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FEMENINO PLURAL

 

Por soñar, que no quede. Yo pienso seguir haciéndolo desde la butaca de un teatro cualquiera en la ciudad que me ofrezca visiones más amplias de la vida.

JUNIO  2003


TABLAS
POR MARTA F. MORALES

Los últimos meses me han dado varias alegrías en lo personal y lo profesional. Parte de mi trabajo es ir al teatro para aprender, para ver, para examinar y analizar lo que pasa sobre el escenario. Hace algún tiempo que venía comprobando lo difícil que es para una dramaturga conseguir que se monte una obra suya en el circuito comercial; igual que es duro para una actriz lograr un papel que no sea de mujer objeto, muñeca sin materia gris o similares en las piezas escritas por hombres sin conciencia de género. Sin embargo, a lo largo de este año la programación del teatro en una de las ciudades más importantes de Asturias (de cuyo nombre no quiero acordarme) ha devuelto las tablas a las mujeres en diversas ocasiones. Con la elección de varios textos en los que la testosterona se rebaja a niveles razonables, la escena asturiana ha vivido un movimiento hacia el ginocentrismo que yo agradezco como espectadora, como mujer y como ciudadana. Voy a darles algunos ejemplos:
En el mes de enero pudimos combatir el frío con la calidez del espectáculo Una carta de amor (Como un suplicio chino). Basado en un texto de Fernando Arrabal, nuestro autor más emigrado y uno de los más alternativos. El montaje estaba protagonizado por una mujer. Sin compañía visible en escena durante toda la representación, María Jesús Valdés desgranaba recuerdos, cartas, dolores, negaciones y fantasías de una madre a la que su hijo ha dejado sola y ha acusado de traición durante la Guerra Civil. La entrada al teatro ya era una sorpresa: no se permitía al público acceder libremente a la sala y sentarse, sino que las acomodadoras iban guiándolo a lo largo de los pasillos, más allá del escenario, para dejarle perplejo y expectante detrás de los bastidores, en una cueva que olía a incienso y magia. En un entorno íntimo y en penumbra, Valdés esperaba sentada, sin moverse ni un milímetro, a que la gente encontrase su lugar. Una vez situadas todas y todos, comenzaba el ritual: quema de hierbas, pasos suaves bajo una túnica eterna, susurros y gritos de una garganta rota. La historia avanzaba hacia un final terrible en el que nos dábamos cuenta de que el hijo nunca había escrito la carta y jamás volvería para felicitar el cumpleaños a su madre. Al irse el público, el personaje de esa mujer al borde de la locura quedaría más solo que nunca.
Sola también en su lucha estaba Galactia, pintora revolucionaria y protagonista indiscutible de "Escenas de una ejecución", de Howard Barker. Tuve el placer agridulce de contemplar su proceso de caída, devorada por un sistema que decidía fagocitar su arte antes que admitir su disidencia, cuando entraba el mes de abril y llovía sobre Asturias. De nuevo las tablas se pintaban de morado y el público vivía su catarsis de la mano de una mujer. Y no cualquier mujer, sino una gran artista, una leona inquieta que peleaba para defender su trabajo, su amor y su integridad. Por eso los gobernantes la encarcelaban. Galactia era peligrosa, porque al contrario que sus colegas masculinos, no tenía pudor en enseñar la sangre y las manos cortadas durante las batallas. Al hablar de la guerra, ella pintaba dolor; los mandamases querían gloria y patriotismo. Curiosa coincidencia ver "Escenas de una ejecución" en estos días de censura y rechazo a quienes piensan diferente y se atreven a decirlo desde escenarios, libros, cuadros y fotografías. Y por cierto... ¡No a la guerra! A la que vimos y a todas las que veremos.
Una dramaturga también peleona, escandalosa y claramente feminista tuvo lugar en el teatro del que les hablo hace sólo unas semanas: Caryl Churchill, británica, socialista y mujer de las artes. Su pieza "El séptimo cielo" vino versionada por otra hembra del arte, Ángeles González Sinde, y escenificada, entre otras, por las actrices Natalia Seseña y Malena Alterio (con ese apellido, no podría haberse dedicado a otra cosa la niña Malena). Es un montaje complejo, difícil de adaptar a otros idiomas y culturas, pero que llega al espectador/a directamente al estómago y el corazón. En este trabajo, como en la mayoría de los de Churchill, el género se pone en primer plano mediante recursos muy variados. El más llamativo: que los hombres hacen papeles femeninos y las mujeres no se cortan en ser machos. También los blancos hacen de negros y viceversa... nos lo pone difícil Caryl a la hora de mantener nuestras expectativas conservadoras a propósito del teatro y de la vida. "El séptimo cielo" nos habla de relaciones familiares tradicionales, de mujeres castas que se llaman Inmaculada y se mueren por escapar de la isla en que las ha encerrado su marido colono y machote, de niñas de nombre Paula que tienen más barba que sus padres, de lesbianas que no dudan en crear hogares diferentes, de criadas que se enamoran de sus señoras y de héroes pederastas y ligones. Las construcciones de género, raza y clase se desmoronan, nos muestran su lado más hipócrita y nos dejan con la duda de si otro mundo es posible. Churchill cree que sí, y pide sin ambages una sociedad "descentralizada, no autoritaria, socialista, no sexista. Una sociedad en la que la gente pudiera expresar sus sentimientos y dirigir sus vidas". Casi nada. Pero por soñar, que no quede. Yo pienso seguir haciéndolo desde la butaca de un teatro cualquiera en la ciudad que me ofrezca visiones más amplias de la vida. Y eso incluye la perspectiva de las mujeres. Porque a estas alturas, nadie puede creer ya que la mitad de la población no es importante. Ni sobre las tablas, ni en el suelo que pisamos cada día. ∆

e-mail: martafmorales@hotmail.com

   

   
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