
En esta casa de lenocinio siempre se ha comido muy bien -aseguraba Lope que
tenía fama de gastrónomo.
La Quijana les invitaba a pasar a la cocina porque decía que donde comen
doce comen veinticuatro y si se pone buena voluntad comen también treinta y
seis.
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CAPITULO VIII.
MATEMATICAS PARA POETAS
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
D oña Alonsita la Quijana aseguraba que para llegar a la cumbre del éxito
había que dominar el arte de decir las cosas, saber mover las palabras de un
sitio a otro y, en su momento, dividirlas por dos o multiplicarlas por
cuatro. Las razones son más contundentes y las verdades más rotundas si
están bien explicadas y si se emplea la palabra justa y medida, que a veces
el hombre pierde la razón no por alejarse de la verdad sino por no saber
explicarla, carecer de términos adecuados para descubrirla y ser zafio a la
hora de mostrársela resplandeciente al mundo. El tarugo, el zoquete, el
torpe, el memo, el necio y todos los baldadiños que en el mundo han sido
forman la legión de víctimas de los ambiciosos que dominan el lenguaje y
quieren detentar el poder. La injusticia y el abuso se perpetúan porque los
poderosos cuentan con un brillante discurso que les avala y paga sus
facturas. Las víctimas, en cambio, están desnudas de palabras y no saben
nunca cómo protegerse de las inclemencias de los parlamentos ajenos, no
tienen adjetivos como navajas que les permitan herir al que les atropella;
han extraviado los verbos, no usan las preposiciones, los pronombres les son
ajenos y toda la rabia se les va por la boca, el llanto, el grito y los
puntos suspensivos. Los pobres son pobres porque están inermes e inertes
ante los vaivenes del destino. Dentro de las palabras, en el tuétano del
lenguaje, habitan también los números, que son las palabras vueltas del
revés porque las Matemáticas y la Literatura son la misma cosa, pero, eso
sí, contada y cantada con los dedos. Se reina con las palabras plateadas de
poeta pero se gobierna con los fríos números del contable. Unas y otras
razones forman el haz y el envés de la vida y para caminar con equilibrio
hay que apoyarse en ambos bastones y dar una de cal y otra de arena, mezclar
lírica con prosa, amasar las tribulaciones del alma con las necesidades del
cuerpo y en caso de conflicto preguntar al filósofo y al rústico que
llevamos dentro y, si no coinciden en su juicio esos dos magistrados que nos
habitan, hacer lo que dice el aldeano, porque sus razones serán menos
brillantes pero más prácticas. Cuando los hermanos se siguen queriendo
después de repartir la herencia es que ha funcionado la literatura de las
matemáticas y cuando los amantes se acarician con ternura, medio siglo
después del primer encuentro, es que ha salido la prueba del nueve de los
madrigales. Doña Alonsita la Quijana me aseguraba que un enano que supiese
contar y escribir historias podía ganarse tan ricamente la vida, pero si
además entendía de números y sabía de cuentas tenía la vejez asegurada.
"Manolito, hijo, eso de hacer volatines y juegos malabares está muy bien
para la niñez, pero cuando llegan los achaques hay que hacer un oficio de
manos descansado; hay que trabajar, sí, pero sentado con comodidad en una
buena butaca para que las costuras de los calzones no te hagan llagas en las
posaderas".
Mis primeras letras me las enseñó mi padre y maestro don Miguel de Cervantes
Saavedra y lo que sé de números y de matemáticas filosóficas se lo debo a
don Francisco de Quevedo y Villegas. A los dos les pagaba doña Alonsita en
especie con favores de doña Quejío, caricias de Babianita, arrumacos de La
Chumina y polvitos de Jesusita la Gallega; les daba también por caridad un
plato de sopa caliente y un mendrugo de pan y de postre dos o tres castañas
pilongas y a veces hasta pastelillos de carne y natillas al punto de nieve.
A la hora de la comida los perros se acercaban al condumio y los poetas
olían a distancia lo que salía de las perolas.
-Qué bien huele esa sopa; menudillos de pollo paréceme percibir en ese
delicioso aroma que sale de las cocinas -decía el señor Góngora que era
hombre de fina pituitaria.
-Y algo de tocino entreverado también le ha puesto hoy la cocinera
-comentaba don Miguel.
-En esta casa de lenocinio siempre se ha comido muy bien -aseguraba Lope que
tenía fama de gastrónomo.
La Quijana les invitaba a pasar a la cocina porque decía que donde comen
doce comen veinticuatro y si se pone buena voluntad comen también treinta y
seis. Doña Alonsita trataba a los perros de la casa con zalamería y a los
poetas con respeto, y aunque mi padres vestían harapos, tenían el pelo
enmarañado y olían a miseria, la Quijana les adelantaba la gloria venidera y
les daba a crédito los elogios que les depararía el porvenir.
-Pasen amigos y tengan la gentileza de acompañarnos en la degustación de
este modesto refrigerio, que la conversación inteligente hace más ligera la
digestión de la olla podrida o del cocido castellano. -Decía caritativa y
simpaticona doña Alonsita.
