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 CAPITULO XV - ¡FUE UNA LOCURA VENDER A JESUSITA!

 

Mi padre y señor don Felipe IV el Rey de España me rogó que acudiese a su presencia sin perder un instante para tomar notas de algunas de sus faltas, pecados y malos pensamientos con objeto de que pudiese, con conocimiento de causa, perdonárselos en bloque algún día el Altísimo.

MAYO  2003

EL FOLLETON DE LA QUIJANA
 CAPITULO XV - ¡FUE UNA LOCURA VENDER A JESUSITA!
POR JOSE MANUEL VILABELLA // ILUSTRACIONES: NESTOR

Usted, sor Margarita, no puede entender que se pueda traicionar lo que más se ama y sacrificar lo único valioso que se tiene en la vida. Las santas como su señoría viven al margen de las pasiones y miran al mundo con conmiseración y, aunque odian el pecado porque detrás está Belcebú con su tridente, compadecen a los pecadores como un servidor y se conduelen con su sufrimiento y sus lamentos. ¡Ah, qué santa es usted, querida amiga y qué hermosos ojos presiento detrás de esos lentes que los camuflan! Nunca, en mi larga vida, he sostenido una conversación tan íntima y sincera como ésta y creo que la culpa la tiene la magia de la hora, el silencio del lugar y lo insólito de la situación; las tres de la madrugada, si hiela en el exterior y la violencia se detecta en el ambiente y el amanecer cercano promete mostrarnos sin pudores los desastres de la guerra, es mal refugio para el disimulo, ese disimulo que forma parte del carácter de los bufones. Que yo diga la verdad, aunque sea una sola vez en la vida, es cosa curiosa y de mucho mérito. Ningún compañero de infortunio de la corte de don Felipe cometió el grave error de manifestar en alta voz lo que pensaba y confesar cuáles eran sus temores más íntimos; en cambio yo, ahora y ante una desconocida, me muestro sin tapujos, desnudo mi alma y grito mis perversiones con la única pretensión de que me entienda una mujer equilibrada y comprensiva, una extraña misericordiosa. No, no se confunda, no quiero su perdón; aspiro a su comprensión y me basta su presencia, su presencia física, su compañía. No me conteste, no hable y si lo estima conveniente eche un sueñecito reparador y, como decían las damas algo cursis del otrora, abandónese su merced en los acogedores brazos de Morfeo. El miedo es libre pero el bufón, por su condición de juguete, no puede demostrar que lo tiene y deberá hacer de su inconsciencia un arma que provoque la carcajada y evite la lágrima. El patetismo, ¿sabe usted?, tiene que ser gracioso, explícito y eficiente; el patetismo no puede ser sutil o pasaría desapercibido, los rasgos tienen que ser gruesos y obvia la caricatura porque el público, el respetable, los miembros de aquella corte de infames que rodeaba a mi señor padre, era zafio, inculto, burdo y en lugar de cultivar la sonrisa inteligente prefería estallar en risotadas de tosco gallán. A mí, se lo confieso, me hubiese gustado pronunciar largos parlamentos, al estilo de doña Alonsita la Quijana, delante de aquella colección de momias con peluca, pero me temo que ninguno, salvo el pintor de cámara don Diego de Velázquez, hubiese captado la hondura de mis reflexiones. Uno, sí, era un incomprendido, un payaso sublime, un miserable con aires de grandeza. El monólogo, como decía don Vilian Siesper el Inglés, es el momento preferido del actor, la hora de la verdad, cuando la farsa se hace más emocionante y los protagonistas brillan con luz propia. Todos los actores, incluso los más modestos, tienen su minuto de gloria y mi ocasión para redimirme y decir la verdad está aquí y ahora, es ésta. Soy consciente de que no tendré otra oportunidad porque mi tiempo se acaba. Este monólogo que pronuncio, que parece un prólogo pero que, en realidad, es un epílogo, tiene argumento aunque me temo que a su merced le parecerá algo deslavazado, pues la memoria va y viene, avanza y retrocede y a veces es engañosa y falsa y todo lo mezcla y lo trastoca. Es posible, me temo, que un par de cosillas de las que le he dicho esta noche sean inexactas, equivocadas y erróneas. Uno habla y habla y se deja atrás recuerdos e imágenes, los nombres se confunden, las caras se mezclan. La memoria es, mal comparado, un chorizo envenenado donde el chacinero trufa la verdad con la mentira, adoba la situación con el dramatismo que tiene a mano, colorea la carnaza con la sangre de los inocentes y mejora la puesta en escena con todos los recursos disponibles. Así es la vida y así es, si a vos os parece, el teatro y la farsa de los bufones. Como antes le decía, distinguida amiga, muchos años después del prendimiento, juicio, ejecución y aventamiento de cenizas de doña Alonsita la Quijana, cuando del viejo lupanar sólo quedaba el solar, convertido en espléndida rosaleda, mi padre y señor don Felipe IV el Rey de España me rogó que acudiese a su presencia sin perder un instante para tomar notas de algunas de sus faltas, pecados y malos pensamientos con objeto de que pudiese, con conocimiento de causa, perdonárselos en bloque algún día el Altísimo. ¿Que cómo me mandó llamar? La cosa sucedió de esta manera: el secretario, un marqués gigantón y flaco que mi padre utilizaba como recadero, me zarandeó sin consideración y no se dio por vencido hasta que me incorporé en la cama y le miré con severidad.
