Revista Fusión

15 años Revista Fusión

 Subscripción RSS

FUSION también eres tú,  por eso nos interesan tus opiniones,  tus reflexiones y tu colaboración  para construir un  mundo mejor

Recibe nuestras noticias en tu correo


 CAPITULO XXII - LA MUERTE DE CERVANTES

 

Buena mujer, ¿dónde vive el eximio escritor don Miguel de Cervantes? -le pregunté a una bruja encorvada. Ella me echó una ojeada displicente, señaló una puerta cochambrosa y masculló con desprecio: "El escritor se muere ahí, pero no se moleste su señoría en entrar porque todo lo que tenía de valor se lo hemos birlado nosotros, sus herederos legítimos, los vecinos de la villa de Madrid".

DICIEMBRE  2003

EL FOLLETON DE LA QUIJANA
 CAPITULO XXII - LA MUERTE DE CERVANTES
POR JOSE MANUEL VILABELLA // ILUSTRACIONES: NESTOR

La muerte de Cervantes fue la primera impresión dolorosa que recuerdo, el primer aldabonazo que mi adormecido sentido de culpa le daba a mi conciencia. No era un servidor, cuando falleció don Miguel, hombre importante y todavía no había comenzado la carrera de libelista. Soñaba con ser poeta y algún versillo ripioso componía en secreto pero se trataba de epigramas sin importancia en donde sólo se notaba el odio que sentía por el prójimo y brillaba por su ausencia el talento que después se desarrolló de forma tan esplendorosa. Empezaba a ser, por aquel entonces, hombre temido y con fama de canalla y de ser sin escrúpulos; estaba al principio de mi andadura de asesino y aunque ya había envenenado a una infanta y tenía preparada la estrategia para darle garrote al príncipe Guillermo, todavía no tenía el prestigio de los perversos y sólo unos pocos sabían de mis maldades y crímenes nefandos.
Don Miguel, del que hacía años que no tenía noticias y sólo me constaba que vivía por el éxito de su Quijote, me mandó buscar; le dijo a un clérigo que lo atendía, al que le administró los últimos latines: "Que venga Manolito el bufón; ese mequetrefe que se hace llamar el caballero del verde jubón". El clérigo, más por curiosidad que por cumplir el mandado, me visitó en Palacio, me saludó con respeto y transmitió el recado con otras palabras más amables. Creo recordar que dijo: "Don Miguel de Cervantes me ruega que le comunique que se muere sin remedio y antes de irse de este mundo quisiera darle un abrazo de padre amantísimo". Me conmovieron las palabras falsas del curilla de sotana raída y acudí a la dirección que me indicó. La casa, un primer piso de la calle del Miedo, era de una apariencia atroz. Ascendí, con aprensión y muchos miramientos, hasta el primer piso tapándome las narices por el hedor que desprendían las paredes; las ratas, los ratones, las cucarachas subían y bajaban las escaleras sin que les importase la presencia de los inquilinos del inmueble y todos, hombres y alimañas, se respetaban y compartían las miserias de la pobreza.
-Buena mujer, ¿dónde vive el eximio escritor don Miguel de Cervantes? -le pregunté a una bruja encorvada. Ella me echó una ojeada displicente, señaló una puerta cochambrosa y masculló con desprecio: "El escritor se muere ahí, pero no se moleste su señoría en entrar porque todo lo que tenía de valor se lo hemos birlado nosotros, sus herederos legítimos, los vecinos de la villa de Madrid".
Don Miguel estaba solo, se moría sin protocolos. Estaba desnudo y parecía un esqueleto; solamente le quedaba la piel, los huesos y unos enormes ojos azules que la proximidad de la muerte embellecía y dulcificaba un poco más. El paisaje era desolador, los ladrones se lo había llevado todo y sólo quedaba el camastro y una estantería con unos cartapacios repletos de papeles. Las ropas, los objetos personales, sus libros, su espada, su sombrero ajado, su gola rizada, sus puños de encaje, sus botas viejas habían desaparecido. Mi viejo maestro me miró con curiosidad y esbozó una sonrisa:
