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CAPITULO XI. Me dejaron, negro como el carbón y más muerto que vivo

 

Me miré al espejo y lo que vi no me desagradó del todo: Era un enano vestido de caballero, un bufón patético y digno, un miserable con aspiraciones que pretendía llegar a ser el rey de España.


EL FOLLETON DE LA QUIJANA
 CAPITULO XI. Me dejaron, negro como el carbón y más muerto que vivo
POR JOSE MANUEL VILABELLA // ILUSTRACIONES: NESTOR

Me dejaron, negro como el carbón y más muerto que vivo, precisamente en el lugar en que me parió mi madre, en el pasadizo donde siempre empezaba mi vida. Allí me encontró un mayordomo de Palacio que iba a echar una cana al aire en La Quijana, me cogió como un fardo y hecho un guiñapo me dejó encima de una mesa para que si a bien lo estimaban la dueña y sus pupilas se me diese cristiana sepultura en la parte de atrás del prostíbulo, en un huertecito muy soleado donde doña Palencia cultivaba sus coliflores y sus claveles reventones.
Estaba tan sucio que parecía un niño negro de las antípodas africanas; un niño muerto como decía doña Alonsita, un niño reventado como aseguraba doña Quejío, un niño roto como musitaba con cariño Jesusita la Gallega mientras me quitaba el hollín de la cara con un algodón empapado en agua tibia. Cuando abrí los ojos me rodeaban las putas y los poetas y me sentí a salvo y en casa, contento de haber sobrevivido al viaje por la chimenea y tener fuerzas para contarlo. Sonreí, para demostrar a los presentes que era algo más que un cadáver, y tuve fuerzas para rogar que no me enterrasen vivo.
-Eres un hombre de suerte, Manolito; otro en tu lugar se habría desnucado. Tienes buena estrella, condenado; tienes eso que los príncipes africanos llaman baraca... -me dijo don Vilian Siesper el Inglés, con aquella solemnidad suya de fantasma de las islas inexpugnables, de espectro británico que lo sabe todo de la vida y de la muerte.
Maribola, que llegó corriendo y gritando como una loca "¿dónde está el fruto de mis entrañas?", explicó que los Infantes casi me matan al utilizarme como herramienta para desatrancar chimeneas, que la cuerda se rompió y que mi cuerpo fue a dar al despacho donde trabajaba el Conde Duque de Olivares, el valido del Rey, que al verme hecho un rebujo negro entre las cenizas ordenó, con aquel aire suyo soberbio y despótico, que me tirasen a la basura o a los perros, que tanto daba...
Don Miguel de Cervantes me acariciaba la frente y me decía "hijo mío, hijo mío", doña Alonsita ordenó que de las cocinas se me trajese un caldo de gallina y que alguien llamase urgentemente al físico, doña Palencia contó mis miembros para comprobar que no me faltaba ninguno y mi profesor de matemáticas, el señor Quevedo, fue palpándome el cuerpo para comprobar si me había convertido en un lisiado.
-Manolito ha salvado la piel y está entero; sólo tiene magulladuras. Es duro como un pedernal.
Pero fue Jesusita la Gallega la que se encargó de mi curación y restablecimiento. Me metió en una jofaina de agua calentita, me enjabonó de pies a cabeza, me dio de mamar hasta que me quede ahíto, me dio un beso en la frente y me dijo muy bajo: "Reza, reza, Manolito, que has logrado una vez más salvar la vida; que mientras tengas entero el pellejo le vas ganando la partida a la fiera, al tigre que quiere devorarte". Yo cerré los ojos, y aunque estaba magullado y me dolía todo el cuerpo me sentí muy feliz y me quedé dormido poco a poco.
Estuve, al parecer, entre la vida y la muerte; a veces abría los ojos y veía, como entre nubes, a mis padres don Miguel, don Lope, don Diego Velázquez haciendo guardia junto a la cama.
-Manolito ¿estás muerto? -me preguntaba el señor Góngora con aquella gracia suya.
-No lo sé, maestro -respondía yo con la sinceridad de los moribundos.
Lo que no mata engorda, el golpe que no te lleva al otro mundo ni te deja cojo o lisiado te hace más fuerte, la suerte de la fea la guapa la desea, hay que joderse y apretar el culo para no peerse, eran pensamientos que doña Quejío me decía al oído para que no me durmiese del todo, para que tuviese un hilo conductor por donde regresar del más allá al más acá, un vericueto para escaparme de la muerte y volver a este valle de lágrimas a seguir revolviendo la mierda de la vida, como decía el filósofo.
Estuve tres meses en ese lugar misterioso que separa la vida de la muerte, en ese cruce de caminos donde se quedan los enfermos graves, los accidentados, los suicidas, los ejecutados. Estuve allí, parado como un tonto y sin saber qué hacer mirando cómo unos se iban al infierno y otros al purgatorio de la vida, vi pasar a los rubicundos niños y los vi regresar hechos unos pingajos: "¿Todavía estás aquí, insensato?" me decían unos y otros. La verdad es que no sabía qué hacer y me senté en la piedra del coma con mi sueño a cuestas, sopesando los pros y los contras del viaje circular de la comedia aquella. Decidí, después de maduras reflexiones, regresar y sobrevivir a la desdicha y ganarle la partida al horror con sus propias armas. Sería fuerte, insensible, ambicioso. Conspiraría con unos y otros para alcanzar las cotas más elevadas del éxito y sólo me sentiría satisfecho cuando en mis sienes sintiese la pesada carga de una corona real. Decidí ser rey y decidí, sobre todo, ser un rey cruel y despiadado.
