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FEMENINO PLURAL

 

Hasta que las autoridades no se den cuenta y el pueblo soberano salga a las calles tras cada femicidio igual que tras cada bomba etarra, las cosas seguirán igual. Las mujeres seguiremos valiendo menos.

JULIO 2003


TODAVIA HAY CLASES
POR MARTA F. MORALES

Cuando este artículo vea la luz, en España unas cuarenta mujeres habrán sido asesinadas por sus maridos, ex o compañeros sentimentales sólo en el año 2003. En el mismo período de tiempo, las víctimas de la violencia etarra se contarán con los dedos de una mano. A unas las habrán llorado sus hijas, hijos, hermanas y otros parientes; a los otros los habremos llorado todos, al menos oficialmente. Por unas habrá habido concentraciones minoritarias y se habrán alzado voces que no se oirán en los medios de comunicación. Por los otros nos habremos manifestado en calles y plazas de todo el país, gritando que basta ya. Aquéllas habrán sido noticia en las páginas de sucesos o en los márgenes de la sección de sociedad. Éstos, desgraciadamente para ellos, se habrán convertido en portada de todos los diarios y en imagen macabra en cada telediario. Ahora sopesen... ¿qué vidas valen más? Piensen conmigo... ¿verdaderamente los gobiernos hacen todo lo que deben para luchar contra el terrorismo?...
El político y el de género, que tanto monta.
En nuestro país, como en todos los demás, la vida de las mujeres cuenta menos en las estadísticas, en los medios de masas, en la educación y en todo, excepto tal vez en la campaña electoral. En nuestro mundo, las muertes de las mujeres por apuñalamiento, quemadas vivas o empujadas más allá de la barandilla de un balcón no puntúan tanto en el marcador político como esas terribles bombas-lapa o esos tiros en la nuca que nos ponen a todos los pelos de punta. Y a mí me gustaría reflexionar aquí sobre por qué ocurre esto. Me encantaría que quien me lee se parase a pensar un minuto sobre la diferencia de rango entre un hombre y una mujer; un muerto a manos del fanatismo nacionalista y una degollada por el machismo más recalcitrante. ¿Por qué Miguel Angel Blanco, secuestrado y más tarde brutalmente asesinado por ETA, se convirtió en un mártir de la causa, dando lugar a una explosión de solidaridad y manos blancas, mientras que Ana Orantes, quemada viva por su marido tras denunciar su caso ante Ana Rosa Quintana, es un símbolo de las nefastas consecuencias de los "reality shows"? ¿Qué mecanismos ideológicos evitan que nadie se pregunte tras un atentado qué habían hecho los muertos para merecer aquello, cuando las mujeres asesinadas siempre son juzgadas, incluso antes que sus verdugos?
La respuesta a todo ello está en el paralelismo entre la violencia de género y la violencia puramente política, porque sus medios y sus fines son los mismos, y tras las dos se esconden un componente de poder, un ideario que discrimina al diferente y unas leyes insuficientes y obsoletas. Si el terrorista político mata para aterrorizar, para paralizar de miedo a la sociedad en la que vive, el maltratador humilla y golpea para anular la capacidad de acción de su víctima hasta hacerle creer que se merece ese hueso roto y esos puntos de sutura. Donde el terrorista oficial exagera la violencia para hacerla vistosa, teatral, escandalosa y extrema, el terrorista de género empuña armas contra la indefensa, quema sin necesidad y escenifica absurdos episodios de cariño que resultan ser trampas mortales. El momento en que el terrorista elige apretar el gatillo es aquél en el que las ideas ajenas se le hacen insoportables y todo lo diferente le resulta peligroso ("o conmigo o contra mí"). El instante más arriesgado en la vida de una mujer atada a un maltratador es aquel en el que trata de pensar por sí misma, marcar las distancias y ser libre e individual ("ni pa mí ni pa nadie"). El objetivo final de todo tipo de terroristas es el control, el poder absoluto y la sumisión silenciosa de sus víctimas. Eso ocurre en Irlanda del Norte, en Palestina, en Donosti y en Calatayud. Allá donde haya alguien que se crea con derecho a destrozar a quien no es como él (nacionalista, musulmán, hombre, de ojos verdes o con tres pies, que las señas de identidad del asesino poco importan al final).
Pero mientras sigamos empeñados en hacer rangos, en separar a las víctimas según su género, partido político o creencia religiosa, no seremos capaces de luchar verdaderamente contra el terrorismo… TODO TIPO DE TERRORISMO. Tanto valen las vidas de los ejecutivos enterrados bajo las Torres Gemelas como la de la toxicómana encontrada muerta en un descampado días después de pedir que la admitieran en una casa de acogida para mujeres maltratadas. El mismo oxígeno consume un concejal del PP que la candidata a la alcaldía de un pueblo de Teruel que no llegó a ver las urnas porque su marido se negó a dejarla seguir viviendo si no era con él. Y hasta que las autoridades no se den cuenta y el pueblo soberano salga a las calles tras cada femicidio igual que tras cada bomba etarra, las cosas seguirán igual. Las mujeres seguiremos valiendo menos; habrá quien se empeñe en decir en público que las maltratadas "algo habrán hecho"; y las asociaciones seguirán contando muertas y acumulando rabia e impotencia ante las promesas incumplidas de políticos oportunistas. Los jueces seguirán creyendo que una multa de seiscientos euros compensa la pérdida de un ojo tras una paliza, y las víctimas seguirán sin creer en la justicia. Porque al fin y al cabo, ¿qué ha hecho la justicia por ellas? Mientras siga habiendo clases y clases de muertos, niveles y niveles de asesinados, seguirán muriendo mujeres, y sus asesinos seguirán pisando nuestras calles sin que nadie les grite ¡basta ya! ∆

e-mail: martafmorales@hotmail.com

   

   
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Última revisión: agosto 26, 2008. 
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