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 CAPITULO XVI - EL HOMBRE MAS VIRTUOSO DE ROMA

 

Si no conocemos cómo es el pecado, no sabremos reconocerlo en los demás. Por eso, Santo Padre, la llegada de aquella maravillosa criatura fue un suceso gozoso y no una desgracia horrenda..."

JUNIO  2003

EL FOLLETON DE LA QUIJANA
 CAPITULO XVI - EL HOMBRE MAS VIRTUOSO DE ROMA
POR JOSE MANUEL VILABELLA // ILUSTRACIONES: NESTOR

El Papa Benedicto, que era el hombre más virtuoso de Roma y que nunca había conocido mujer, se enteró de la existencia de Jesusita la Gallega cuando la barragana de los cuarenta cardenales había dejado de ser tentación, e incluso penitencia, para convertirse en leyenda.
Fue el anciano purpurado don Fulgencio Benedetti el primer penitente que le habló de la mujer más seductora de Occidente y como el Papa era algo duro de oído y el cardenal tenía una voz campanuda y de púlpito, la confesión de sus pecados retumbó por toda la Basílica de San Pedro y el noble anciano trocó, en apenas diez minutos, su fama de santo por la de impenitente mujeriego.
Don Fulgencio describió a Jesusita con palabras de navegante que descubre un mundo nuevo, pero de navegante que habla y recuerda desde la otra orilla de la memoria, desde la nostalgia.
-Santidad, el pecado es como un océano proceloso: uno termina por ahogarse en sus aguas pero, mientras dura la navegación y el cuerpo aguanta, las satisfacciones son tan placenteras, variadas y entretenidas que el arrepentimiento, si llega, se disfraza de melancolía.
El cardenal, que siempre había sido un hombre mesurado y discreto, hizo después una descripción tan encendida y apasionada de las cualidades que adornaban a Jesusita que fueron sumiendo al Pontífice en un silencio aterrador.
-Era una mujer redonda por dentro y por fuera; no había una sola línea recta en todo su cuerpo y sus palabras, miradas, canciones, caricias y promesas eran también redondas además de enrevesadas y la más simple contenía mil matices. Y sobre todo, Santidad, era una mujer inocente. Había tenido tal vez mil amantes pero empezaba el pastel del amor cada mañana con buen apetito y bien dispuesta. El amor no se termina nunca, pero el amor carnal de Jesusita satisfacía aun antes de haber comenzado.
Cuando don Fulgencio Benedetti describió el olor de queso fresco que desprendía su añorada barragana, Benedicto recordó aquel aroma que tanto le había conturbado en el pasado y que en su momento había confundido con los desaguisados que causa en el alma la llegada de la primavera.
-¡Era tan generosa, Santidad! -exclamó el anciano con el desgarro del que ha perdido para siempre las delicias del paraíso. Y terminó su confesión con unas palabras a las que el Pontífice después dio una y mil vueltas en su cabeza: Por más que lo intento no siento la presencia del pecado. Sólo tengo en el alma el dolor de su ausencia...
Cuando Benedicto XV se quedó a solas en sus aposentos las palabras de don Fulgencio le asaltaron una y otra vez y le impidieron conciliar el sueño. La mujer aquella, Jesusita, era sólo una nebulosa en su cerebro, no tenía formas ni límites y por más que lo intentaba no lograba imaginársela, ni podía describir sus entrantes y salientes geográficos, ni la hondura de sus simas inescrutables.
-¿Cómo será la pasión que tan feliz hizo a don Fulgencio?-se preguntó el Papa viscoso de sudor y por primera vez con la fiebre del deseo metida en los tuétanos.
Benedicto XV había sido hasta entonces un hombre virtuoso pero sin mérito. Era bueno de una forma natural e inmaculado sin ningún esfuerzo. Jamás la tentación le visitaba de madrugada, ni el sueño le hacía propuestas obscenas. No conocía mujer ni imaginaba cómo eran sus delicias y sus tormentos. Las mujeres, para él, sólo eran aquellas monjitas sin formas, de rostros macilentos y andar apresurado, de mirada clavada en el suelo, que a veces le visitaban y que con respeto y reverencia besaban su anillo papal. Sabía sólo vagamente cómo eran las criaturas del otro sexo por las pinturas que adornaban las estancias vaticanas. Algunas de aquellas mujeres estaban medio desnudas y al analizarlas con detenimiento y no sentir ninguna alteración en sus sentidos ni conturbado su espíritu por la aparición de las bajas pasiones, se dijo a sí mismo que el pecado surgiría cuando la mujer dejaba de ser una superficie plana y pulida, pintada al óleo, para ponerse en movimiento y caminar hacia él. La tentación debería de estar escondida en los gestos y en los olores corporales, en la geometría espacial, en los ademanes. Tal vez la mujer es la mujer cuando se agacha o cuando se despereza; acaso la mujer pierde su atractivo cuando bosteza y lo recupera cuando se inclina; es odiosa si se hurga la nariz e irresistible cuando se peina al sol del mediodía. La tentación es volandera y de quita y pon y tiene algo de sombrero y de prótesis, surge tornasolada ahora y desaparece un segundo después; la tentación es el envés de la inocencia, el otro lado del candor.
-El atractivo de Jesusita tenía que radicar en su pureza; don Fulgencio no podía dejarse seducir por una tentación torpe, por un diablo elemental. -se dijo Benedicto.
