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 CAPITULO XX - LA CONSPIRACION

 

El papa, en largas cartas pastorales, aconsejaba a los romanos que hiciesen el amor con frecuencia -él decía un día sí y otro no-. que se reprodujesen con largueza, se tocasen sin timideces, se besasen con alegría y que, en caso de dudas, se abandonasen en los brazos de la pasión

OCTUBRE  2003

EL FOLLETON DE LA QUIJANA
 CAPITULO XX - LA CONSPIRACION
POR JOSE MANUEL VILABELLA // ILUSTRACIONES: NESTOR

Benedicto XV sonrió complacido y le dijo a doña Leonor:
-Muy bien, muy bien, lo has hecho estupendamente, pareces un pontífice, amada mía.
Después le dio un casto beso en la frente y añadió:
-Ni yo mismo hubiese ejecutado una bendición urbe et orbi con tanto estilo y dignidad, y ahora, por favor, dulce niña, dejemos el trabajo y ocupémonos de temas más agradables y mundanos; quítate la barba y el bigote, bórrate las arrugas falsas, que la hermana Alonsita haga desaparecer el maquillaje y ven a mi lado para que te dicte un capítulo de la biografía de don Manolito Expósito y Expósito, el ilustre madrileño que dirige con pulso firme la nave de la política española.
El Papa, que llevaba varios años investigando la vida del valido de Felipe IV y que se sentía fascinado por su personalidad y talento, reflexionó unos instantes, se aclaró la voz y cuando doña Leonor, convertida nuevamente en una dama bellísima, le hizo saber con un gesto que estaba preparada y que tenía dispuesto el recado de escribir, le dictó de corrido:
-La vida de don Manolito es ejemplar en todos los aspectos y, desde el punto de vista teológico, es en extremo interesante ya que nos permite estudiar la concordancia que existe entre el cuerpo y esa sustancia invisible que se asienta en la inteligencia, se apoya en la moral, se perfecciona con la bondad y se degrada con los malos pensamientos, esos fluidos invisibles que nos distinguen de las bestias y que, para entendernos, hemos dado en llamar el alma, el alma humana. Y, situados en este plano teórico los padres de la Iglesia llegamos a la conclusión de que hay muchos tipos de alma; las hay grandes, pequeñas, fuertes, miserables, nobles y de baja condición. El alma de don Manolito es, fuera de toda duda, un alma de primera categoría, un alma grande, enorme, pero eso sí, por un misterio que se nos escapa se refugia en un cuerpo diminuto aunque bello y bien proporcionado. Don Manolito es de un tamaño reducido pero de una enorme talla moral y, posiblemente, algún día el ideal del donaire masculino sea el del caballero que nos ocupa. Don Manolito une a su esmerada educación una sensibilidad artística y literaria que no tiene precedentes en el panorama de los gobernantes modernos, sensibilidad que le ha permitido valorar y promover el talento de brillantes escritores como Cervantes, Quevedo, Lope de Vega, Vilian Siesper el Inglés, con los que en su juventud compartió mesa y mantel en los más selectos salones madrileños. Gracias al mecenazgo del señor Expósito estos escritores son universalmente conocidos y obras como Don Quijote de la Mancha se han traducido a los más importantes idiomas del mundo. Expósito, que fue un íntimo colaborador de Miguel de Cervantes hasta su fallecimiento, asesoró al autor del Quijote mientras escribía su obra inmortal e, incluso, se ha llegado a rumorear en círculos bien informados que partes importantes de la novela fueron ideadas por su privilegiado intelecto y escritas por su propia mano. ¿Qué gloria literaria le corresponde a uno y a otro? Don Miguel fue, y así lo reconocemos los estudiosos de su literatura, el autor material de la mayor parte del magnífico libro, el habilidoso amanuense que supo plasmar las ideas ajenas, aunque el responsable intelectual, el inductor, el que ideó el perfil del caballero y el talante del escudero, el primero que imaginó a Dulcinea y pensó en el caballero del verde gabán fue, nos arriesgamos a ponerlo por escrito para el general conocimiento del que leyere, don Manuel Expósito Expósito, que discretamente renunció a firmar conjuntamente con Cervantes el libro de caballerías y para el que pedimos desde este escrito la gloria que le corresponde y el lugar entre los inmortales al que tiene derecho.
Benedicto releyó el largo párrafo que había dictado e introdujo el documento en un abultado cartapacio que contenía todas las reflexiones que sobre el valido español componía cada tarde desde hacía cinco años. Benedicto era un hombre feliz y el amor de doña Leonor le había convertido en un anciano risueño, alegre y cantarín. Tarareaba coplillas de su infancia, tañía la bandurria con cierta maestría y se mostraba siempre complaciente con sus colaboradores los cardenales de la curia. Toda la infelicidad que había acumulado en su juventud se había transformado en alegría en el vivir; ¿se había convertido nuestro hombre antaño crisol de virtudes en un perdulario? No, qué va, rotundamente, no. El Benedicto de ayer era un hombre apesadumbrado y el de hoy era alegre y dicharachero, bebía con fruición enormes jarras de cerveza, comía con apetito muslitos de pollo al chilindrón y se pasaba las horas muertas contemplando arrobado a doña Leonor y de vez en cuando le murmuraba en el oído un "os amo, joven señora" y ella, sonriente, le replicaba "y yo a vos, padre, amigo y esposo mío". Los amantes apenas se rozaban y sus libertades no iban más allá de un beso en la mejilla, un apretón de manos, una caricia algo atrevida. Su pasión era ingenua y perversa, inocente y morbosa y se basaba, sobre todo, en miradas cargadas de pasión, guiños en clave y suspiros melancólicos. El papa, en largas cartas pastorales, aconsejaba a los romanos que hiciesen el amor con frecuencia -él decía un día sí y otro no-. que se reprodujesen con largueza, se tocasen sin timideces, se besasen con alegría y que, en caso de dudas, se abandonasen en los brazos de la pasión, que es, desde el principio de los tiempos, un potro desbocado que se lo lleva todo por delante y disfrutasen de los placeres de la carne hasta que la edad provecta les condujese al redil de la virtud y de la vida sosegada, a esa época mitad feliz y mitad desgraciada en que se mitigan los ardores, los recuerdos se vuelven amarillos y todos los fuegos son fatuos. Los romanos le amaban y vitoreaban cada vez que salía al balcón de la Basílica de San Pedro con un ¡viva don Benedicto el pontífice más comprensivo y tolerante de la historia de la cristiandad!
