italiano y algo, lo justo para
comprender los sonetos de don Vilian, de la complicada lengua inglesa.
Don Felipe IV recuperó el documento, lo dobló con cuidado exquisito y se lo
guardó en el bolsillo.
-Ese documento relata con todo lujo de detalles una extraña historia del
Papa Benedicto XV y pone en serios apuros a su sucesor, al desdichado
Benedicto XVI. Roma anda revolucionada hace meses y el mundo mira con
inquietud hacia la Ciudad del Vaticano. Aquí, en este valioso documento, se
habla de mí con palabras justas y medidas y de ti con desmesurados
adjetivos. No puedo entender que el mundo culto y civilizado se ocupe de ti,
un secretario sin mérito y un antiguo bufón. Yo soy un monarca respetado en
toda la cristiandad, uno de los pocos seres humanos que tiene garantizada la
salvación eterna, pero ¿y tú?, ¿quién eres tú? Estoy casi seguro de que te
pudrirás en el infierno. Y ahora, mírame a los ojos y contesta a mi
pregunta. ¿Has escrito con tu pluma encanallada la historia de las pasiones
de Benedicto y difundido el rumor de la existencia de doña Leonor y de su
ascenso a la silla de Pedro? ¿Eres tú el que propaló el horror de que una
mujer, una papisa, se esconde bajo la identidad de Benedicto XVI?
Mi padre el Rey no estaba furioso, ni siquiera estaba enojado conmigo, pero
si yo le hubiese contestado que sí, que yo era el autor del libelo, si en un
rapto de sinceridad y confianza le hubiese confirmado lo que ya sabía, me
habría tomado con sus enormes manazas de gañán y me habría estrangulado allí
mismo.
-Juro, padre mío, que soy inocente y que nunca he compuesto la historia de
la papisa Leonor, ni propalado infundio alguno de la vida de su santidad, el
bondadoso papa Benedicto XVI. -dije procurando dar a mis palabras un tono de
honradez, de sinceridad.
Felipe no me creyó, pero me dejó marchar; me echó con un gesto displicente y
al irme sentí en la espalda que me llamaba ¡perillán!, pero esta vez el
improperio tenía las exclamaciones, la ira, y los insultos puestos.
Me recluí en mi habitación y me tumbé en la cama para reflexionar sobre el
grave asunto del que había hablado con mi padre. Recuerdo perfectamente, sor
Margarita, que mis sentimientos eran contradictorios. Estaba exultante y
asustado, orgulloso y con escrúpulos de conciencia. Temblaba como una hoja a
merced del viento. Al fin, sí, había escrito una historia que había dado la
vuelta al mundo, una historia que estaba a la altura de los maestros
Cervantes, Lope, Quevedo, Velázquez, a los que antaño había desilusionado
con la traición horrenda que tan catastróficas consecuencias había tenido
para las gentes que me habían querido y protegido. Me imaginé a don Miguel
blandiendo la vara de avellano y diciéndome con su voz dulce: "Manolito, mis
lecciones ha surtido efecto. Eres un brillante escritor; no tienes
escrúpulos y eres un malvado, pero eres, tengo que reconocerlo, un canalla
con talento". Era el autor de un anónimo, era el padre secreto y discreto de
un escrito que había ido de boca en boca, que un día compuse en la lengua de
Castilla y que unos años después regresó a mis manos escrito en alemán,
traducido por sabe Dios qué gentes lejanas. Estaba excitado y a la vez
horrorizado por lo que había hecho.
-¡La pluma es más poderosa que la espada! -grité mirando al techo y pensé en
todas las gentes que me habían vapuleado en la vida y de los que pensaba
vengarme escribiendo historias infamantes. Ser un ser perverso y tener
conciencia de que algún día se arderá en el infierno es una ventaja que
tienen los bufones sin escrúpulos y además de un naufragio ético es una
postura estética de indudable belleza. La maldad asumida como una dolencia
crónica e incurable convierte al malvado en un enfermo y le libera para
siempre de los remordimientos del pueblo llano. Lo que hice, Dios mío, lo
hice por que me vi abocado a ello; no soy, por lo tanto, responsable de mis
actos. El culpable eres Tú y Tú deberás pagar los vidrios rotos. Soy malo,
sí, pero inocente y Tú, Señor, me hiciste enano y miserable y a la imagen y
semejanza de alguna criatura del averno y el dichoso albedrío del que tanto
alardean los teólogos a mí me fue negado porque no daba la talla; soy un
monstruo moral porque Tú lo quisiste, me nacieron como una piltrafa y como
tal me comporto en la vida. Que nadie espere de mí actos heroicos. En mi
caso la cara es el espejo del alma.
