
La música nos dinamiza, nos
transporta, nos agrede o nos aísla del mundo; depende del momento, el
lugar, los recuerdos que suscite en nuestra mente y a la propia melodía,
obviamente. |
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JULIO 2003

MUSICOTERAPIA
POR RAQUEL BUZNEGO (PSICOLOGA)
T odos hemos comprobado la influencia
de la música en nuestro estado anímico. Unas canciones nos invitan a
movernos, a bailar, a sentirnos pletóricos de energía mientras otras nos
ponen un nudo en la garganta a la vez que nuestros ojos se llenan de
lágrimas.
La música nos dinamiza, nos transporta, nos agrede o nos aísla del mundo;
depende del momento, el lugar, los recuerdos que suscite en nuestra mente y
a la propia melodía, obviamente.
Ningún otro arte posee tantas cualidades tan intensamente, es por esto que
se ha utilizado en contextos tan diferentes como son una ceremonia religiosa
o el divertimento.
Aristóteles, entre otros pensadores de la época, entendió que no sólo los
sonidos naturales (el viento, las olas del mar, etc) podían influir sobre el
ser humano sino que la música tenía intenso poder para cambiar las conductas
y las emociones y, por tanto, debía ser utilizada en este sentido.
Recordemos que, hace años, en las escuelas las reglas aritméticas se
aprendían mediante canciones (ej: a la tabla de multiplicar se le ponía un
ritmo), costumbre que se llevaba practicando desde siglos atrás. Con la
llegada de la democracia, en nuestro país, estas técnicas se fueron
perdiendo seguramente porque algunos las consideraron inadecuadas o
simplemente porque desprendían un tufillo rancio.
Nuevos estudios demuestran lo que la historia había demostrado, la
influencia de la música en el comportamiento del ser humano. Mediante la
sencilla medición con ecografías y fonendos se comprobó que, dependiendo de
la música que escucha una mujer embarazada, los movimientos que emite el
feto son diferentes. La música clásica produce movimientos lentos, mientras
que la música rock provoca movimientos nerviosos y aumento de la frecuencia
cardiaca. Una vez el niño había nacido si volvía a escuchar el mismo tipo de
música volvía a experimentar las mismas reacciones.
Los efectos de la música han sido retomados, especialmente en los últimos
años, y utilizados tanto en el ámbito laboral como en el clínico. Una música
adecuada en el centro de trabajo puede hacer que los empleados trabajen
mejor, más efectivamente y con menos cansancio.
En cuanto a los beneficios terapéuticos han sido sobradamente probados, se
basan en el efecto estimulante o relajante que produce la música. Para
eliminar tensiones es recomendable una música clásica, si además se combina
ésta con sonidos naturales el efecto calmante es más intenso. El corazón
late lentamente, la respiración se hace más sosegada y el cuerpo entero se
deja arrastrar por un estado de calma profundamente gratificante y
reparador.
Respecto a los estados depresivos deberá escogerse una obra acorde con el
estado psíquico del deprimido. Si está triste no debe exponerse a una obra
alegre ya que chocará violentamente con el estado anímico e incrementará su
tristeza; debe optarse por una obra suave, lenta y triste que armonice con
su estado. Más adelante se irá exponiendo a obras cada vez más dinámicas y
alegres.
Para liberar emociones no solamente se debe escuchar música, sino que cantar
o ejecutar cualquier instrumento musical redobla los beneficios.
La musicoterapia es un arte, una ayuda para vivir mejor, trabajar mejor e
incluso para recuperarse de ciertas dolencias. Sin embargo, por lo que
respecta a éstas, no debe ser utilizada como medida terapéutica sino como
complemento del tratamiento designado por el profesional competente.
La música está a nuestra disposición, podemos deleitarnos con ella cuantas
veces deseemos, mejora nuestro carácter, libera nuestras emociones, nos
moviliza, nos entretiene y nos divierte.
No se puede pedir más. ∆ |