Desde que el papa y sus cardenales habían decidido conspirar para llevar a doña Leonor a la silla de Pedro el Vaticano parecía un mar de aceite. La gran conspiración había terminado con las conspiraciones de menor cuantía y todos se mostraban muy satisfechos con lo que iban a hacer. El papa quería dejar a su amada en herencia un papado floreciente y los cardenales no dudaron en torcer el curso de la Historia para que su retoño no pasase penurias cuando ellos faltasen de este mundo. Para que así fuese todo quedaría atado y bien atado. El aparato burocrático ideó un plan y todos se pusieron manos a la obra. Los cardenales miraban arrobados a su hija y se decían unos a otros: "Es listísima y será una papisa brillante y desenvuelta; vamos a dejar a nuestra amada Iglesia en buenas manos". Las hermanitas de la orden del Sagrado Cíngulo y sor Alonsita al frente del batallón de monjitas de tocas blancas y almidonadas cuidaban a doña Leonor con exquisito mimo y una lealtad que rayaba en la fidelidad perruna; las religiosas la llevaban en palmitas, comentaban sus pruebas de ingenio, se ocupaban de que estuviese siempre reluciente, vestida con primor y peinada con esmero. El centenar de monjitas gordezuelas y sonrientes laboraban de la mañana a la noche con una dedicación que dejaba estupefacto al papa Benedicto y complacía sumamente a los cardenales de la curia que comprobaban día a día que su angelical hija, el fruto de sus desvaríos, se había convertido en una mujer de belleza inquietante, aguda inteligencia e ilimitada ambición que había admitido, ilusionada y con toda naturalidad, auparse en la silla gestatoria y desde allí gobernar la Iglesia de Cristo con mano férrea y guante de terciopelo. Todos los implicados en la conspiración trabajaban con denuedo para que la nave de la papisa Leonor llegase en su día a buen puerto. Sor Bibianita se ocupaba del vestuario, sor Palencia capitaneaba el equipo encargado del maquillaje/desmaquillaje de la futura papisa y en un tiempo récord eran capaces de transformar a la bella dama en un ser hierático y barbudo que nadie hubiese podido distinguir del enigmático Patriarca de Venecia don Demetrio Montenegro y Carpio. Allí cada una tenía su cometido y todas cumplían su función con laboriosidad y eficacia. Sor Merceditas le daba clase de dicción, sor Isabelita era su profesora de Teología, sor Sagrario le enseñaba canto, sor Clarita le daba clases de gastronomía y de corte y confección; un equipo la bañaba y la vestía y todas las religiosas la trataban con respeto reverencial y una lealtad tan absoluta que, necesariamente, tenía que obedecer a un mecanismo misterioso que ni Benedicto XV y sus cómplices alcanzaban a comprender y que, sin duda, hará que el culto lector se pregunte: ¿quiénes eran aquellas extrañas mujeres y por qué se comportaban de forma tan sorprendente?
El plan para que doña Leonor pudiese sentarse en la silla de San Pedro era sencillo y práctico y había sido cuidadosamente estudiado por don Fulgencio Benedetti y su equipo de estrategas. La papisa reinaría con el nombre de Benedicto XVI y lo haría cuando la muerte se llevase al más allá a su enamorado y predecesor Benedicto XV, que por aquel entonces había cumplido los ochenta años. Después del cuidadoso estudio de la nómina de los ilustres papables, de los jerarcas que podían ser tenidos en cuenta por el Espíritu Santo, don Fulgencio decidió que, en su momento, doña Leonor suplantaría al Patriarca de Venecia don Demetrio Montenegro y Carpio, español de las mejores familias de Pontevedra, aristócrata de noble continente que ocultaba su rostro tras unos enormes bigotes y unas luengas barbas, hombre viajero de comportamiento impredecible que hoy estaba en Venecia y al mes siguiente aparecía en Madrid, caballero culto y mundano, exigente gastrónomo, experto jinete, autor de un excelente libro de cocina -"El placer de la buena mesa y otros enrevesados ensayos teológicos"- que tenía en su nómina de sirvientes al cocinero gallego J. de Candelucus. Don Demetrio era admirado por hacer en todo momento su santa voluntad; hábil espadachín, implacable polemista y antiguo corsario al servicio de la Armada Inglesa, se había redimido de sus pecados juveniles, incluso de los pecados de la carne, adoptando a una docena de sus hijos bastardos, parentela que le rodeaba en todo momento y que hacía las funciones de monagos y guardaespaldas e impedía que nadie se acercase lo suficiente al Patriarca de Venecia como para poder comprobar que las largas melenas, la barba entrecana y los espectaculares mostachos eran sólo un disfraz, aditamentos de guardarropía que ocultaban a los ojos del mundo el rostro de uno de los personajes más enigmáticos del mundo cristiano. ∆

   

   
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Última revisión: agosto 26, 2008. 
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