Revista Fusión

15 años Revista Fusión

 Subscripción RSS

FUSION también eres tú,  por eso nos interesan tus opiniones,  tus reflexiones y tu colaboración  para construir un  mundo mejor

Recibe nuestras noticias en tu correo


EL FOLLETON DE LA QUIJANA.  CAPITULO XVIII - EL PAPA SE NOS MUERE

 

Ante los ojos del Papa apareció una niña de quince años, una niña hermosísima, de sonrisa insinuante y porte distinguido; tenía los ojos verdes y un lunar diminuto en la comisura de los labios.

AGOSTO  2003

EL FOLLETON DE LA QUIJANA
 CAPITULO XVIII - EL PAPA SE NOS MUERE
POR JOSE MANUEL VILABELLA // ILUSTRACIONES: NESTOR

El Papa, fracasado y contrito, con el dolor del viudo en el alma, se sumió en una profunda depresión, en un abandono lánguido, en una dejadez atroz. No tenía fuerzas ni para insultar a los hijos del Islam, ni para odiar a Calvino y a Lutero, ni para ordenar el ajusticiamiento del ateo, el mago, el augur y la bruja.
-El Papa se nos muere... -musitaban sus secretarios.
-Desdichado Benedicto que ha pecado y no ha conocido mujer. -decían los cardenales.
-¡Ya sólo le quedan la piel y los huesos! -exclamaba la feligresía.
Los cardenales de la curia, a espaldas del Pontífice, se reunieron una vez más y compadecidos por el desamparo del Papa decidieron por unanimidad desvelar el secreto que les mantenía unidos.
-Ahora que es tan corrupto como nosotros, y menos feliz, salvémosle la vida. -se dijeron unos a otros.
Y fue, como es natural, don Fulgencio Benedetti el que le dio la buena nueva.
-Santidad... -le dijo una mañana cuando el Papa estaba a las puertas de la muerte y apenas le quedaban fuerzas para mover los párpados.
Benedicto hizo un gesto imperceptible con la mano, movió ligeramente un dedo, para ser más exactos.
-Santidad -continuó don Fulgencio- tenéis que ser fuerte y levantar el ánimo porque podréis conocer a Jesusita, gozar su sonrisa, contagiaros de su risa y de sus ganas de vivir. Ella ha vuelto, Santidad; su hija, nuestra hija, está aquí.
El Papa Benedicto XV hizo un esfuerzo supremo e intentó abrir los ojos; apenas tenía fuerzas para parpadear pero el deseo era tan grande y la curiosidad tan tentadora que a medias consiguió su propósito y abrió los ojos un momento. A pocos centímetros de su cara reconoció el rostro sonriente de Benedetti que le animaba con la mirada.
-Aquí está Santidad...
Ante los ojos del Papa apareció una niña de quince años, una niña hermosísima, de sonrisa insinuante y porte distinguido; tenía los ojos verdes y un lunar diminuto en la comisura de los labios. La niña le analizó durante unos segundos que a Benedicto le parecieron eternos y, por último, hizo un inclinación de cabeza y una reverencia cortesana de impecable factura.
-Santidad... -dijo la niña con una vocecita encantadora.
Benedicto sintió que las fuerzas volvían a su cuerpo desde los confines del más allá, percibió que la sangre inundaba sus arterias, encharcaba sus venas, oxigenaba su cerebro. Su corazón se enternecía por la pequeña y saltaba de júbilo dentro del pecho.
-Qué hermosa sois, señora... -pudo musitar el resucitado.
La niña sonrió complacida y por la estancia, y tal vez por toda la Basílica de San Pedro, se esparció un profundo aroma parecido al de la primavera que originó la curación milagrosa del enfermo. Aquello, sí, en lugar de un hecho prodigioso parecía cosa de magia, como si tuviese algo que ver con el tema el pérfido Satanás, entidad negativa que en aquellas estancias sagradas tenía el prestigio de los canallas y el aura romántica de los que viven peligrosamente al otro lado de la frontera.
Al Papa Benedicto le salvó la vida y le devolvió la salud la bella adolescente doña Leonor con sus famosos caldos de gallina. El pontífice reclamaba la presencia de la niña y exigía que fuese ella la que le acercase la cuchara a la boca.