-¡Manolito ha vuelto! -gritó doña Palencia que hacia guardia junto a mi cama cuando abrí los ojos e intenté incorporarme. Llegaron inmediatamente Jesusita, doña Alonsita, Quevedo, Velázquez, don Miguel. Todos me palpaban y me decían "¡Bienvenido! ¡Bienvenido!", porque sabían que no hay viaje más misterioso que el de la muerte y yo había permanecido tanto tiempo en el más allá que algún secreto tendría que tener en el macuto, alguna historia con sustancia para contar a los amigos.
-Ha crecido... -dijo Jesusita cuando me incorporé.
Había crecido, sí; había crecido de todo menos de estatura: el bigote había surgido como por arte de magia encima de mi labio superior aunque la cara y la barbilla permanecían sin un pelo; la nariz, otrora diminuta, había aumentado de tamaño y se había hecho seria y aguileña; las orejas se había hecho grandes y algún pelo hirsuto y asilvestrado había aparecido aquí y allí, la cara era más ancha, la cabeza más grande y note que el pelo, rizado y duro, había brotado en mis partes pudendas. Sorprendido de la metamorfosis me eché mano al paquete y note que allí, precisamente allí, era el sitio donde el cambio había sido más espectacular y sorprendente: mi diminuta pirula de niño enano se había convertido en un enorme falo de adulto.
-¡La polla tiene usía! -exclamó Jesusita.
-¡Qué bárbaro! -reconoció Quevedo.
-Hay que reconocer que ha madurado. -musitó la Quijana.
Había dejado de ser un niño y me había convertido en adulto sin pasar por la adolescencia; de la muerte había regresado hecho un hombre, del más allá me había traído la tristeza de los adultos y también el secreto de los contadores de historias, la clave secreta de los inventores de fábulas.
Doña Alonsita, con unas cortinas viejas y unas varas de seda usada, ordenó que se me hiciese un jubón verde y una elegante capelina; don Miguel, que tenía la mano tullida desde Lepanto, me regaló un espadín que me daba el aire de caballero y con los años aprendí a esgrimirlo con tal soltura que además de enemigo temible tuve fama de asesino implacable. Don Vilian Siesper me regaló una caracola con el sonido del mar británico, doña Quejío un rizo, doña Palencia una pluma para mi sombrero y Jesusita la Gallega una noche de amor larga y la promesa solemne de que nunca jamás volvería a ser mi amante: "Quiero ser para ti un sueño de la niñez; con los años confundirás la verdad con lo imaginado; de viejo mirarás para atrás como el que se asoma a un pozo y distinguirás a las personas tal como eran pero a la vez diferentes; verás a la gente envuelta en niebla y aunque les hables no te contestarán porque serán personajes de ficción".
A partir de aquel momento no volví a entrar en la habitación ni en la intimidad de Jesusita la Gallega; creo que ella fue la que cerró la puerta de mi infancia y abrió la del mundo para que saliese fuera y jugase mis cartas con prudencia y sabiduría:
-No malgastes los oros, sé prudente con las copas, cuídate de los bastos y maneja con habilidad las espadas -me dijo cuando me echó de su vida y de su cama con lágrimas en los ojos.
Me miré al espejo y lo que vi no me desagradó del todo: Era un enano vestido de caballero, un bufón patético y digno, un miserable con aspiraciones que pretendía llegar a ser el rey de España.
-Nunca más volveré a hacer volatines, juegos malabares ni trucos de magia; no cuidaré los penes ajenos ni haré de perro faldero, no serviré de caneco ni seré jamás calentador de nalgas, bala de cañón, herramienta de deshollinador ni juguete articulado de infante. Haré reír a la gente con mis palabras; seré digno y soberbio, orgulloso como don Miguel, huraño como Quevedo mi profesor de matemáticas, distante como Lope, misterioso como Góngora, serio como Velázquez.
Maribola, que se había enterado de mi resurrección, irrumpió en la habitación con la infame pretensión de abrazarme:
-¡Hijo mío! -gritó como una madre.
La miré con desprecio y con asco y fui cruel como un caballero e injusto como un rey.
-Yo no soy vuestro hijo, señora -mascullé con desprecio.
Ella me observó un instante y comprendió que el juego había terminado y que nunca más tendría que fingir el amor que no me tenía.
-Perdone usted, señor, no he querido faltarle -se disculpó la desdichada y en sus ojos brillaron dos lágrimas diminutas que pugnaban por echarse a rodar rostro abajo.
Maribola nunca más volvió a hacer aspavimientos de madre amantísima ni a tratarme con confianza; dejó de llamarme Manolito y empezó a nombrarme como señor Manolo, después me dijo don Manuel, más tarde Excelencia, años después me llamaba Alteza con gran respeto y reverencia y, por último, Su Majestad, como todos mis súbditos. ∆

   

   
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Última revisión: octubre 01, 2008. 
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