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CONTRAPUNTO

 

Los gallegos van a las urnas y vuelven a votar a los mismos que los están asfixiando. Inaudito, dicen algunos. No, falso. Es una cuestión de memoria, y la memoria si no se ejercita, se enquista. Y si se enquista, vuelve siempre al punto de partida.

JUNIO  2003

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DESMEMORIADOS
POR CAROLINA FERNANDEZ

He visto en un documental que los peces tienen una memoria corta. Dura tres minutos. A partir de entonces se les olvida lo sucedido y parten de cero. Los peces gallegos, los supervivientes al chapapote, posiblemente hayan olvidado que hace un tiempo el agua de su mar y de su ría se volvió espesa y se tiñó de negro apestoso. "Llegó el Apocalipsis", debieron pensar sargos y abadejos. "El fin del mundo", gritarían alarmadas maragotas y lubinas. "Nos invaden los marcianos" creerían los peces ballesta (tontones, para los amigos). El fondo del mar arrasado por una sustancia venida del exterior. El pánico. La exterminación. El fin.
Pero como su memoria dura tres minutejos, sólo es cuestión de esperar para volver al punto de partida. Todo se borra. La vida comienza de nuevo y todo estará como siempre, bien, normal, sin problemas. Para el pez que sobrevive, la vida sigue sin más consecuencias, sin traumas, sin rencores hacia los alienígenas hijos de puta que arrasaron su precioso fondo marino.
Los gallegos van a las urnas y vuelven a votar a los mismos que los están asfixiando. Inaudito, dicen algunos. No, falso. Es una cuestión de memoria, y la memoria si no se ejercita, se enquista. Y si se enquista, vuelve siempre al punto de partida. Hay quien recuerda cien veces al día la misma batalla, y la repasa como un disco mareado. Hay quien es capaz de acordarse de su primer día de colegio, allá por los años veinte, y sin embargo no puede recordar qué desayunó esta mañana. Pues es lo mismo. Los niños estudian en el colegio el rollo de los reyes Católicos mientras sus padres no pueden recordar que hace seis meses lloraron viendo las imágenes de Muxía, y viven como los peces, partiendo de cero, bien, normal, tirando. Hay que seguir viviendo.
Se podría argumentar que el ser humano tiene métodos para suplir esa ausencia de retén. Como tiene -se le supone- la capacidad de pensar, ha inventado los periódicos, la televisión y otros métodos para ayudarse a recordar, aunque teniendo en cuenta que entre la plantilla del Hotel Glam y los anuncios de publicidad ya se ocupa el 90% de la programación, la ayuda es escasa. Afortunadamente, mientras las lubinas tengan más neuronas útiles que Yola Berrocal, habrá esperanza para la evolución (de la lubina, claro).
Soy gallega. Ferrolana por más señas. Del antiguo Ferrol del Caudillo, ahora Ferrol a secas. El Caudillo aquel murió años ha, pero no ha desaparecido su estela, ni su talante, ni la mansedumbre obligada a la que sometió a todos en general y a su pueblo en particular. Pocas veces he visto a los gallegos tan cabreados como después del vertido del Prestige. Fue un revulsivo sin precedentes. Durante las primeras semanas de chapapote, tanto el gobierno central como el autonómico putearon al pueblo gallego un día sí y otro también. Los abandonaron. Les mintieron. Los ignoraron. Ocultaron y tergiversaron la información. Los gallegos, eternamente puteados, por fin se encendían y salían a la calle a reclamar respeto, a pedir responsabilidades. Son los gallegos en general un pueblo bien difícil de alterar. Tiene las espaldas anchas de haber aguantado golpes durante muchos años. Y busca siempre, por supervivencia, la cara más amable de las desgracias y a ella se aferra, como si de ello dependiera la vida, el futuro, la existencia entera. Cambiar la asfixiante rutina social y política de todos estos años -décadas, siglos- provoca un pánico atávico que parece imposible de superar. Es preferible el tirano conocido, antes que cualquier otra situación que obligue a coger las riendas, tomar decisiones, asumir riesgos y dar un golpe de timón.
Es el síndrome de la mujer maltratada, que a fuerza de aguantar los golpes de su media naranja los asimila como el único modo de vida posible y se resiste al cambio. Es un fenómeno que no se comprende desde la barrera. Su amado verdugo se ha encargado de bajar los niveles de autoestima hasta el subsuelo, anular sus defensas y fulminar la capacidad de reacción, con lo cual se asegura de que siempre preferirá lo malo conocido, aunque sepa con seguridad que es su ruina, su calvario o su muerte. Quien la arrastra y pisotea su dignidad, es quien más sensación de protección le proporciona. El resto se olvida. Todo un fenómeno, sin duda. De modo que cuando no hay memoria se explican cosas tan antinaturales como creer con fe ciega que Fraga fue, es y será siempre la solución, sea cual sea el problema.
Dado que están así las cosas, sería oportuno hacer un cambio. Propongo que Fraga presida la Catedral de Santiago y que las beatas le recen padrenuestros, para que pueda hacer sus milagros en ambiente catedralicio, más surrealista y por tanto más propicio para las gestas sobrenaturales que le gustan al presidente. A cambio, pediría el voto para el Apóstol como próximo presidente de la Xunta. Un personaje con indiscutible tirón popular, y que sin duda es la única forma de traer aires renovados, aunque sólo sea por librarse el pobre de tantos siglos como fumador pasivo, tragándose el aire viciado del botafumeiro y los sudores de los peregrinos. Algo haría por Galicia, seguro.
Mientras tanto, queda claro una vez más que cada persona, cada pueblo, cada país, tiene lo que se merece. Ni más ni menos. ∆

   

   
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Última revisión: abril 07, 2011. 
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