-Me dejaré morir si no me alimenta la hermosa señora que se ha presentado ante mí como una aparición divina ¿De quién se trata? ¿Es acaso la Virgen María? ¿Ha venido a verme, tal vez, doña María Magdalena?
-No, Santidad, es nuestra hija doña Leonor, el fruto de nuestros amores pecaminosos con Jesusita la Gallega. Es un fruto sacrílego que la curia vaticana ha criado con esmero. Se trata, como habréis podido observar, de una adolescente bellísima. Pero los atributos físicos no son sus únicas cualidades. Nuestra unigénita habla cinco idiomas, sabe de filosofía, entiende de artes, conoce los intrincados vericuetos de las ciencias, es una habilidosa amazona, domina los secretos de la esgrima, tañe la bandurria, canta con estilo, cocina con esmero, hace primores con la aguja y el dedal y es una teóloga que discute con desenvoltura con los padres de la Iglesia de los intrincados problemas de la moral. -respondió un exultante Benedetti con legítimo orgullo.
-¡Me habéis mentido, canallas, Jesusita ha muerto pero queda su retoño! -exclamó Benedicto fuera de sí.
-Sí -admitió don Fulgencio- pero lo hicimos para protegerla de las pasiones del mundo y de la carne. Es nuestra hija amantísima y por ella estamos dispuestos a dar la vida. Como no sabemos quién la engendró todos nos consideramos sus padres; es hija de la curia, que equivale a ser hija de la cristiandad, descendiente directa de San Pedro y del aparato burocrático de la Iglesia. Comprendedlo, santidad, se trata de nuestro más preciado tesoro. Por ella estamos dispuestos, si fuese necesario o lo requiriera el guión de la Historia, a llegar a la conspiración y al crimen y no consentiremos que nadie le cause el mínimo dolor ni le haga ningún daño. Es una criatura sagrada y como tal debe ser protegida por vos, con vos e incluso de vos y contra vos. Y le ruego, viejo amigo, que no interprete estas palabras como una amenaza...
-Aunque sus palabras, don Fulgencio, sean amenazadoras.
-Efectivamente, aunque lo sean.
Benedicto frunció el ceño, miró a doña Leonor y se enamoró de ella perdidamente y para toda la vida; le entregó en aquel momento su corazón de anciano, un corazón que no había conocido pasiones ni amoríos, un corazón que estaba nuevecito y flamante, sin estrenar. Doña Leonor lo observó con curiosidad, sonrío una vez más y con su voz inquietante le invitó a volver a la vida.
-Tenéis que recuperaros, padre mío -dijo zalamera la hija seductora de Jesusita la Gallega y blandiendo una campanilla que llevaba en la mano ordenó a unos fámulos que acudieron presurosos que inmediatamente se preparase una sopa de gallina enriquecida con veintisiete yemas de huevo.
Las cocinas del Vaticano se revolucionaron y se pusieron en marcha y a los veinte minutos una humeante sopera de plata llegaba a los aposentos del pontífice. Doña Leonor, con una mezcla de remango y elegancia que resultaba sumamente atractiva, sirvió un plato del exquisito líquido, tomó una cucharita y se acercó al ilustre enfermo.
-Santidad, abrid la boca inmediatamente y salvad la vida. Os lo ordeno.
Benedicto XV obedeció y entreabrió lentamente los labios. Doña Leonor, triunfante, le acercó la nutritiva colación.
-Una cucharadita por san Pancracio, otra por santa Eufrasia, otra por san Silvestre, otra por santa Petronila.
Benedicto XV recuperó la salud y las ganas de vivir. Fue hasta su muerte un hombre enamorado y feliz y aunque doña Leonor nunca conoció varón y el pontífice murió entero y verdadero, la crónica de sus amores castísimos figurarían para siempre en los memorandos, en los refraneros, en las frases proverbiales. Sus amores se colaron de rondón en el lenguaje: "Estás más enamorado que Benedicto", dicen por la parte de Cangas de Morrazo. "Es sublime y discreta como una Leonor", afirman las comadres de Verona. "Se querían como el Papa de Roma y la hija de la española", es frase que se dice en Bristol como ejemplo de los amores eternos.
