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Don Felipe y yo caminábamos una noche por la alameda como dos viejos amigos; yo llevaba ya mi jubón verde y mi chambergo de plumas, calzaba botas con espuelas de plata y ceñía mi cintura con un cordón trenzado de fina gamucilla del que pendía un espadín con mango de marfil y pedrería.

MARZO 2003

EL FOLLETON DE LA QUIJANA
 CAPITULO XIII - Quince años después...
POR JOSE MANUEL VILABELLA // ILUSTRACIONES: NESTOR

Muchos años después del prendimiento, juicio, ejecución y aventamiento de cenizas de doña Alonsita la Quijana, cuando del viejo lupanar sólo quedaba el solar y sobre él la espléndida rosaleda que los jardineros reales habían plantado a uña de caballo para que nadie recordase ni el lugar ni el personaje, para que no se convirtiese en leyenda lo que sólo había sido casa de lenocinio; después de cegado el pasadizo y clausurada la entrada a Palacio, don Felipe y yo caminábamos una noche por la alameda como dos viejos amigos; yo llevaba ya mi jubón verde y mi chambergo de plumas, calzaba botas con espuelas de plata y ceñía mi cintura con un cordón trenzado de fina gamucilla del que pendía un espadín con mango de marfil y pedrería; seguía siendo criado y bufón, pero de tan altos vuelos que los obispos se disputaban mi amistad y los nobles hacían antesala para poder disfrutar de mi conversación y mis consejos. Por aquel entonces era ya un excelente contador de historias y como a tal se me consideraba. Don Felipe se detuvo un momento, me pasó el brazo por los hombros y me dijo la triste nueva: "Jesusita la Gallega murió hace dos meses en Mantua", susurró con voz temblona. Sentí un dolor agudo, como un picotazo hondo que me dejó desbaratada el alma. Me quedé anonadado y no pude articular palabra. No quise reprocharle que sólo él había sido el culpable por haberla vendido a los conspiradores vaticanistas para tenderle una trampa al Papa, para corromper al Pontífice con los aromas de requesón que esparcía a su paso la más bella criatura del Imperio. No podía verle la cara al Rey Felipe aunque la noche era clara y templada, pero imaginé que su rostro estaría serio y que tal vez unas lágrimas pugnarían por asomarse a sus ojos espantados. ¡Jesusita muerta!
-Nuestra Jesusita, muerta... -pude decir, al fin, en un susurro.
-¡Y además quieren hacerla santa!¡Los muy canallas quieren subirla a los altares cuando lo que ella quería era gozar del cuerpo y sentir los sentidos! -exclamó el desdichado.
Y terminó su corto discurso amoroso con una declaración verdadera y patética:
-¡Ella que era, ay, tan carnal, golfanta y pecadora!
Jesusita la Gallega llevaba recluida en Mantua cinco años; en el convento del Sagrado Cíngulo la habían depositado los cardenales de la curia cuando dio a luz un hijo de la comunidad y sus pechos se secaron y se convirtieron en dos pingajos. La leche que subió un día en Chantada con la fuerza de un torrente, se retiró cuando la barragana de los cuarenta purpurados quiso amamantar a su retoño. Fue visto y no visto. En apenas diez minutos se vaciaron sus turgentes pechos, se arrugaron sus esplendorosas nalgas, sus muslos se desinflaron como por arte de encantamiento y una legión de minúsculas arrugas se apoderó de todo su cuerpo y, sobre todo, fueron especialmente crueles con la comisura de los labios y el entorno de los ojos. En un cuarto de hora dejó de ser tentación y se convirtió en penitencia. La curia tardó diez horas en decidir su destino y al día siguiente, en un coche cerrado y de tapadillo, salió del Vaticano para enclaustrarse hasta el día de su muerte en el convento del Sagrado Cíngulo.
Su Santidad, el Papa Benedicto, tardó lustros en enterarse de que los cardenales de la curia habían querido tentarlo con un pecado de importación, con la mujer más atractiva del mundo conocido. Corromper a un Papa para poder manipularlo después a su antojo siempre fue la aspiración de la cúpula de la cristiandad, pero ¿qué tipo de mujer es la apropiada para enamorar a un anciano bondadoso que no ha conocido hembra placentera? ¿Tal vez una impúber de catorce años todo inocencia y candor? No y mil veces no, se dijeron a sí mismos los purpurados. La inocencia sumada a la inocencia, el candor del Papa unido a la dulzura de la niña podría desembocar en el desconcierto, en el pavor, en una escena sublime o en una representación ridícula. La tentación tenía que ser irresistible, pecaminosa y perversa, tenía que escribirse con mayúscula y garantizar el éxito de la conspiración; la tentación tenía que ser espectacular y tremebunda. La tentación tenía que ser La Tentación.
Mandaron mensajeros en todas las direcciones y, después de una meticulosa selección donde se barajaron los nombres de las cortesanas más seductoras del mundo conocido, decidieron que Jesusita la Gallega, la prostituta española amante y protegida del Rey Felipe, era la mujer apropiada.
-Dicen que es irresistible y que hace felices a los hombres. La lujuria con ella lleva, además, la gula incorporada; el que se mete en su cama come y fornica hasta hartarse, peca cuando peca y después de haber pecado y vuelve a pecar cuando descansa para pecar de nuevo. -se dijeron entusiasmados los cuarenta cardenales que ya imaginaban al Papa convertido en un guiñapo sin voluntad, en un esclavo de los pecados de la carne.
