
A pesar de Bush y sus
medidas misóginas, este país está lleno de ejemplos para todas las que
tenemos la complicada suerte de haber nacido hembras. No te hablo de
actrices ni de estrellas del pop, Sara, sino de mujeres de carne y hueso
que no tienen lugar en las crónicas rosas. |
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QUERIDA SARA (y II)
POR MARTA F. MORALES
E sta será la última carta que te
escriba desde Los Angeles porque, como sabes, dentro de unos días ya
regreso. La estancia aquí estuvo llena de sorpresas, oportunidades de
aprender y gente maravillosa. La superficialidad de Hollywood todavía no
llega a todos los rincones, y algunas personas se salvan de la moral de
silicona de esta ciudad. Como escribo estas líneas durante el fin de
semana en que se celebra la paradójica fiesta de Acción de Gracias, quiero
aprovechar para convertir esta carta en un agradecimiento personal. Quiero
dar gracias por estar viva, por tener quien me lea, por mi gente y mis
espacios, por mi cuerpo y mi mente. Y quiero también dar gracias por las
mujeres extraordinarias que conocí durante este tiempo en tierras
norteamericanas. Porque a pesar de Bush y sus medidas misóginas, este país
está lleno de ejemplos para todas las que tenemos la complicada suerte de
haber nacido hembras. No te hablo de actrices ni de estrellas del pop,
Sara, sino de mujeres de carne y hueso que no tienen lugar en las crónicas
rosas.
Te hablo de Tanya, mujer de teatro, lesbiana y judía, maestra y directora,
hija y hermana. Su madre organizó los primeros refugios para mujeres
maltratadas (clandestinos por entonces) en Nueva York. Luego decidió que
no podía con tanta pena y su mente se rompió. Pero Tanya, con nombre de
guerrillera, siguió adelante, sin rendirse ante la muerte de un hermano,
el escozor de ser distinta, el dolor de cargar en las espaldas seis
millones de nombres asfixiados en las cámaras de gas. Creció para hacerse
una mujer fuerte, con ojos azules cargados de paisajes, un corazón en el
que caben humanos y animales por igual, manos que acarician pero también
saben golpear. Tanya, de cabello incierto, transmite lo que sabe y enseña
a sus alumnos a quererse y a amar lo que hacen cada noche en el escenario.
Por Tanya, que hizo posible que te escriba desde la costa oeste americana,
estoy agradecida.
También doy gracias por Ursula, la de la voz de miel, que me regala
conversaciones que nunca se terminan. Me guía, me escucha, me cuenta, me
explica, cambiando de lengua sin dejar de ser dulce. Ursula, de ojos
oscuros y cabello negro, tiene una mente privilegiada que organiza, crea y
recrea sin confundirse nunca de camino. Una tarde, hace unos años,
descubrió que aquellos a quienes más quieres son los que más duele perder.
La traición dejó huella en sus entrañas, pero ella no permitió que el frío
se le instalara adentro para siempre. Siendo una de esas mujeres con
raíces y ramas poderosas de las que yo admiro y respeto como merecen, mi
amiga supo lamerse las heridas y seguir adelante. La vida, que a veces es
justa, le mostró que no todos los hombres apuñalan por la espalda y le
regaló la sonrisa contagiosa de Ignacio. Juntos viven a pesar de la
burocracia y del sistema, y juntos son ejemplo de que la distancia y el
idioma no son más que meros trámites cuando se ama de verdad. Por Ursula,
por su olor de hogar y de cariño, tengo que dar también mis más sinceras
gracias.
No puedo tampoco olvidar a Theresa, amazona de voz inquebrantable. Columna
de mármol donde se sostiene su universo, esta mujer hermosa no duda ni un
momento en nombrar el horror. Sabe que ahí afuera hay un mundo violento
donde las cosas pueden volverse peligrosas si una es mujer, o de color
oscuro, o igual pero menos, o rara, o diferente. Sabe que si su garganta
se calla alguien puede morir. Porque Theresa hace ruido y se asustan las
bestias. A su alrededor se forma un colchón seguro y protector donde
jóvenes y menos jóvenes pueden apoyar la cabeza si hace falta. De su mano
aprenden los muchachos que no sólo la sangre significa violencia. Junto a
ella aprenden las chicas que cerrar la boca a veces es clavar una tapa de
ataúd. Y mientras, Theresa sigue luchando más allá de sus aulas, más allá
de nuestras tazas calientes de cacao, más allá de mi vista. Pelea como
gata hambrienta por la vida de su hermana enferma, por su lugar en el
mundo, por el aire que le niegan quienes ven en ella una amenaza. Porque
ya sabes lo que pasa, amiga Sara: algunos hombres ven doble, y una mujer
fuerte se les antoja ejército salvaje. Por su energía y su palabra, por
Theresa en fin, también doy gracias.
Y gracias doy por Magda, abuela bella que sobrevivió al infierno. Las
torturas no pudieron con su cuerpo en Auschwitz, y ahora su corazón sigue
latiendo para que ella transmita lo que sabe. El testimonio de esta mujer
de Transilvania que no pierde el acento ni la risa, es mi última parada
agradecida. Porque escucharla fue un regalo de Navidad adelantado. Cuando
con voz pausada dijo "no quiero aplausos, sino abrazos", creí que el mundo
se paraba. Allí, en sus brazos, oliendo a jabón, a coraje y a esperanza,
la imagen de mi abuela volvió a mí. Porque ella, como Madga, Tanya,
Theresa, Ursula y tú, amiga que me lees, es un ejemplo que me abre los
ojos cada día. Por ellas y por ti, mi Acción de Gracias. ∆
e-mail:
martafmorales@hotmail.com
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