
El dominico levanta la cabeza, mira al
Rey y formula la pregunta que cambiará el curso de la Historia de España:
-Majestad, ¿por qué en lugar de confesarse constantemente de sus pecados
presentes y futuros no consigue una bula del Santo Padre, una bula que le
garantice la salvación eterna? |
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CAPITULO XII
- Las contabilidades inútiles
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
D on Felipe IV, mi padre, que ya me
daba por muerto o al menos por lisiado, que para un bufón supone la
jubilación forzosa y la muerte por inanición, se alegró sinceramente de
verme aparecer en la corte entero, verdadero y disfrazado de hijodalgo
tronado, con la envoltura ajada de un caballero sin fortuna.
-Puedo seros muy útil, Majestad -le dije zalamero- sé de letras y don
Francisco de Quevedo y Villegas me está enseñando el alma de los números, el
esqueleto de las matemáticas. Puedo llevaros la contabilidad de las cosas
inútiles, el registro de las miradas hostiles, el detalle de las
mezquindades, la relación de los actos indignos, el libro de cuentas de los
pecados mortales por necesidad. Si anotáis puntualmente vuestras faltas
estaréis siempre en paz con el Altísimo y habréis garantizado vuestra
salvación eterna.
El Rey me miró con atención y se rascó la barba.
-Un hijo espurio, Majestad, puede ser el mejor amigo del rey y su perro más
fiel. Ponedme a prueba y permitidme que muerda en vuestro nombre a los
enemigos del Reino, que sea el intermediario de vuestras mezquindades y el
testaferro de las abyecciones de Su Majestad. Dejadle al de Olivares el
gobierno de la nación y permitidme a mí que sea vuestro asistente para las
cuestiones sin importancia, para la calderilla de las cosas de la vida.
Don Felipe IV sonrió, me hizo una leve inclinación de cabeza y se perdió
entre una multitud de aduladores. Nunca me nombró su secretario, aunque
llegué a serlo de hecho poco tiempo después y jamás reconoció que mis
razonamientos le habían convencido y que llevar una puntual contabilidad de
las cosas inútiles era algo que le hacía feliz; fui el primer contable
personal del rey de España, el que le cazaba las moscas a Su Majestad y le
escribía las cartas de amor para sus cincuenta y siete barraganas, el que
anotaba sus pecados en un dietario y el que le recordaba por pascua florida
que tenía que yacer con la reina, ya que el débito conyugal es deuda que hay
que pagar con largueza y en el plazo convenido. Con los años llegó a
reconocer el amplio muestrario de los valores que me adornan y empezó a
mirarme con respeto. "Es un gran matemático", decía de mí con orgullo cuando
que me veía multiplicar con desparpajo. Siempre fui leal con él.
Relativamente leal. Todo lo leal que puede ser un enano y un bufón con
ambiciones. Lo quise como a un padre y sólo le oculté un hecho importante de
nuestras vidas: nunca le dije que maté a sus tres hijos y cambié para
siempre la historia de España, y que todo lo hice por intereses personales y
que sólo para sobrevivir me hice perverso, mezquino, traidor, pecados por
los que pudriré en el Infierno, pues, gracias a Dios, uno tiene garantizada
la perdición eterna. Usted, sor Margarita, no puede comprender lo que le
digo porque las santas son algo cortas de entendederas y el misticismo no
les permite detectar dónde está la maldad en estado puro. ¿Que cuándo se
complicaron las cosas y empezó a desmadrarse el asunto? La culpa fue de
Fructuoso Carrasco Bustamante por mal nombre Torquemada Chico, como le
llamaban con retintín los dominicos. ¿Un torero? No, no, Torquemada era un
pariente lejano de don Juan de Torquemada, el que fue confesor de los Reyes
Católicos y severo inquisidor general de Castilla. Eran parientes pero no se
parecían en nada, uno era imponente y el otro bajito y enteco, aquél
inspiraba temor y éste daba risa, pero ambos eran mala gente y a los dos les
gustaban los procesos, la quema de libros, los autos sacramentales y los
chivos expiatorios. Llegó Fructuoso a Palacio cuando yo tenía montado el
tinglado contable y una legión de escribientes anotaban en los libros
registro las monstruosidades de don Felipe IV. Anotábamos en el libro los
pecados del día pero sobre todo los crímenes del futuro, los delitos que
pensaba cometer. El Rey estaba obsesionado con la salvación eterna y me
preguntaba: "Vamos a ver, Manolito, tú que eres algo teólogo, resuélveme la
siguiente cuestión: ¿Qué ocurre con el alma de un asesino que tiene el
propósito de arrepentirse de su crimen y se muere un segundo antes del acto
de contrición?". Yo ponía cara de filósofo y respondía con voz meliflua: "Al
que le ocurra semejante cosa se pasará la eternidad en la morada de Pedro
Botero padeciendo crueles tormentos". Y como el monarca ponía cara de terror
y le temblaba el labio inferior y los ojos le hacían chiribitas por el
pánico, yo exageraba la nota y describía con algún detalle lo que le
esperaba al desdichado: "Allí, Majestad, los demonios no se cansan nunca de
golpear, pinchar, retorcer, desgarrar. Cada día inventan un tormento nuevo y
no vale decir eso tan español y tan socorrido de: "Oiga, ¿usted sabe con
quién está hablando?". En el Infierno, Majestad, los reyes disimulan su