La compra de Jesusita fue más larga y laboriosa de lo previsto. El Rey Felipe, que no entendía el hombre de sutilezas y de corrupciones de varones que no habían conocido mujer, regateaba como un experto comerciante y decía que su amante era la mujer pública más famosa del Reino, que era patrimonio de la nación como la calor y el viento, que las gentes se ponían en camino desde La Coruña o Huelva para pasar con ella una noche de lujuria y alegría, que Jesusita era un sueño, un soplo de brisa fresca, una leyenda y que las leyendas si se venden adquieren un precio desorbitado y se venden carísimas porque es mercancía que pertenece más al mundo de los poetas que al de las pasiones terrenales. Al fin, después de demorarse en tiras y aflojas, llegaron a un acuerdo y se llevaron a la cortesana por su peso en canela, azafrán y perlas orientales y de propina dieron los compradores un salvoconducto firmado por los cuarenta purpurados en el que se garantizaba al Rey Felipe la salvación eterna como reconocimiento a los servicios prestados a la cristiandad.
Cuando tres meses más tarde La Tentación del Papá llegó a Roma y los purpurados pudieron observar de cerca a Jesusita la Gallega se quedaron estupefactos: No imaginaban que pudiera existir una criatura tan esplendorosa y atractiva. El viaje había sido interminable y los jugos internos se habían derramado por su anatomía por los vaivenes del carruaje. Jesusita olía, desprendía un aroma intenso a queso de tetilla que se esparcía por la habitación y bajaba en oleadas por las escalinatas de San Pedro y se derramaba por la Ciudad del Vaticano y por las siete colinas de Roma. Los habitantes del Trastévere, rijosos y perdularios, reconocieron el reclamo del amor, la llamada imperiosa del sexo y sin pensarlo dos veces abandonaron sus quehaceres y se enclaustraron en sus aposentos. Los amantes buscaron a sus compañeras de cama y cada pareja encontró un discreto acomodo para apagar la sed que sentían. "¡Qué bien huele!", exclamaban los romanos olfateando el aire. Los gallineros se revolucionaron y los gallos -y el gallo de la pasión el primero- anunciaron una primavera que nunca llegaría y hasta los romanos más ancianos, virtuosos y circunspectos sintieron el desasosiego de la pasión de los sentidos, ese golpe brutal, esa descarga eléctrica que cuando llega se lo lleva todo por delante.
Jesusita se apoderó en pocos días de los voluntad de los cuarenta cardenales y los sedujo a todos y con todos yació largamente y a todos dejó satisfechos, ahítos y enamorados. La Tentación del Papa se convirtió en el pecado de la curia, en la pasión del Sacro Colegio. La mayor parte de los purpurados vivían con Jesusita su primer amor carnal. Algunos nunca habían visto una mujer desnuda y sólo en las pinturas de los primitivos flamencos y alemanes, de los maestros italianos, encontraban referencias de la cartografía del otro sexo, mapas fiables de los entrantes y salientes, de los recovecos y protuberancias que formaban el misterio del eterno femenino. Pero una mujer al óleo, aunque hubiera salido del taller de Rubens o de Tiziano, nada tenía que ver con la Gallega de cuerpo presente y en lo oscuro, a media luz y entre tules evanescentes. Los conspiradores cayeron en su propia trampa y la conspiración fue abandonada sine die; ninguno de los purpurados estaba dispuesto a ceder su parte alícuota de Jesusita al Santo Padre. Si el Papa quería corromperse que lo hiciera por su cuenta, con sus propios medios. Ellos eran los dueños de La Tentación y a la curia correspondía su uso y disfrute.
Después de las primeras semanas de improvisaciones y descontrol organizativo los perjudicados pusieron el grito en el cielo y entre todos establecieron normas de obligatoria observancia, severas reglas que los purpurados juraron solemnemente respetar. Jesusita era de todos y todos la disfrutarían por riguroso orden durante 3 horas semanales. Se confeccionaron calendarios, turnos, horarios que sólo conocerían los interesados. Se instaló a la barragana en un ala de la Basílica de San Pedro con todos los lujos y adelantos disponibles pero con la discreción propia de la casa. Al refinamiento vaticano se añadió el despilfarro veneciano, la desvergüenza napolitana, el misterio de los serrallos turcos, las fuentes y surtidores de Arabia. Se levantaron jardines diminutos, recoletos rincones, piscinas de aguas tibias. Una legión de masajistas, peluqueros, músicos, jardineros, sirvientes, camareros, cocineros, cantantes, modistos y criados de todo tipo se pusieron a las órdenes de la Gallega. Todos ellos eran serviciales y eunucos, algunos ciegos, sordos otros y todos amables y discretos.
Durante cinco años La Tentación cumplió con su deber y los cuarenta cardenales le permanecieron fieles. En ningún momento decayó la pasión y no hubo deserciones ni abandonos y cuando Jesusita anunció que iba a ser madre los cuarenta se sintieron responsables.
El Rey carraspeó y finalizó su largo parlamento.
-El resto ya lo sabes, Manolito. Se le retiró la leche y en diez minutos se convirtió en un ser monstruoso. -dijo Felipe IV con desconsuelo.
La noche era templada y con parsimonia seguimos paseando entre los árboles.
-Nuestra Jesusita, muerta... -susurré otra vez.
Y el Rey, que no sé si me oyó, se embozó en su capa y se quedó taciturno. Yo creo que tenía mala conciencia y si hubiera podido deshacer el trato habría devuelto el azafrán y las perlas y habría roto el salvoconducto aquel que le garantizaba la salvación eterna. ∆

   

   
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Última revisión: agosto 26, 2008. 
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