
La teoría del bufón es la crónica de
una amistad desigual, la relación turbia entre el poderoso y el esclavo,
entre el niño cruel y el que le enseña a serlo deleitándolo. El príncipe es
un aprendiz de rey y el bufón un sobreviviente. Uno es un energúmeno y el
otro un juguete. |
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CAPITULO VII.
El tiempo siempre era fugaz en casa de la Quijana
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
E l tiempo siempre era fugaz en casa de
la Quijana. Había días en que podía holgazanear libremente y observar el ir
y venir de la clientela y momentos en que me tenía que ganar la vida con mi
oficio de entretenedor de infantes y principitos. Doña Maribola cruzaba el
pasadizo secreto, me ponía el traje de los cascabeles y me llevaba a la
fuerza a Palacio para que hiciese cabriolas y volatines delante del Rey y su
familia.
-¡No quiero ir! -gritaba como un cerdo el día de San Martín, pero mi madre
me arrastraba por la oreja para que cumpliese con mis obligaciones de actor
de cámara.
Doña Maribola tenía un elevado concepto de sí misma y de su profesión. Ser
una estrella del mundo bufonesco era lo más emocionante que le podía ocurrir
a una persona y no entendía que yo desaprovechase la oportunidad que me
brindaba la vida. Soy bufón desde mi más tierna infancia y tuve fama de ser
de los mejores, pero en el fondo de mi corazón nunca me consideré uno de
ellos. Maribola me reñía por mi falta de ambición y más de un manotazo me
propinó por no seguir sus consejos y malgastar mis habilidades haciendo reír
a la clientela de la Quijana, que era, a su juicio, lo peor de cada casa.
-No quiero volver a verte con esos poetas piojosos y te prohíbo que aprendas
matemáticas como quiere Jesusita. ¡Qué espanto, matemáticas para poetas!
-exclamaba la pobre horrorizada.
Los bufones formábamos una corte dentro de la corte, éramos como reyes y
príncipes de juguete. Vivíamos de la caridad de los Reyes, comíamos lo que
sobraba en su mesa y dormíamos a los pies de sus camas y cuando nos
quedábamos solos los imitábamos en los menores detalles. Doña Maribola
simulaba que padecía fuertes jaquecas, como le ocurría a la Reina, y ella
también tomaba el té de las cinco y levantaba con afectación el dedo
meñique. La gente de Palacio la quería porque era una gran escuchadora de
confidencias. Ponía cara de asombro, decía alternativamente ¡Ah! y ¡Oh!, se
llevaba las manos a la cara, abría los ojos y bizqueaba para demostrar el
interés que sentía por los asuntos ajenos. Sabía guardar los secretos que
escuchaba, bien porque no los entendía o porque los olvidaba inmediatamente,
lo que le daba fama de discreta. Era reverenciosa, rezadora y devota y podía
permanecer inmóvil durante horas y poner cara de adoración y sabía llorar
con más sentimiento que una plañidera profesional. En cuanto a la carne y
sus debilidades, se puede decir que era rijosa y bien dispuesta para el
himeneo y la coyunda; decía siempre que sí a todas las invitaciones y además
con un entusiasmo que se le notaba en la cara; no era nada remilgosa para
los sitios y los acompañantes ocasionales; podía ser iniciadora de infantes,
alivio de impedidos, consuelo de viejos, refugio de lisiados, cómplice de
pervertidos. Su cara redonda, de luna llena, se llenaba de lagrimones cuando
detectaba en el ambiente que había que estar triste y esbozaba una sonrisa
de oreja a oreja cuando había motivos de júbilo.
-A doña Maribola se le cayó un niño del salva sea la parte el día de autos
-habían dicho sus compañeros los actores de cámara el día que aparecí en el
pasadizo envuelto en mierda.
-¡Lo que se me cayó de semejante sitio fue un fruto maduro! -replicó mi
madre para despistar y para demostrarlo enseñaba unos melocotones
espléndidos a modo de coartada.
Y después aseguraba que yo había aparecido, como por arte de magia y sin que
ella hubiese conocido varón, entre los melocotones, y como era de un natural
poético y un poco cursi, decía que un servidor era hijo de la primavera.
¿Fue doña Maribola mi progenitora, mi madre verdadera o simplemente me
adoptó como a un juguete, como a un muñeco? Yo, a falta de otra madre mejor,
siempre la consideré como tal y aunque nunca la quise demasiado tengo que
reconocer que gracias a ella me introduje en la corte y llegue a ser el
valido del Felipe IV y uno de los prohombres más importantes en su largo
reinado, como se puede constatar en los libros y en las crónicas de la
época.
Ahora que soy un anciano me acuerdo con frecuencia de Maribola y me
arrepiento de verdad de lo poco que la estimé en vida y de lo cruel e
indiferente que fui con ella cuando me convertí en adulto feroz y en un
importantísimo caballero. Doña Maribola se cuidó de mí y yo le pagué con
ingratitud, despego y una indiferencia brutal. Ella nunca me guardó rencor,
porque su mala cabeza le blindaba del horror que la rodeaba y le permitía
proteger a un niño abandonado a quien nadie quería y olvidarse de él sin
dolor aparente; la inconsciencia de los simples les ayuda a sobrevivir y esa
condición es su escudo y su grandeza. Murió en Toledo, en el Alcázar, vieja,
querida por todos y sin haber padecido jamás un dolor físico; los años le
habían prestado respetabilidad y la habían convertido en inevitable, en un
mueble del que no se puede prescindir. Se le rompió el corazón en el salón
del trono, dio un grito y se desmoronó como un muñeco. Todos acudimos a
socorrerla y Felipe IV la tomó en sus brazos y le habló con ternura: "No te
mueras, Maribola, que todos te queremos", dijo el Rey con la voz trémula y
los ojos anegados de lágrimas. "Mamá...", susurré yo después de tantos años
de indiferencia. Maribola abrió los ojos y me miró con afecto, con ternura
antigua. Hacía treinta años que apenas nos dirigíamos la palabra y los dos
habíamos olvidado el vínculo que nos unía. "Eras como un melocotón y fuiste
mi mejor juguete pero, y lo comprendo y te perdono por ello, no tuviste
fuerza para ser mi hijo".