condición porque los demonios los tratan peor que a nadie y si su señoría,
Dios no lo quiera, terminase en semejante sitio, mi consejo es que se haga
pasar por un villano y diga que es pechero y hace oficio de manos porque
como se enteren de que es el rey de España le van a dar un tratamiento
especial y la eternidad le va a parecer larguísima". Don Felipe, que con
todas estas exageraciones le había cogido aprensión al futuro, decidió
confesarse de los pecados antes de cometerlos y él, que había sido hasta
entonces un pecador alegre y confiado, se hizo un aprensivo de conciencia
escrupulosa. Don Felipe IV tenía unos cincuenta confesores privados y a
todos les contaba sólo la mitad de la verdad y les trataba como un tirano y
si alguno dudaba en darle la absolución lo mandaba azotar hasta que el
desdichado musitaba un "le perdono, Majestad, pero, por favor, no vuelva a
dar garrote al obispo de Astorga; tenga usted en cuenta, mi señor, que el
difunto prelado era mi anciano padre". Tenía confesores que le perdonaban
los pecados de la carne, otros le disculpaban las puñaladas traperas y
algunos eran especialistas en traiciones y crímenes de Estado. Fructuoso
Carrasco Bustamante era uno más de aquel batallón de curas, monjes y frailes
que le seguía a todas partes y un día logró despertar la curiosidad del
Monarca al formularle una pregunta con aire ingenuo, una pregunta que, como
usted se percatará inmediatamente, sor Margarita, fue lo que desató la
desmedida ambición del Rey. Aunque yo no estaba presente lo imaginé tantas
veces que parece que lo estoy viendo. Preste atención y escuche, que lo que
sigue es el meollo de la cuestión, lo que va a desatar la tragedia y
arruinaría mi vida para siempre. El dominico carraspea, se aclara la voz
porque tiene la boca seca, un ligero rubor le tiñe el semblante y el sudor
le empapa las palmas de sus manos blancas, casi infantiles, que se crispan y
agarrotan en torno a un misal negro y pringoso. El dominico levanta la
cabeza, mira al Rey y formula la pregunta que cambiará el curso de la
Historia de España:
-Majestad, ¿por qué en lugar de confesarse constantemente de sus pecados
presentes y futuros no consigue una bula del Santo Padre, una bula que le
garantice la salvación eterna?.
Felipe IV dio un respingo, se atusó el bigote, bizqueó ligeramente y
preguntó en un susurro apenas perceptible:
-¿Cómo dice el mosén? Detalle, detalle mi buen Fructuoso lo que acaba de
decir; desmenuce su comentario, desglose sus palabras, tenga la caridad de
diseccionar el concepto. O sea, hable claro, alto y sin tapujos. Se lo
ordeno.
Don Fructuoso con una voz suave, sin alterarse, reprimiendo el respeto e
incluso el miedo que el monarca le producía, informó, con amplitud y con
palabras que aumentaban el deseo y la ambición de Felipe IV, de la
existencia de la bula de la Salvación Eterna Garantizada.
-El que posea la bula, Majestad, circulará por las estancias celestiales
como Periquillo por su casa y se sentará a la diestra de Dios Padre con todo
derecho y sin que nadie pueda impedirlo. El que porte la bula cuando llame a
la puerta del cielo la encontrará expedita y abierta de par en par, San
Pedro le invitará a pasar, los ángeles custodios se echarán a un lado, los
justos le harán una inclinación de cabeza y las santas, mujeres y cotillas
al fin, se preguntarán qué habrá hecho el caballero, el caballero de la
bula, para merecer tan alto honor. Sonarán las trompetas y unos doncellas lo
llevarán hasta Dios en persona y el Supremo Hacedor le mirará con curiosidad
y le dirá con su vocecita cascada: "Siéntate a mi lado, queridísimo hijo, y
sé feliz; come lo que quieras, bebe lo que te plazca y disfruta de los ríos
de leche y miel que para algunos privilegiados tengo en mi paraíso y haz lo
que te venga en gana. El cielo es tuyo, te pertenece, te lo regalo, toma las
llaves porque para eso eres el caballero de la bula, el primer servidor de
la cristiandad y desde este momento te nombro mi lugarteniente". Y Dios le
echará una ojeada despectiva a San Pedro y le dirá sin miramientos: "Pedro,
deja tu puesto a este señor tan simpático". Y como el anciano portero no
habrá entendido nada porque es duro de oído, le dirá levantando la voz:
"¡Que quedas despedido. ¿Me entiendes, calamidad? Que quedas despedido!"
El Rey al oír las explicaciones de don Fructuoso no pronunció una sola
palabra y durante diez minutos largos su rostro iba reflejando lo que
cavilaba su cerebro; su jeta patibularia pasó del amarillo suave al rojo
intenso y se detuvo un momento en el verde oscuro; después miró al dominico,
resopló, se hurgó sin pudores la nariz y preguntó:
-¿Qué hay que hacer para conseguir la bula de la Salvación Eterna
Garantizada?
Don Fructuoso, muy eficiente, muy serio, le informó con voz meliflua:
-Es preciso hacer un servicio importante al Papa o a la curia romana. Es un
privilegio que se ha concedido en contadas ocasiones y precisa la aprobación
de todos los cardenales vaticanos.
-¿Hay que matar a alguien? -pregunto el Rey
El dominico se confió por primera vez, sonrió y supo que había conquistado
el corazón y la voluntad del Rey de España.
-Por supuesto, Majestad. Para conseguir un privilegio así hay que mancharse
las manos de sangre. ∆ |