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FEMENINO PLURAL

 

A las mujeres, admitámoslo, se nos ha vendido la moto de que no debemos ser amigas, ni querernos, ni defendernos. La ideología del romance y el príncipe azul nos ha convencido de que todas somos contrincantes en una competición por el macho más valioso.

SEPTIEMBRE  2003


IN NOMINE MATER...
POR MARTA F. MORALES

Hace unas semanas fui con una buena amiga a ver el espectáculo "Confesiones de mujeres de 30" al hermoso pero incómodo Teatro Jovellanos de Gijón. Estando ambas más cerca que lejos de esa edad, nos sentimos muy identificadas con la mayoría de lo que se dijo desde el escenario. Estando también ambas en un momento vital en el que nos venía bien reír juntas, puesto que juntas habíamos llorado, salimos encantadas de habernos conocido y con los músculos faciales la mar de tonificados. Lo cierto es que, a pesar de enfrentarse a un texto con altibajos en cuanto a calidad artística, las tres actrices nos lo pusieron muy fácil para esbozar sonrisas cómplices y reír a carcajadas en los momentos más locos. Por ello, gracias y enhorabuena a María Pujalte (mucho más guapa en carne y hueso que en la tele), Anabel Alonso (igual de cachonda que en mi serie favorita) y Cati Solivellas (un descubrimiento).
Los temas sobre los que se confesaban estas tres pecadoras tenían tanto que ver con la vida real que era imposible no reaccionar. Ejemplo: el cuerpo. Ay, madre del amor hermoso, las mujeres en la treintena y nuestros cuerpos serranos. Cuando miras a las adolescentes con calentadores y tops y empiezas a pensar "en mis tiempos no enseñábamos tanto"; cuando te preocupa que las patas que te miren sean las de gallo y no las que te sostienen en pie sobre la tierra; cuando los ojos de tu maridito del alma se van detrás de la vecina que estudia la PAU y no tras tu trasero respingón que ya no respinga, entonces te das cuenta de que has pasado el punto sin retorno. A partir de ahí, todo serán cremas, gimnasios, reafirmantes y "arreglillos sin importancia". Salvo, claro, que te quieras con locura y cuando te mires al espejo te eches piropos a ti misma, sin falta de albañiles ni nada. Si nos hubieran enseñado a apreciarnos lo justo en cada edad... Pero no ha sido así, amigas, siempre queremos ser más altas, más rubias, con más pecho o con menos cadera. Es una cruz de las mujeres odiar los espejos, los escaparates reflectantes y todo tipo de superficies que griten a tu paso: "¡te estás haciendo mayor, nena!". Una de tantas batallas que nos queda por ganar.
Otra lucha interminable es la de la conciliación. En ello no entraron a saco Alonso, Pujalte y Solivellas, pero como actrices profesionales que son, saben perfectamente lo duro que es compaginar un trabajo (sobre todo si éste implica viajar, dormir en hoteles, hacer vida social y relaciones públicas sin parar) con una vida familiar estable y sana. Los treinta son el "momento culpa" por excelencia para las mujeres. Si no te has casado y trabajas, te sientes culpable por haber "aparcado el amor". Si has matrimoniado y encontrado trabajo, la culpa viene porque ganas más que tu marido, porque no tienes tiempo para él... Ahora, lo peor de lo peor es la culpa relacionada con la maternidad: Si tienes hijos y no trabajas, acabas por ser víctima del síndrome del nido vacío. Si tienes profesión y descendencia, culpa hacia los hijos por no estar con ellos, y culpa también hacia tus jefes por querer dedicar parte de tus veinticuatro horas a tu familia. Pero, ¿y si tienes un empleo y no tienes criaturas? Entonces eres una bruja egoísta que sólo te preocupas por tu futuro y no cumples con tu rol natural (como si el futuro llegase algún día y como si hubiera algo natural en los roles sociales). Y lo más grave: ni ejecutiva agresiva ni madre abnegada: ésa es una vaga recalcitrante que no vale ni pa pegar sellos. Nadie se plantea que a lo mejor la precariedad laboral te está comiendo la moral o que el paro femenino es una realidad imposible de obviar. Ni curras ni pares porque no te da la real gana.
Menos mal que siempre nos quedarán las amigas. Esas con las que sales a tomar cafés y donuts y con las que hablas sin cesar de tu cuerpo, tus arrugas, tus hijos, tu trabajo, tu marido... y tus otras amigas. Con ellas compartes cremas y trapos, pero te niegas a compartir cosas mucho más serias. Porque a las mujeres, admitámoslo, se nos ha vendido la moto de que no debemos ser amigas, ni querernos, ni defendernos. La ideología del romance y el príncipe azul nos ha convencido de que todas somos contrincantes en una competición por el macho más valioso. La sororidad, ese sentimiento de solidaridad entre mujeres que debería unirnos frente a la discriminación, brilla por su ausencia, y enseguida nos encontramos diciendo sandeces del tipo "las mujeres somos las peores", "es que somos unas envidiosas", "si es que la culpa es nuestra, somos las más machistas". Pues miren ustedes, no. No, no y no. Yo creo que un mundo donde las redes femeninas funcionasen sería un mundo mucho mejor, con más igualdad y menos violencia, y donde las mujeres seríamos mucho más felices, porque podríamos relajarnos con nuestras iguales, sin estar todo el tiempo sacando las plumas a lo pavo real a ver quién las tiene más monas. Cuando nosotras nos ponemos, podemos hacer maravillas, pero no podemos hacerlas todas de una en una. Hacen falta grupos, asociaciones, redes reales y virtuales. En los últimos meses lo he podido comprobar y créanme, tener amigas de verdad es un privilegio que las mujeres no deberíamos negarnos ni dejar que nos negaran. Entre nosotras nos confesaríamos mucho mejor a los treinta, los cuarenta y los setenta, y seguro, seguro, que nos daríamos la absolución. En el nombre de la madre, de la hija y de las abuelas que nos precedieron. Así sea por la diosa que nos parió y nos protege. He dicho. ∆

e-mail: martafmorales@hotmail.com

   

   
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Última revisión: octubre 27, 2008. 
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