Y todos nos sentábamos apretujados pero felices alrededor de aquella mesa de
cocina e intercambiábamos finezas y chorizos, cortesías y pan pringao,
argumentos de obras de teatro y chismes de la Villa y corte.
Don Francisco de Quevedo y Villegas era, cuando empezó a enseñarme
matemáticas, un joven airado que decía ser poeta pero que todavía no había
tenido ocasión de demostrarlo aunque, eso sí, el talento, el ingenio
incisivo y los hermosos versos que después escribiría ya los tenía dentro,
en el magín y, a veces, los sonetos se le asomaban a los ojos y o se le
escapaban volando por la boca y huían para no volver como gorriones. Don
Francisco tendría por aquel entonces diecisiete o dieciocho años, vestía
siempre de negro, se cubría con un sombrero ridículo que le venía estrecho y
trataba de disimular su rostro aniñado con un bigotito que sólo era un
proyecto y que el joven caballero se atusaba con deleite y cuidaba con todo
esmero.
Quevedo estaba profundamente enamorado de Bibianita y pagaba un alto precio
por su debilidad. Ella, que era sólo una niña pervertida y jacarandosa,
había llegado a la casa de la Quijana desvirgada y con experiencia,
procedente de Venta de Baños, su pueblo natal; muy aficionada a los deleites
de la carne, partidaria del fornicio y del cante jondo, del rasgueo de las
guitarras y de las noches de farra, veía cómo el poeta se consumía de amores
y, aunque lo quería y sentía por él una ternura amable, se reía en sus
incipientes barbas de sus desvaríos. Bibianita leía con grandes dificultades
y a gritos las notas que le mandaba el poeta y trataba infructuosamente de
que el señor Quevedo perdiese su virginidad, conociese mujer, madurase y
aprendiese a gozar de ella como lo hacía la clientela habitual, la buena
gente.
-Me voy a meter en la cama con mi poeta del alma a ver si consigo que pierda
la inocencia -decía y se llevaba a rastras a don Francisco al piso de
arriba.
El señor Quevedo intentaba por todos los medios llegar entero al tálamo y
para ello imaginaba a su amada en las posturas más ridículas y haciendo las
cosas más repugnantes. Pero todos sus esfuerzos resultaban inútiles; en
cuanto Bibianita se desnudaba, le guiñaba un ojo y le sonreía, don Francisco
de Quevedo se derramaba, se iba piernas abajo, se marchaba a donde le
llevaba su fantasía y la fiereza de su verga adolescente desaparecía y se
convertía en un cañón sin bala, en un mosquete sin pólvora, en un miembro
anciano que ni recuerdos tenía, el desdichado.
-Francisco, amor, tienes que aprender a dominarte o vas a morir virgen y sin
sustancia, que gastas la pólvora en salvas y toda la fuerza se te va por el
desagüe de lo poético; sé más prosaico, amor, sé más prosaico. -decía la
pícara con buen humor, algo de decepción y una pizca de ternura.
La pasión de Bibianita y don Francisco fue un amor imposible, de esos que
naufragan antes de comenzar. El poeta, que a lo largo de su vida quiso a
muchas mujeres, nunca olvidó a la joven de Venta de Baños y, cuando se
quedaba ensimismado y tristón, susurraba su nombre y ella acudía con su
guitarra y su desvergüenza, le tarareaba una canción de amor al oído y le
atusaba el pelo como sólo sabe hacerlo el primer amor.
Don Francisco, que cobraba sus clases en platos de sopa y en proyectos
fallidos, hubiera sido un gran profesor de matemáticas si alguien en su
infancia le hubiese desentrañado el enigma de la tabla de multiplicar y el
arcano de la división con sus cuatro componentes mágicos, que son, a saber,
el divisor, el dividendo, el resto y el resultado. Mi maestro, que era
hombre culto y con latines y algo de griego, que sabía geografía, mucha
historia, bastante teología, preceptiva literaria y había leído a
Aristóteles y recitaba a Virgilio de corrido y sin respirar, había pasado
deprisa y corriendo por la ciencia matemática y aunque sumaba sin
dificultades y restaba con estilo, multiplicaba con grandes sudores -el
cinco no, el cinco lo recitaba con soltura: cinco por una es cinco, cinco
por dos diez, cinco por tres quince- y tenía especial inquina a la división
y a sus inciertos resultados:
-La división, Manolito amigo, está llena de dificultades y de misterios y
también de sinsabores e injusticias. El que divide siempre pierde y se
reduce, se disminuye, se mete para adentro. La muerte tiene que ser una
división cargada de tristeza, una división feroz que se lo lleva todo por
delante como una bestia, que sale de las casas dejando atrás un reguero de
llantos y alaridos, de huérfanos desolados, de viudas patéticas. Los países
desaparecen cuando se dividen y a los hombres las divisiones les arrancan
los brazos y los recuerdos, que la guerra y la vejez son, acaso, divisiones
injustas. No aprendas nunca a dividir y evitarás la tentación y el peligro.
Ve por la vida sin prisas, camina con parsimonia, piérdete en los brazos de
la mujer que te rompa el corazón y suma amigos, resta sinsabores y si eres
ambicioso multiplica tus sueños; pero nunca dividas, Manolito, o morirás en
el intento. ∆ |