
No estoy en contra de la
cirugía, ni de la moda, ni de la tendencia a embellecerse; estoy en contra
del ingenuo y peligroso abuso que se hace de ciertas prácticas. |
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MARZO 2003

TODO POR LA BELLEZA
POR RAQUEL BUZNEGO (PSICOLOGA)
E s el último grito, pocos quieren
sustraerse a los milagros de la cirugía, el precio no importa, ha de
conseguirse, sea como sea, privándose de todo, o casi todo, exprimiendo el
bolsillo de los padres o tirando de la pensión de la abuela, que para ella
va de sobra. El caso es entrar en el quirófano, quitar de aquí, poner allá.
Pechos con silicona ¡qué horror!, liposucciones que se vuelven a repetir al
cabo de dos años porque los adipocitos han retomado su lugar, narices que se
retocan, labios que se hacen más carnosos (y que terminan por parecer
ridículos hocicos).
En fin, que a fuerza de toque y retoque la persona se ha desdibujado,
termina por ser la auténtica desconocida, los vecinos no la conocen, sus
padres de milagro y lo peor es que no se conoce ni ella misma.
Espejito, espejito, no me mientas ¿las hay más bellas?, dime espejito ¿qué
me queda por retocar?
Nadie, o pocos, se aceptan como son y para eso están los plásticos, para
vender el producto, que de eso se trata, es su negocio y me parece bien. El
paciente, si así se puede llamar, compra lo que la naturaleza le ha negado:
la ilusión de aproximarse al ideal de belleza incurriendo en la estupidez de
negarse a sí mismo. Finalmente se convierte en un ser extraño, plastificado,
incongruente y, en ocasiones, patético.
La moda impone, asfixia e impide que cada cual sea singular, único e
irrepetible.
Hasta los mocosos saben de moda, de estética, critican en el patio y
etiquetan a los demás: "El bolicha", "dumbo", "el virolo" o "el trazas"
(éste es perfecto pero desentona en el vestir). Y así, erre que erre, llegan
a la adolescencia, época dura, con la ilusión de pasar por el quirófano,
donde todo tiene arreglo: las orejas más pequeñas y pegaditas, las tetas
mayores, el culo justo para una 34 y los ojos más rasgados. Algunos padres
hasta les hacen este tipo de regalitos a sus retoños, es el premio por las
buenas notas.
Y no digo que a cada cual no le agrade, y mucho, que su espejo le devuelva
una imagen satisfactoria, pero esa imagen satisfactoria no tiene que ver con
labios-hocico, tetas-silicona o abdómenes-desinflados, tiene que ver con el
conocimiento y aceptación de uno mismo, de sus defectos, de sus encantos.
Tiene que ver, en definitiva, con el amor hacia su persona.
Cuidarse, mimarse, cultivarse y enriquecerse son los únicos cambios que
permanecerán a lo largo del tiempo, de toda tu vida.
Y, por si alguien se llama a engaño, diré que no estoy en contra de la
cirugía, ni de la moda, ni de la tendencia a embellecerse; estoy en contra
del ingenuo y peligroso abuso que se hace de ciertas prácticas.
Si deseas una buena imagen, cuídate, haz ejercicio, busca el maquillaje
apropiado, péinate según tu agrado y viste a tu estilo según los posibles de
tu bolsillo.
Y si, a pesar de todo, tu nariz aguileña no te convence en absoluto, o te
acompleja, pues a ello, retócala, sin más complicaciones. Pero, eso sí, no
se te ocurra desear los ojos de S. Stone, la nariz de Claudia, la boca de
Naomi o el cuerpo de "El Cuerpo", porque, a fin de cuentas, quizá, para tu
rostro y complexión no vengan a cuento tales cambios.
Piénsatelo, siempre estarás a tiempo, los cirujanos estarán esperando tu
llegada, no necesitas más que dinero y creer a pies juntillas que te
gustarás mucho más cuando hayas cambiado algunas cosas. Entre tanto recuerda
el cuento del joven negro que renunció a su color para convertirse en
blanco. Cambió su color, cambió su nariz y sus labios. Ahora sólo es un
esperpento, un enfermo, una caricatura de sí mismo.
Es, únicamente, un hombre a una máscara pegado.
La imagen, cuidadosamente diseñada, le ha pasado factura.
A ti también puede ocurrirte. ∆ |