Los principios de un bufón volatinero son siempre difíciles y la
supervivencia diaria es un objetivo casi imposible de cumplir, porque no hay
nadie más cruel que un joven príncipe.
La crueldad es una buena arma para sobrevivir y el que no la tenga de niño y
no la cultive de joven llegará lisiado a la madurez, si es que llega. La
crueldad es un escudo que nos defiende de otras crueldades mayores y el
príncipe, si quiere dejar de serlo y llegar a rey, tiene que ser bueno y
clemente, pera también violento y cruel. Todos llevamos dentro un ser cruel
al que hay que alimentar moderadamente para que, sin perder la fiereza, no
se convierta únicamente en una fiera. Hay que saber morder y saber amagar y
simular que se muerde y, a veces, hay que dejarse morder por otros para
sobrevivir y poder seguir mordiendo a los demás. El príncipe y el bufón del
príncipe se educan y crecen juntos aunque uno haga el papel de verdugo y
otro el de víctima. Uno se hace generoso y violento y el otro mezquino y
abyecto. Los dos se nutren de crueldad y a veces se intercambian los papeles
y durante un breve tiempo se modifica la naturaleza de las cosas y el
príncipe se hace un abyecto bufón y el bufón un generoso príncipe.
Me hice violento a base de padecer las crueldades ajenas y de no remediar
jamás una injusticia que pusiera en peligro mi integridad física, tan
apaleada y repleta de moretones. La vida me enseñó que nunca, bajo ninguna
circunstancia o condición, hay que ser un héroe; hay que dejar la gallardía
y el honor para las gentes principales y conformarse también con las migajas
morales que caen de sus mesas; ser abyecto requiere entrenamiento y cierta
complacencia; hay que ser enano y regodearse en la enanez; se es bufón
cuando también se es enano por dentro.
Sobrevivir sin manquedades en la corte de España es proeza poco menos que
imposible. El bufón que llega a viejo llega tullido y renco, con manquedades
y heridas profundas. Fui bala de cañón durante un par de años y un centenar
de veces crucé los cielos como un ave y fui a caer, siempre con fortuna,
gracias a Dios, a un montón de paja y colchones viejos que me salvaron la
vida. En tres ocasiones estuve a punto de ser decapitado por unos inocentes
principitos y una vez los infantes me tiraron desde un balcón de un tercer
piso y sobreviví porque fui a dar con mis huesos sobre un arreate de
hortensias tiernas y hoy puedo decir que aquel día volví a nacer y que mi
madre desde entonces fue la jardinería del rey de España.
La crueldad del joven príncipe y la relación que éste tiene con su compañero
de juegos, con el enano, es un vínculo misterioso cuyo estudio requeriría
una reflexión profunda y una exposición extensa y ordenada. La teoría del
bufón es la crónica de una amistad desigual, la relación turbia entre el
poderoso y el esclavo, entre el niño cruel y el que le enseña a serlo
deleitándolo. El príncipe es un aprendiz de rey y el bufón un sobreviviente.
Uno es un energúmeno y el otro un juguete. La resistencia que puede oponer
el bufón tiene que ser ingeniosa y divertida; si se huye hay que hacerlo con
gracia, como en el teatro, con el doble salto mortal y la cabriola oportuna.
El bufón es un actor de cámara y debe comportarse como tal y si desaparece
lo hará siempre solemnemente y con la dignidad del cómico de la legua. El
bufón no huye aunque lo parezca. El bufón hace un mutis y se va por el foro
a toda velocidad, para salvar la vida.
La condición de juguete que tiene el bufón es lo que le permite estar allí.
Es vivo y divertido pero también manso, discreto y, sobre todo, disponible.
El cruel nace y se hace y el joven príncipe hace las primeras armas con don
Marte, el dios de la guerra bufo y patético cuya misión es ser apaleado por
el infante. El príncipe juega a ser cruel y mutila al adversario cuando
comprueba su indefensión, lo va podando de miembros inútiles, le quita las
ramas superfluas hasta dejarlo romo, como un tronco desmochado. Le arranca
las orejas, le mutila la nariz, le cercena los dedos, le salta un ojo, le
corta un brazo. Su crueldad es celebrada y aceptada por los demás -incluso
por el bufón mutilado-. El apalear al prójimo y liberarse de la piedad, el
olvidarse de la misericordia, es el laberinto que conduce a la crueldad, a
la formación del príncipe.
El examen final es el asesinato. El príncipe puede ser rey cuando mata al
bufón de una puñalada trapera y sin gloria, cuando lo asesina cansado de su
mansedumbre y de su carne fofa, de su expresión estúpida. El infante deja de
ser un niño cuando le aburre jugar con los juguetes y le quita la vida a don
Marte el dios de la guerra. Es un rito de iniciación; el príncipe se vence a
sí mismo, mata su infancia, da la vuelta a la hoja. Recordará a su juguete
alguna vez y, además, con nostalgia. Y nunca sospechará que su muerte
violenta fue un asesinato y que él es un asesino. ∆ |