Don Fulgencio fue el primer cardenal en contarle al Papa sus experiencias con la esclava sexual que habían importado de España, y después de él, como si la curia hubiese tomado un acuerdo en una reunión secreta, todos ellos acudieron al confesionario del Santo Padre para abrirle su corazón y deshojar pétalo a pétalo la flor aquella que parecía pecado a primera vista, pero que si se analizaba con un criterio generoso y amplitud de miras tenía que ser anotado en el libro de las vivencias gratificantes, de las aventuras que amplían la experiencia de los príncipes de la Iglesia. "Si no conocemos cómo es el pecado, no sabremos reconocerlo en los demás. Por eso, Santo Padre, la llegada de aquella maravillosa criatura fue un suceso gozoso y no una desgracia horrenda, como parecen indicar con su sorpresa los ojos de Su Santidad", dijeron, más o menos, los cuarenta cardenales del Sacro Colegio.
Benedicto XV, más divertido que escandalizado, escuchó las confidencias de sus purpurados y se preguntó cómo reaccionaría ante una situación como aquella el rey Felipe IV, el monarca español. El Papa, que era tolerante y discreto, admiraba a muy poca gente del pasado y a ninguno del presente, salvo al prudente y sabio rey que además de apuesto, elegante, generoso, noble y prudente, había demostrado que sabía guiar la nave de España como un consumado navegante. A Felipe IV lo querían sus súbditos, lo temían y respetaban sus enemigos, lo adoraban todas las mujeres del universo.
-¿Qué haría Su Majestad el Rey si estuviese en mi lugar? -se preguntó el Pontífice, como siempre hacía cuando se encontraba en un callejón sin salida.
Felipe IV, que estaba considerado en todas las cortes del mundo civilizado como un filósofo de primera magnitud, tenía la suerte, además, de contar con el consejo desinteresado de su valido, un asesor de escasa talla física pero gigantesca talla moral, un gentil caballero de emplumado sombrero y elegante espadín que empezaba a ser conocido por el apelativo de el caballero del verde jubón...
-¿Qué me diría don Manolito si estuviese aquí, a mi lado? -se preguntó una vez más el Pontífice.
Aunque Benedicto sermoneó en principio a sus cardenales y les obligó a que cumpliesen penitencias larguísimas: dos mil rosarios, diez mil padrenuestros, setenta mil avemarías, pronto la historia de aquella mujer le absorbió de tal manera que en lugar de utilizar el flagelo empezó a usar el guante de terciopelo y la palabra amable: hizo preguntas, exigió datos, pidió detalles, fechas, lugares. Los cardenales, que veían en el Santo Padre un interlocutor amable que asentía con los ojos y que comprendía todos sus desvaríos, se entregaban complacidos a la descripción de sus amores, al detalle minucioso de la pasión que les había esclavizado tan dulcemente durante cinco años inolvidables.
El Papa, después de cada confesión, tomaba notas con su bellísima letra de pendolista en pliegos de papel de hilo que guardaba celosamente en un arconcito veneciano. Levantó, con la pasión del descubridor, el plano detallado de la abrupta geografía de Jesusita, describió sus delicadas manos, sus pies diminutos, la elegancia de su cuello de marfil, la redondez perfecta de su culo -él, delicado, decía textualmente: "el traserillo respingón perfecto en sus proporciones áureas cual si se tratase de obra proyectada por un angelical arquitecto que hubiese auxiliado a Dios en su creación del universo".
Descubrió también el secreto del amor, el código privado que fabrican los amantes para aislarse del resto del mundo, de las otras gentes, de los espacios ajenos, de los tiempos de los demás. Por primera vez en su vida se percató de que el amor requiere invención, de que los amantes siempre huyen a un lugar fronterizo del lenguaje en donde la desmesura se acomoda a las grandes palabras: eternidad, jamás, infinito. Tomó nota de que los vocabularios de las naciones no bastaban y que los enamorados para expresar sus sentimientos tenían que convertirse en libro, canción, gesto, abrazo y sexo porque las palabras tenían que ser virginales y desconocidas, nuevas y de un solo uso. Y que en el amor, si así lo quieren los amantes, lo obsceno puede ser sublime y las ternuras indecorosas, los gritos oraciones, los golpes caricias, lo repugnante poético, lo asqueroso delicado; en el amor sólo mandan los enamorados y si ellos quieren se subvierten todos los valores, se equivocan los teoremas, las proporciones inmutables se desmoronan y el orden universal se destruye; en el amor los amantes se reconocen a besos y a puñetazos, se buscan en las oquedades del otro para huir de su propio cuerpo; se entregan, se funden, desaparecen, se van por el grito y el gemido, por el abismo del placer, por el abandono del gusto. Benedicto comprendió que él, que había hablado tanto de la otra vida no comprendía nada de la vida, de esta vida. Se miró al espejo y se vio viejo, decrépito, simplón, ridículo. Había malgastado su vida con reflexiones falsas, con meditaciones superfluas y nada sabía del lenguaje críptico de los gestos, del significado último de los mohines, de la ternura de la ira y de la crueldad de los suspiros y poco a poco el cazador fue cayendo en su propia trampa y lo que empezó siendo curiosidad se fue convirtiendo en una pasión obsesiva que aunque él no lo sabía todavía estaba muy cerca del amor. ∆

   

   
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Última revisión: octubre 27, 2008. 
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