¿Quiere saber vuestra merced cómo hice llegar el maligno parlamento desde mi
angosto gabinete a los más alejados confines del universo? Fue muy fácil
aunque, eso sí, el procedimiento resultó algo premioso y lento. El libelo
debe estar envenenado y el libelista es preciso que sea hombre paciente. No
se pueden tener prisas cuando se quiere hundir la honra del prójimo y
desbaratar su prestigio de forma permanente. Para ser un canalla hay que ser
serio y cumplidor. El libelo, sor Margarita, es un género literario que
precisa de una adecuada carpintería teatral y de una brillante puesta en
escena. Es preciso que alguien lo lleve, lo transporte, lo deje abandonado
en el sitio preciso y a la hora adecuada. Un libelista zafio puede dar al
traste con la conspiración diseñada con cuidado exquisito. El canalla tiene
que ser como el cazador: silencioso, reposado, paciente. Mi señor don
Francisco de Quevedo fue un gran autor de anónimos, letrillas, epigramas y
prosas envenenadas, pero lo fue cuando había salido de mi vida y ya no
quería saber nada de su antiguo alumno, cuando me miraba con desprecio, como
si yo fuese transparente y etéreo, si se cruzaba conmigo por los pasillos.
La muerte de Bibianita le agrió el carácter y cuando recogió sus cenizas y
las metió en un frasco me miró fijamente y me escupió a la cara:
"¡Miserable, nunca te lo perdonaré!" . Y mi admirado profesor de matemáticas
se convirtió para siempre en la sombra patética de sí mismo; yo fui el
responsable, yo torcí el camino de aquel joven bueno y enamorado y le puse
en la senda del libelo, de la literatura amarga y de la pasión desesperada.
La historia de doña Leonor y de Benedicto XV me la saqué del magín pero no
era totalmente falsa, algo de verdad palpitaba en sus entrañas. Trabajaba,
para componer mi parlamento, con materiales que podrían ser auténticos y que
me enviaba de vez en cuando don Fructuoso Carrasco Bustamante, por mal
nombre Torquemada Chico. ¿Se acuerda de don Fructuoso? Le hablé de él, sor
Margarita, a las doce de la noche, cuando le expliqué lo de las
contabilidades inútiles del rey de España. Don Fructuoso ¿recuerda? empezó
como confesor de guardia de Felipe IV y como era hombre hábil y no tenía
escrúpulos después del desaguisado obtuvo prebendas y terminó sus días en el
santoral con el nombre de San Fructuoso de Tudela y hoy anda por ahí, en las
estampitas y en las estatuas de escayola, despertando devociones,
enderezando entuertos y haciendo milagros a manos llenas; creo que ahora, ¡a
buenas horas mangas verdes!, es el patrón de los estrábicos y de los bizcos,
protector de los que no ven dos en un burro, abogado de los que les llora el
ojo o lo tienen blanco y perdido para siempre. Don Fructuoso, de muerto y
desde el más allá, remedia el daño que hizo al prójimo de vivo y en el más
acá. Por aquel entonces el dominico era arzobispo de Mantua. Obtuvo la
dignidad como recompensa a su felonía y aunque se fue a su diócesis con el
encargo expreso de tenernos al tanto de los movimientos vaticanistas, de
informarnos puntualmente de las maniobras de la curia y de la degradación
moral de Benedicto XV, sus comunicaciones eran tan crípticas y enrevesadas
que no lográbamos sacar nada en limpio de sus esporádicos memorandos. "Esto
está que arde". "Dicen que el pontífice languidece por la influencia de una
pasión tardía". "Se rumorea que el hijo de Jesusita es hija y además
bellísima". "Noto algo raro en la expresión del Papa". "Los cardenales se
miran con aire de complicidad y bisbisean por los rincones." Con estos datos
y alguno más igual de explícito y comprometedor fui componiendo mi historia
y, aprovechándome de la influencia que tenía en la burocracia de Palacio
ordené a los ciegos del Reino que contasen y cantasen el romance de la
papisa Leonor por todos los caminos y plazas de España y aquello, como es
lógico, fue un escándalo y una burla cruel. La verdad es que el asunto se me
fue de las manos. Los obispos se indignaron, los curas españoles, siempre
tan violentos, se enfurecieron con la feligresía y al criticar desde el
púlpito la desvergüenza del romance colaboraron a su difusión. Excomulgaron
a todos los ciegos y les aseguraron que nunca verían el paraíso, que estaban
condenados a la oscuridad eterna, que arderían en el infierno. El pueblo
llano reía alborozado y la autoridad eclesiástica se mesaba sus ralos
cabellos, el Rey se hacía el sordo, yo disimulaba y miraba al techo y la
calumnia iba de boca en boca, extendiéndose, aumentando de tamaño, avanzando
sin cesar, cruzando fronteras, abriéndose camino. La calumnia, sor
Margarita, es como una bola de nieve que al caer se hace cada vez más grande
y se lo lleva todo por delante. La calumnia es hermosa, a mí me parece una
de las bellas artes. ∆ |