-Pareces un caballero -creo que dijo el cuitado y al observar mi sorpresa justificó a sus vecinos-. No les culpes, son pobres y yo no necesito nada. Sólo han dejado los manuscritos del Quijote porque como no saben leer les estorba lo negro.
-Don Miguel... - dije con aire quejumbroso.
Cervantes me examinó durante unos minutos que me parecieron eternos; sus ojos me escrutaban, recorrían mi cuerpo y analizaban mis vestidos, mis botas de ante verde y el jubón del mismo color, el cinturón carmesí con la hebilla de plata, las espuelas doradas, el diminuto puñal que tanto temían mis enemigos; un brillo irónico apareció en sus ojos y su rostro demudado por la enfermedad me pareció que esbozaba una sonrisa que quiso ser burlona y se trocó en mueca pavorosa.
-Realmente, Manolito, pareces un caballero -susurró.
La vanidad me hizo ser impertinente y tal vez por eso le contesté altanero.
-Ahora, maestro, soy un caballero.
-Siéntate a mi lado, te lo ruego.
Durante una hora larga el moribundo habló del pasado que se escurría entre los dedos. Me habló de Argel y del drama de la esclavitud, de sus sueños de llegar a ser un gran escritor, de la gloria de Lepanto, de la época en que vivía en casa de doña Alonsita la Quijana.
-Fueron tiempos felices; allí, en aquella casa, todos nos queríamos y nos llevábamos bien. ¡Qué gran mujer era doña Alonsita! ¿Te acuerdas de Jesusita la Gallega? ¿Dónde estará ahora? ¿Vivirá todavía? En casa de la Quijana encontraban acogida los caballeros tronados y los poetas malditos y hasta Lope, al que tanto odio ahora por su soberbia sin límites y sus obscenos éxitos, me parecía un hombre admirable y un honrado caballero de la literatura. Eramos como hermanos, juntábamos la inspiración y el apetito, compartíamos el papel de barba, la tinta y el recado de escribir; el hambre une, la miseria es un parentesco.
Don Miguel no me reprochó mi traición. Los insultos, el desprecio, la mueca de asco, la mirada iracunda pertenecían al pasado.
-Quiero pedirte un favor -dijo como un susurro.
-Délo por hecho -contesté generoso
-Te pagaré con largueza. Te pagaré con mis cartapacios, con los manuscritos del Quijote. Cuando te marches no me los robes como hace esa pobre gente. Llévatelos sin disimulo; son tuyos porque yo te los dejo en herencia. En ellos se habla del Quijote y de la Quijana y también se habla de ti y de lo mucho que te quise, porque tú eras el más desvalido en aquella corte de desdichados
-Gracias, don Miguel -dije al borde del llanto.
-Ahora presta atención -dijo bajando la voz- y no discutas mis órdenes. Quiero que me mates, que me asesines por caridad, que me quites la vida por misericordia. No tengo dinero para pagar a un sicario, soy tan pobre que no tengo dónde caerme muerto ni puedo permitirme el lujo de financiarme una puñalada trapera. Matar es fácil pero carísimo, tú, a estas alturas, deberías saberlo y quiero que lo hagas por nuestra vieja amistad.
-Lo haré, maestro. Haré lo que me mandéis.
-Buen chico. Tápame la boca con esta almohada, ponte encima, y no te levantes hasta que haya dejado de existir. Que no te tiemble el pulso, ten valor.
Hice lo que me mandaba mi viejo amigo y lo hice con una mezcla de dolor y orgullo; creo que en aquel momento nos reconciliamos y que la muerte nos convirtió otra vez en grandes amigos, en padre e hijo, en maestro y discípulo. ¿Decidí en aquel momento robarle la gloria del Quijote, sembrar la duda de su autoría, pasar a la historia de la literatura cogido de su brazo? Es posible que mi asesinato de ayer y mi robo de hoy sean una muestra de cariño; el plagio, el robo literario, son una forma degenerada de amor, la forma más honorable de matar al padre, de no dejarle desamparado del todo, de acompañarlo como un escudero de libro en libro, de lector en lector. La gloria literaria, sor Margarita, es un camino lleno de soledades y, créame, cuando se camina por la eternidad se agradece la copa de vino, el crimen, la conversación y la compañía.
