
No me cabe la menor duda de
que no se puede hablar de mujeres como si sólo hubiera mujeres jóvenes. La
experiencia a las espaldas, la belleza de lo vivido y las cicatrices de la
vida son cuestiones a tener en cuenta a la hora de sopesar a quién se
escucha y respeta. |
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DICIEMBRE 2003

NO PESAN LOS AÑOS
POR MARTA F. MORALES
C omo en casi todo en esta vida, tal
y como nos la tienen organizada, las mujeres salimos perdiendo en esto de
la edad. Cuando un hombre se va haciendo mayor se le llama "maduro", se le
celebra al verle pasear con jovencitas y no se le pierde el respeto; si
acaso, al contrario. Una mujer por la que pasan los años es una
"talludita" que, en caso de tener pareja más joven, se está "aprovechando
del pobre muchacho". Ellos son como el buen vino, que ganan con el tiempo;
nosotras como las uvas, que si las dejas se arrugan y se ponen pasas y
dulzonas. Para los hombres la edad es un cúmulo de experiencias, un libro
que escribir, unas memorias que contar; para las mujeres, que pasen los
años es una condena a la inutilidad y la falta de consideración dentro y
fuera de su casa... ¿O no?
Dice la periodista Rosa Villacastín en su último libro que "Hay vida
después de los cincuenta", y debe de ser verdad, porque yo miro alrededor
y veo cada vez más y más mujeres mayores haciendo cosas, ocupando el
espacio de lo público y lo privado; viviendo, al fin y al cabo. Con el
tiempo las mujeres hemos ido aprendiendo a reconocer los valores de la
edad madura que se nos habían negado y que están detrás de esa fecha
terrible del carné de identidad. La nicaragüense Gioconda Belli, maestra
de las letras y los sueños en violeta, celebra en sus versos a las
cuarentonas que saben amar y amarse, mirarse al espejo con orgullo, dar
alas a los hijos e hijas y reconocer en las arrugas los surcos de la
experiencia. Las protagonistas de "Apogeo" no dudan al afirmar "no tengo
las piernas de la Cindy Crawford, pero tengo otras cosas que deberías
aprender a valorar". Por eso, susurran al oído de su hombre con la dulzura
del acento del sur, "dejá esa revista y vení a la cama".
Históricamente, se ha dado peso a las mujeres únicamente en lo que tenían
de máquinas de procrear. Su rol fundamental ha sido el de reproductoras
(de la especie, de la cultura y de las tradiciones, aunque fueran
discriminatorias, etc.). Por lo tanto, la llegada a la edad madura y, con
ella, a la menopausia, significaba el final de su papel en la sociedad
como seres útiles y relevantes. El climaterio era el final. Ya no se podía
volver a parir. Los hijos se habían ido. Aparecían los sofocos, la locura
hormonal, el llanto injustificado, el síndrome del nido vacío, el dolor de
la pérdida y el miedo a la muerte. Las mujeres eran ya meras carcasas sin
nada que aportar, puesto que su valor fundamental había dejado de existir.
Sin embargo, las cosas en esto, como en tantas otras facetas de la vida de
las mujeres, están cambiando. En el nacimiento del siglo XXI las mujeres
maduras tienen mucho que decir. Primero, porque han aprendido que los
mitos sobre la menopausia son precisamente eso, mitos, y que tener un
sofoco no significa quedarse inútil para la vida social, familiar,
política y sexual. Segundo, porque tal y como están las cosas, con la
incorporación tan tardía al mercado laboral y el posponer de forma más o
menos voluntaria la maternidad, incluso los roles tradicionales ven
retrasado su cumplimiento, y una mujer de cuarenta puede estar acunando
bebés justo antes de la menopausia. Tercero, porque en nuestro universo,
el del los lujos superfluos, aquél al que llaman Primer Mundo, hay hoy día
muchas posibilidades para quienes ya no cumplen ni el medio siglo. Existen
módulos universitarios para mayores de cincuenta; talleres para mujeres
jubiladas, centros sociales con actividades culturales diarias, etc. Las
mujeres maduras cuentan incluso como grupo fundamental de consumo:
aparecen anuncios publicitarios de compresas para pérdidas de orina
anunciadas por actrices famosas, las modelos de cosméticos empiezan a
tener más de dieciocho años, hay agencias de viajes especializadas en
vacaciones para jubiladas y jubilados... La vida, según parece, empieza de
verdad a los cuarenta... y pico. O al menos, continúa, que es de lo que se
trata.
A mí a estas alturas no me cabe la menor duda de que no se puede hablar de
mujeres como si sólo hubiera mujeres jóvenes. La experiencia a las
espaldas, la belleza de lo vivido y las cicatrices de la vida son
cuestiones a tener en cuenta a la hora de sopesar a quién se escucha y
respeta. Las mujeres que han sobrepasado el umbral de la menopausia tienen
la ventaja incontestable de haber desvinculado sexualidad y reproducción,
llegando a disfrutar de su cuerpo en una nueva dimensión; no hay derecho a
exigirles que se aten al pasado tratando de parecer adolescentes fértiles
e ingenuas. Si un hombre joven se enamora de una venus de cuarenta es
cuestión de felicitarle, porque el amor siempre es motivo de alegría
cuando es correspondido, y sin duda habrá en esa mujer cosas que merezcan
tanto la pena que el chico ni se preocupa de mirarle la fecha de
nacimiento en los papeles. Porque al fin y al cabo, la edad es sólo un
número. Una cifra. Un porcentaje. Un más. Un menos. Algo arbitrario que
importa poco si se compara con la inteligencia, la cultura, la risa, el
placer, la habilidad para ser libre a pesar de las cadenas que cada día
nos arrojan desde las altas cumbres. La edad no es más que el libro de
cuentas de lo vivido. Y vivir, es, desde luego, lo mejor que nos puede
pasar. ¿O no? ∆
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martafmorales@hotmail.com
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