
Los cardenales guiaban a los pintores y
éstos no sabían qué hacer con tanto consejo contradictorio: "La nariz era un
poco más pequeña". "El pómulo más alto". "¡Oh, no, tenía una arruguita
justamente aquí, al comienzo de la frente!". "La barbilla era así, igualita,
pero no se le parece nada". "¡Ella era más hermosa!". |
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JULIO 2003

CAPITULO XVII
- Jesusita tenía cuarenta amantes y a
todos los quería de forma diferente
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
J esusita tenía cuarenta amantes, pero
los quería a todos de una forma diferente. Jamás repitió una caricia, ni una
ternura, ni un gesto. Jesusita, gracias al amor, se convertía en cuarenta
Jesusitas sin memoria.
Benedicto XV que sabía tanto de aquella mujer que sus cardenales habían
comprado en España para corromperle, no podría reconocerla si se presentase
de improviso ante él burlando las severas reglas de la muerte. Tenía
minuciosas descripciones de todas las partes de su cuerpo pero al unir las
partes el todo formado se desmandaba y unas veces aparecía en su imaginación
una matrona gorda de enormes pechos y, a veces, una enanita quebradiza como
una libélula que le mostraba su sonrisa de dientes cariados, una sonrisa
repulsiva de bruja desdentada que olía a podrido, a flatulencia, en lugar de
a leche fresca.
-¡Que venga el cardenal Bedetti inmediatamente! -exigía el Papa a sus
mayordomos en mitad de la noche, y un criado recorría las estancias
vaticanas como alma que lleva el diablo y una hora después aparecía don
Fulgencio en camisón de dormir, revueltos los cuatro pelos grises, alarmado,
y le preguntaba con la voz entrecortada por las prisas:
-¿Qué deseáis, Santidad?
Benedicto XV le miraba apenas un instante y exigía una contestación
inmediata a su pregunta.
-Dime, cardenal, y por tu bien medita la respuesta: ¿cómo eran sus dientes?
Don Fulgencio que ya había superado los períodos del escándalo, la sorpresa,
la curiosidad, la burla, el terror y que estaba atravesando a duras penas el
del tedio que duerme a las piedras, ponía los ojos en blanco y musitaba.
-Blancos, Santidad, muy blancos...
-¿Estás seguro, Fulgencio? -inquiría el Papa.
- Blancos e iguales; tenía los dientes más hermosos y sanos que se han visto
en Roma y también los más limpios. Jesusita, Santidad, se los frotaba con el
dedo impregnado en leche y cuando sonreía el contraste entre el rojo vivo de
sus labios y el blanco inmaculado de sus dientes era, en verdad, una
bendición de Dios y una tentación del Diablo. Jesusita pertenecía a ambos
mundos, iba del mal al bien, de la luz a las tinieblas como la que circula
por su propia casa, con confianza y familiaridad; era angelical y
luciferina, inocente e impúdica. Yo la quise mucho y por su amor daría mi
vida, mi vida eterna.
El Papa, con el impudor de los enamorados, quería saber hasta los mínimos
detalles de la anatomía de la española: la forma de las venas azuladas de
sus manos, el tamaño exacto de sus orejas, el tono del arrebol de sus
mejillas. El día en que se enteró de que Jesusita tenía lunares y que
ninguno de sus cardenales los había mencionado en sus largos
interrogatorios, convocó una reunión urgente del Sacro Colegio y llamó
irresponsables a los purpurados por su falta de previsión histórica. Ordenó
que se levantase inmediatamente un plano de los lunares de doña Jesusita y
de su localización exacta, que se hiciese inventario de las manchitas y se
relacionasen las pecas y se detallasen sus diámetros con toda exactitud. Al
parecer doña Jesusita tenía los siguientes lunares: una pequita marrón en la
comisura de los labios, un lunar negro redondo en la nalga izquierda, dos
lunares en ambos muslos, cinco pecas en la espalda, una manchita desvaída en
la planta del pie y dos lunares pequeños en el cuello.
-Comprendan sus eminencias que el Papa necesita saber todos los detalles
para poder caer en la tentación y corromperse como deseaban los príncipes de
la Iglesia. El pecar, amigos míos, es un duro trabajo si la tentación ha
muerto; solicito de todos vosotros la lealtad de la información puntual y
milimétrica, el esfuerzo de la reflexión más profunda, para poder robarle al
pasado el misterio de un rostro y el esplendor de un cuerpo. De ella sólo
conservo, ay, el olor aquel que me desasosegaba y que confundí con el de la
primavera.
Benedicto, enloquecido por la pasión, mandó venir de todos los países de la
cristiandad a los maestros pintores más reputados y prestigiosos. De Turín
vino Michelangelo Merisi, que las gentes conocían como Caravagio, de
Florencia Paolo Caliari el Veronés, Alberto Durero llegó montado en un
caballo blanco y medio muerto por la fatiga llegó una mañana a las puertas
del Vaticano Lucas Cranach el Viejo, que a pesar de su avanzada edad quería
pintar a la bella desconocida y ganarse las doscientas monedas de oro que se
ofrecía como recompensa.
