
Ya saben, ese Oriente del
que ya no nos llegan Reyes Magos que hacen felices a los niños, sino reyes
del mambo como Sharon que los destrozan a bombazos en nombre de la paz
mundial. |
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ESTRELLAS DE ORIENTE
POR MARTA F. MORALES
E n los informativos de los últimos
meses han comenzado a aparecer unas figuras terroríficas que amplían el ya
de por sí temible imaginario femenino. Si hasta hace poco estábamos
acostumbradas a ser Evas tentadoras, Liliths desobedientes, Marías
vírgenes y puras o Magdalenas lloronas, ahora parece que las mujeres
también podemos ser, en este nuevo orden que nos ha tocado vivir, hembras
explosivas en el sentido literal de la expresión. Cuando el mundo está
preocupado por ese eje del mal que tantos disgustos nos está dando, y
llora todavía a las víctimas de las más altas torres jamás caídas, las
mujeres comenzamos a tomar la tremenda decisión de morir hechas pedazos
por una causa política. Ahora también nosotras podemos ser kamikazes, y no
precisamente de los que van por el carril equivocado en la autopista.
Hablo, por supuesto, de la ola (aún pequeña, pero creciente) de
mujeres-bomba palestinas que han dado sus vidas por acabar con las de
otros. Son un fenómeno nuevo, al menos por lo que sabemos en Occidente,
que no suele ser precisamente todo lo que pasa, pero por lo que parece, va
a más según se va recrudeciendo la situación en la zona. Ya saben, ese
Oriente del que ya no nos llegan Reyes Magos que hacen felices a los
niños, sino reyes del mambo como Sharon que los destrozan a bombazos en
nombre de la paz mundial. De ese Oriente no nos vienen comidas exóticas,
sino imágenes de adolescentes hambrientos que se agarran a sus hondas como
si verdaderamente fuesen armas letales. Esas tierras lejanas que un día
fueron sacras ya no nos hablan del nacimiento del hijo del dios de los
cristianos, sino de las madres que pierden a sus hijos por seguir a otros
dioses con otras caras y otros mandamientos. Allí, además de tener lugar
la masacre visible de cada día, se está preparando una revolución
silenciosa en las cocinas. Algunas están cambiando la sartén por la
nitroglicerina.
Por supuesto que hay mujeres israelíes y palestinas que trabajan por la
paz. La asociación Mujeres de Negro, por ejemplo, no deja de dar la lata
en las calles y a los políticos, en ocasiones a costa de su propia
integridad física. Algunas adolescentes de estos pueblos enemistados por
la geopolítica estuvieron en España disfrutando de unas vacaciones juntas,
más allá de identidades y de credos, en un campamento solidario el pasado
mes de julio. Pero desgraciadamente, también están esas otras, las mujeres
más explosivas del mundo, las que deciden morir matando en esa espiral
macabra de ojos por ojos y dientes por dientes. Esas son las que me
preocupan en estos días inciertos en que nos roban libertades a costa de
una supuesta seguridad internacional y todos nos lo creemos, dando encima
las gracias a los gobiernos. Porque sus razones pueden ser las nuestras
algún día. Porque nadie está libre del fanatismo en este mundo lleno de
extremos alejados. Y porque la vida, amigas y amigos, es lo único que
tenemos para seguir adelante.
No es mi intención entrar en una discusión sobre un conflicto que dura ya
media eternidad. Para mí todo el mundo tiene razón hasta que se demuestre
lo contrario, y no seré yo quien discuta de política, de religión ni de
toros, pero sí me gustaría que quien esto lee se pusiera por un momento en
la piel de una mujer palestina. De las que no tienen tierra ni nación, que
viven al día porque nunca saben cuándo llegará el siguiente bombardeo, que
han perdido padres, hermanos, hijos en la batalla más salvaje jamás
televisada. Si entrar en un cuerpo ajeno es posible, vengan conmigo de
viaje por las venas de una hermana. Vamos a ver por sus ojos y a oír con
sus oídos. Sólo durante unos minutos. Inténtenlo... ¿Ven y oyen lo mismo
que yo? Tanques, gritos, balas, funerales, dolor, miseria, cenizas, casas
que se caen, niños que lloran, viejos que gimen, heridas que no cierran.
Con un poco de esfuerzo por su parte, podrán oler la sangre derramada. Hay
tanta que ya las flores se han cansado de tratar de perfumar el aire.
Ante panoramas como estos un día, y otro, y otro más; ante décadas de
guerra sin cuartel, de atentados terroristas que ahora se llaman
asesinatos selectivos, de indiferencia de la hipócrita comunidad
internacional, ¿podemos las ciudadanas de este país - que va bien según
los que nos mandan, no se preocupen ustedes - ponernos en el lugar de esas
mujeres que se ciñen una bomba a la cintura? ¿Somos capaces de comprender
sus razones para elegir una muerte violenta en lugar de una vida más
violenta todavía? ¿Entiende nuestra mente occidental acomodada lo que les
pasa por la cabeza? Yo no tengo las respuestas; ahí quedan las preguntas.
Oí una vez, en alguna parte, que lo malo de las verdades como puños es que
se convierten en verdades como rifles y pistolas. Cada mujer tiene derecho
a vivir su propia verdad. Y la que esté libre de culpa, que hable ahora o
que calle para siempre. Como tantas, allá, en ese Oriente que ya no es el
que era. ∆
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martafmorales@hotmail.com
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