-¡Don Pancracio! -exclamé al reconocerlo.
El gigante sonrió y me acercó una jofaina de agua de rosas de una mesa vecina para que pudiera asearme un poco antes de ir al dormitorio de don Felipe IV.
-Su Majestad está muy nervioso y quiere su consejo al instante. Yo creo, don Manolito, que nuestro Rey ha vuelto a soñar con quien usted sabe y desea que se le hable de ella.
Me vestí con cierta parsimonia para admirar a don Pancracio con mi sangre fría y cuando estuve listo hice una reverencia y le invité a seguirme con un gesto que había ensayado cien veces ante el espejo.
-Cuando usted guste, amigo mío...
El marqués echó a andar junto a mí por el dédalo de pasillos desiertos; eran las tres de la madrugada e incluso la soldadesca dormitaba en sus garitas. A medida que nos acercábamos a la alcoba del Rey íbamos encontrando en los pasillos y recostados en los sillones a los sirvientes que velaban el sueño de Su Majestad por si fueran requeridos sus servicios. Reconocí al encargado de las micciones reales con su orinal de porcelana, al responsable de las flemas con la brillante escupidera, al aguador y su botella de cristal tallado y a don Eutimio con el recado de escribir. Al reconocerme criados y secretarios se ponían firmes y hacían una inclinación de cabeza; en algunos detecté respeto y en otros admiración y a todos ellos, a pesar de la penumbra, les brillaba el temor en los ojos.
-El caballero del verde jubón... -oí que alguien musitaba a mis espaldas.
Don Felipe estaba sentado en la amplia cama apoyado en unos almohadones, con los ojos abiertos y demudado por el terror.
-¿Su Majestad ha sufrido una pesadilla? -le pregunté, y para romper el hielo abrí el breviario de las transgresiones por la página del día, pedí recado de escribir a don Pancracio, que a su vez lo solicitó de don Eutimio, me acerqué a una vela de llama mortecina y temblona y escribí de corrido la relación de pecados y malos pensamientos.
-¿Qué me has cargado en cuenta, bribón? -preguntó Su Majestad.
-Tres erecciones; dos gulas, una de ellas grave, muy grave; una soberbia contumaz y sostenida; dos malos pensamientos; cinco iras; seis envidias, una de ellas espantosa; cinco violencias y un sueño irrealizable.
El Rey sonrió agradecido y con ternura me acarició la mano.
-Me adulas, bribón. ¡Qué locura a mi edad tres erecciones! Borra, anda, borra, que no quiero que Dios me llame botarate. Deja una, como mucho, y además, malograda, un intento fallido...
Rectifiqué el apunte y con un gesto desabrido ordené al marqués que nos dejase solos.
-Por favor, quiero hablar con mi padre.
El Rey me pareció entonces un anciano desvalido; sin la peluca y los afeites los años se le echaban encima sin ningún decoro; una vena azulada gorda y caudalosa le cruzaba la mano como un río. Me hizo un gesto otra vez, un gesto de ternura, se puso los anteojos y musitó avergonzado:
-Jesusita...
-¡Otra vez, Majestad! Tenéis que olvidarla...
-No me riñas. No puedo. Va y viene por el camino del sueño. Me habla, me tienta, me sonríe; de qué si no apuntarías en el libro las erecciones...
-¿Qué podemos hacer? ¿No hay noticias de Roma? -pregunté sabiendo de antemano la respuesta.
-No dicen nada. El niño no existe. Nadie le conoce ni sabe su paradero. Y aunque no es mi hijo pudo haberlo sido. ¿Comprendes? Yo que tengo un centenar de bastardos echo de menos, precisamente, al bastardo de otro; al que debió ser mío.
Me miró directamente a los ojos y exclamó sin ningún afecto:
-¡Fue una locura vender a Jesusita!
Y entonces me pidió que inventase una historia, aunque fuese una historia absurda, imposible, sin pies ni cabeza. Me rogó que le conmoviese con la mentira, que utilizase las palabras como bálsamo y la exageración por medicina. Prohibió con toda severidad un final desgraciado y exigió, para aquel hijo ausente concebido por otro, una vida feliz y llena de alegrías.
-¡Te lo ordeno, miserable! -gritó como lo que era, como un energúmeno y al notar mi estupor me hizo responsable de sus desdichas.
-Escribe lo mejor que puedas y sepas. Sé entretenido, brillante, misericordioso. Hazlo por ella y por mí. Y también por las noches de tu infancia.
Asentí e inicié una prudente retirada. El Rey hizo un gesto despectivo y sólo dijo:
-Ve con Dios.
Y desde el pasillo todos le oímos exclamar:
-¡Fue una locura vender a Jesusita! ∆

   

   
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Última revisión: agosto 26, 2008. 
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