El Papa les reunió en sus aposentos privados y a todos se les entregó una
descripción minuciosa de Jesusita la Gallega y los cuarenta cardenales de la
curia se pusieron a sus órdenes para auxiliarles en su cometido. Se trataba
de rescatar de las negruras de la muerte el rostro de la divina ausente;
después los maestros pintores recuperarían el recuerdo del cuerpo y por
último sucesivas copias del cuadro patrón en diferentes actitudes darían la
sensación, al ser observados con un movimiento brusco de cabeza, que el
personaje echaba a andar e iniciaba una insinuante sonrisa.
El desastre fue absoluto, rotundo. Ni siquiera pudieron reconstruir el
rostro, no pudieron ni darle un ligero aire de familia. Los cardenales
guiaban a los pintores y éstos no sabían qué hacer con tanto consejo
contradictorio: "La nariz era un poco más pequeña". "El pómulo más alto". "¡Oh,
no, tenía una arruguita justamente aquí, al comienzo de la frente!". "La
barbilla era así, igualita, pero no se le parece nada". "¡Ella era más
hermosa!"
Benedicto echó a los maestros pintores con cajas destempladas y solicitó la
colaboración de otros artistas de reconocido prestigio, algunos de los
cuales llegaron al Vaticano con grilletes y amordazados, porque se negaban a
trabajar a las órdenes del Papa de Roma. Frans Hals murió en el viaje,
Rembrandt llegó tan macilento y cansado que nunca más pudo desprenderse de
la melancolía y el desdichado Zurbarán apareció un día y se puso a pintar
inmediatamente bodegones ubérrimos y obscenos que escandalizaban a las
monjitas y divertían a los monaguillos; bodegones llenos de berenjenas y
zanahorias, enormes peras, sandías abiertas rojizas y negras, plátanos
maduros, granadas que desparramaban sus granos transparentes por el cuadro y
daban a la composición un aire de caos y de orgía, de placeres desatados y
pasiones prohibidas; tanto conturbaron los bodegones de Zurbarán a los
visitantes ocasionales de la Basílica de San Pedro que la abadesa del
Monasterio de las Huelgas Reales mandó un mensajero a Roma y le exigió al
Papa, con aquel genio suyo tan vivo e intolerante, que el maestro pintor
fuese devuelto a España cargado de grilletes. El Papa, para aplacar la furia
de la mujer más rica y poderosa del mundo y como homenaje a su admirado
amigo don Felipe IV, y en nombre del caballero del verde jubón, mandó cortar
las dos manos del artista, se las echó a los perros y devolvió a España lo
que quedaba del pobre Zurbarán cargado de grilletes. Llegó también al
Vaticano el maestro Rubens y sus doscientos discípulos, y después de
escuchar atentamente a los cuarenta cardenales y de leer con toda atención
la descripción literaria de los encantos de Jesusita sintetizados por el
Pontífice, pintaron una y otra vez hermosas mujeres en cueros que algo
tenían, sí, de la gallega, pero analizadas de cerca carecían de su encanto y
picardía.
-Se parecen, algo se parecen -dijo don Fulgencio Benedetti cuando contempló
el cuadro "El rapto de las hijas de Leucipo"- un poco de Jesusita hay en
esos traseros rotundos y en esos generosos senos; es como si en lugar de las
auténticas nalgas de de la española el artista hubiese plasmado para la
posteridad las nalgas de su prima hermana; son, no cabe duda Santidad,
grandes y hermosos culos de la misma familia, pertenecen al mismo y reducido
grupo de los culos gloriosos, de los traseros sublimes y desmesurados que
admirarán los siglos y harán exclamar a las gentes del porvenir: "¡Madre del
alma, qué culo!"; pero, a pesar de todo y aunque todas estas obras son de
mérito e incluso maestras, tengo que decir, Santidad, que la triste realidad
es que Jesusita no está ahí y sospecho que los esfuerzos que todos hacemos
por resucitarla son vanos e inútiles. Ella ha muerto y ni siquiera podemos
recuperar su perfume. Jesusita, ay, se nos ha ido para siempre.
Benedicto XV, contrito y melancólico, renunció a su proyecto, liberó a los
pintores y a algunos los recompensó por su esfuerzo y dispersó por los
monasterios, conventos y abadías de la cristiandad los quinientos cuadros
que habían pintado los artistas en su vano intento de acercarse a la
barragana de los purpurados. Hay desde entonces en las sacristías del mundo
cristiano docenas de Santa Ana de mirada insinuante, varias Santa Apolonia
de picaresca sonrisa, más de una Santa Gertrudis que ha hecho añicos docenas
de vocaciones y un sinfín de vírgenes, santas, beatas y reverendas madres
que tienen un no sé qué de Jesusita la Gallega en la mirada y el gesto, en
el porte y en la languidez con que parece inician su airoso e inigualable
caminar, y desde entonces los angelitos rubicundos y gordezuelos la observan
embobados desde los artesonados y los retablos y parecen decirle: "¡Jesusita,
cuánto te quiero; eres la santa más hermosa de la cristiandad!" |