Maté a don Miguel de Cervantes mirándole a los ojos. Le vi marcharse al otro mundo, fui su báculo, su ayuda, el que le transportó al otro lado, el criado que le llevó la maleta. Permítame su merced que presuma, ahora que dependo de la generosidad de los demás, de haber sido aquel día un hombre generoso, de haber sido un buen hijo.
Los ojos en blanco de Cervantes me indicaron que mi padre estaba en el más allá; me volví y vi que el asesinato lo habían presenciado en silencio más de un centenar de testigos que se agolpaban en el fondo de la habitación, en el descansillo, en la escalera; habían asistido con recogimiento, casi con unción, una multitud de hombres, mujeres y niños de apariencia horripilante, gentes desdentadas y malolientes que me miraban con esa admiración que se siente por el oficiante de las ceremonias religiosas. En sus ojos leí que me comprendían y que nadie me acusaría a las autoridades, que podría irme en paz y con la conciencia tranquila. Los miserables entienden, mejor que nadie, la estética del crimen y las últimas razones del asesino. Una vieja musitó un "gracias, señor", un hombre joven y baldado esbozó un abrazo, una niña me sonrió, una meretriz gritó desde la última fila: "nos hablaba de usted con frecuencia", un anciano me aclaró: "él nos dijo que usted se atrevería". Alguien puso en mis manos los cartapacios que contenían los manuscritos del Quijote y dijo: "Son suyos, don Miguel nos advirtió que no se los robásemos porque quería dejárselos a usted de herencia".
Salí de la casa y no volví nunca más a la calle del Miedo. Ese fue mi primer drama. Después llegaron una a una las muertes de Lope de Vega, Velázquez, Quevedo y antes, mucho antes, la muerte de mi madre y la desaparición física de doña Alonsita y todas sus pupilas. Un peregrino nos contó el final de don Vilian Siesper el Inglés y del libro de sonetos que le compuso a doña Palencia. Un buen día me percaté de que estaba rodeado de muertos, de que todas las gentes que me habían acompañado en la infancia estaban en el más allá, de que era un caballero con espada pero sin contemporáneos. Había llegado a ser un gran libelista, el mejor que había existido. Todo lo que salía de mi pluma se convertía en rumor, en calumnia, en leyenda; tenía el poder omnímodo de los dioses, podía engrandecer a un necio o destruir a un santo. Era poderoso e invisible y podía causar el dolor y la pena sin correr ningún peligro. Solamente Felipe IV me había sobrevivido. "¡Estamos solos en el universo!", exclamé horrorizado y corrí para comunicarle a mi padre las amargas conclusiones a las que había llegado. Lo encontré, viejo y cansado, sentado en su trono de enea. A trompicones le comuniqué que todos estaban muertos, que nuestros amigos y camaradas del ayer habían desaparecido, que poco a poco nos habían abandonado y que solamente quedábamos él y yo como testigos de los buenos tiempos. "Pero, ¿qué dices, insensato?", me preguntó el Rey y mentalmente pasó revista a sus hijos difuntos, a sus numerosas esposas fallecidas, a sus parientes perdidos, a sus amigos muertos: Isabel de Borbón, María de Austria, Baltasar Carlos, María Teresa, el Conde Duque de Olivares, el Marqués de Carpio, mi hermano bastardo don Juan José de Austria. La desdicha se reflejó en su rostro y rompió a llorar y juntos y abrazados sollozamos hasta el amanecer, hasta que la luz del día nos hizo comprender que estábamos solos, que nos habíamos quedado huérfanos. ∆

   

REVISTA FUSION:  Número actual, Próximo número, Números anteriores
INDICE:  Por secciones, Editoriales, Entrevistas, Temas Centrales, Reportajes, ONG's,
SERVICIOS:  Lista Correo, Recomienda FUSIÓN, Suscripción RSS
ESCRÍBENOS:  Contacta con nosotros
CONOCE FUSION:  Qué es FUSION, Han pasado por FUSION, Quince años de andadura

    Add to Google Reader or Homepage
Revista Fusión.
I  Aviso Legal  I  Política de privacidad  I  © Diseño y alojamiento: Fusion10.net  II
Última revisión: abril 17, 2008. 
FA