El papa Benedicto XV, que hasta ese momento había sido un pontífice ágrafo, inundó el mundo cristiano, a partir de su milagrosa resurrección, con sus encíclicas y mensajes papales: "El amor todo lo puede". "Dios, el Diablo y la milagrosa presencia de la mujer en la vida de los ancianos". "¿Existe la pasión amorosa más allá de los ochenta años?" Benedicto y doña Leonor, cogidos de la mano, paseaban por los jardines vaticanos y los cuarenta purpurados los observaban y vigilaban. Los cardenales, con el paso de los años, se hicieron padres amantísimos pero sumamente celosos y se erigieron en cancerberos de la virtud de su hija.
-¿La respetaréis, santidad? -le preguntaban al achacoso Benedicto que rondaba los noventa años.
-¡Lo juro por mi honor, por la Santísima Trinidad y por el buen nombre de ese ejemplo de monarcas, por el dignísimo Felipe IV, el rey de España! -respondía el anciano.
-¿Lo juráis por ese santo varón que gracias a los buenos consejos de don Manolito, el caballero del verde jubón, se ha erigido en ejemplo vivo de todo la cristiandad?
-Lo juro, sí; lo juro por ese ser sublime que está superando en grandeza a Felipe II, a Carlos I y a los mismísimos Reyes Católicos, doña Isabel y don Fernando. -decía, con la mano en el pecho y arrobado por la admiración el pontífice enamorado.
La vida transcurría plácidamente en la Ciudad del Vaticano. La pareja era una extraña pareja pero era una pareja feliz. Diez años más tarde y cuando falleció, a los 103 años cumplidos, el cardenal Cornellini, uno de los cuarenta padres posibles de doña Leonor, todos se miraron inquietos y fue el más joven de los purpurados, don Teodoro Rissi, que a sus setenta y nueve primaveras era considerado como un joven y avanzado teólogo, el que formuló la pregunta clave, el que sembró la duda que dejó desasosegados a los componentes del grupo y atribulado y triste al desdichado Benedicto: ¿Qué será de doña Leonor cuando todos nosotros hayamos desaparecido y tenga que enfrentarse al mundo, al Demonio y a la carne? Imagine el lector el revuelo que se originó. Los cardenales se preocuparon del futuro de su única y amada hija, el pontífice sintió que la tierra desaparecía bajo sus pies al percatarse de la orfandad que amenazaba a su sublime amor. Los días posteriores fueron sumamente importantes para el destino de la Iglesia. Los cardenales se reunían, hablaban, discutían, conspiraban. Fue un mes de idas y venidas, treinta días de tensiones, de risas nerviosas, de gritos estridentes. ¿Qué ocurre en las alturas?, se preguntaban las monjitas y los sacristanes. Nada se sabe de lo que se habló y decidió en aquellas estancias. No se filtró ninguna noticia y ningún criado o secretario se fue de la lengua. No obstante el cronista imagina que el día 31, precisamente el día siguiente del gran conciliábulo, Benedicto XV tomó con dulzura la mano de doña Leonor, se miró en sus ojos verdes y le preguntó:
-Amor mío, ¿te gustaría sentarte en la silla gestatoria? ¿Quieres ser el día de mañana la primera papisa de la cristiandad?. ∆

   

REVISTA FUSION:  Número actual, Próximo número, Números anteriores
INDICE:  Por secciones, Editoriales, Entrevistas, Temas Centrales, Reportajes, ONG's,
SERVICIOS:  Lista Correo, Recomienda FUSIÓN, Suscripción RSS
ESCRÍBENOS:  Contacta con nosotros
CONOCE FUSION:  Qué es FUSION, Han pasado por FUSION, Quince años de andadura

    Add to Google Reader or Homepage
Revista Fusión.
I  Aviso Legal  I  Política de privacidad  I  © Diseño y alojamiento: Fusion10.net  II
Última revisión: abril 17, 2008. 
FA