
Cuando acaben esta página,
lean otra, y otra más, y no lo dejen hasta que el horno empiece a echar un
sospechoso humo negro o su niño les diga que el traje de comunión le tira
de sisa porque mamá, ya tengo dieciocho años. |
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PASEN Y LEAN
POR MARTA F. MORALES
P uesto que escribo durante un tiempo
que se supone de asueto, de descanso, de tiempo libre y de ociosidad
total, y a pesar de que este artículo llegará a sus ojos cuando la vuelta
al cole del Corte Inglés ya sea un hecho, me atrevo a teclearles unas
recomendaciones de lectura. No serán para nada novedades editoriales, sino
debilidades personales. Por una vez voy a salirme de mi guión inconsciente
de monotema sobre mujeres, y voy a atreverme a invitarles a un paseo por
las letras. No me negarán que siempre se me ha visto un poco el plumero y
se me ha intuido la profesión, así que esta vez me voy a soltar del todo
la melena y me voy a dedicar a mi obsesión menos secreta: hablar de
libros. Leer, señoras y señores míos, es uno de los placeres más baratos
(he ahí el milagro llamado biblioteca) y más satisfactorios de esta breve
vida nuestra, y uno de los pocos vicios que se pueden cultivar sin
vergüenza ni recato. Y por si eso fuera poco, abre la mente y despeja el
corazón, provoca tifones en las neuronas y vuelcos en el estómago. No digo
yo que supere al momentáneo placer de una buena caída libre en el más
moderno parque temático, pero háganme un favor: cuando acaben esta página,
lean otra, y otra más, y no lo dejen hasta que el horno empiece a echar un
sospechoso humo negro o su niño les diga que el traje de comunión le tira
de sisa porque mamá, ya tengo dieciocho años.
El primer libro que quiero que tengan en cuenta para sus propósitos de
otoño nuevo es, sin ningún género de dudas, "El Principito", de Antoine de
Saint-Exupéry. Nombre difícil de pronunciar el del autor de marras, pero
un libro que no pasa de moda así crezcan ustedes diez años de una vez.
Cuando somos niñas y niños tiene un significado mágico y tierno, con su
protagonista de bucles rubios y su rosa acatarrada. En la adolescencia, el
Pequeño Príncipe es la personificación de esas ansias nuestras de irnos de
casa, de explorar, de ver otros mundos, para al final decidir que queremos
volver al nuestro. Ya de mayores, no podemos escapar a la nostalgia de la
risa de cascabel y el zorro que quiere ser domesticado. No importa que
seamos hombres o mujeres (aunque la Pequeña Princesa seguro que no lo
hubiera tenido tan fácil para pirarse así como así de su planeta), Saint-Exupéry
sabe tocarnos la fibra sensible (que no sensiblera) y hacer de su libro
una obligación. Como ver "Casablanca", pero sin Sam.
Cambiando totalmente de tercio, y poniéndonos plásticas, les ofrezco un
viaje por la mente y el arte de una mujer atormentada: "El diario de Frida
Kahlo". Un libro que no hace falta leer de un tirón y que incluso puede
empezarse por la mitad sin perder ni un ápice de su interés. Eso sí, pesa
mucho. No lo recomiendo para un viaje largo, porque el bolso se puede
convertir en bola de preso (hay que ser prácticas, amigas). Este "íntimo
autorretrato", como se subtitula el diario de la Kahlo, está preñado de
dibujos, de notas, de poemas, de frases dolorosas y de bocetos terribles.
La mujer de Diego Rivera no lo tuvo fácil, atada a una cama como estuvo
casi toda su vida. Pero desde su sufrimiento nos regala el placer de
conocerla un poco más, de ver más allá de sus cejas juntas y su bigote
mejicano. Con Frida aprendemos de la revolución, de la parálisis, de la
belleza. No se lo pierdan. Y si no es ahora, que se lo traigan los Reyes.
Siguiendo con mujeres (cómo no), llego a la Rosa de mis entretelas: la
Montero. Sé que les he hablado de ella antes, pero es que Rosa es mucha
Rosa para acabar con ella de una vez. Su "Corazón del Tártaro" es un
ejemplo reciente más de su talento aparentemente inagotable (la leo con
placer, pero también con enorme envidia... ¡quién escribiera como mi
Rosa!). Para que se hagan una idea de lo que lleva dentro el libro, les
transcribo sólo la dedicatoria: "A mi madre, que me enseñó a narrar; a mi
hermano, que me demostró que era posible escribir novelas; y en memoria de
mi padre, que me inoculó el amor por la lectura". Si eso no es una
invitación a tirarse de cabeza en su prosa para engancharse a los libros
como sus personajes se enganchan a La Blanca, que baje Diosa y lo vea.
Y para ir terminando (en esto de los libros me podría tirar yo revista y
media, pero hay que respetar el espacio que le corresponde a una), les
dejo con la referencia más radical y que más va a dolerle en según qué
partes a los lectores: "Mensajeros de la oscuridad", de Alicia Giménez-Bartlett.
Seamos francas: a los hombres que lean la cubierta no les va a apetecer
nada, pero si son capaces de ir más allá encontrarán una novela muy
cachonda que puede alegrarles las tardes de octubre y algo más. La
protagonista es Petra Delicado, que con cara de Ana Belén ya estuvo en
nuestras teles y que es una detective la mar de lista. La tal Petra recibe
unos paquetes con contenido bastante desagradable (¿me pongo fina?: falos
amputados; ¿lo digo más claro?: penes cortados) pero que la llevan a
resolver uno de los casos más interesantes de su carrera. Como les digo,
vayan más allá de la primera impresión y denle una oportunidad a la pluma
de Giménez-Bartlett. Descubrirán un modelo de personaje de novela negra
que sorprende. La Inspectora Delicado demuestra, como tantos personajes
creados por mujeres valientes de las letras, que las lectoras también
podemos ser protagonistas. Empiecen por leer y luego, no lo duden, vivan
su propia novela. Sin censuras. Como el Príncipe, como Frida, como las
almas de Rosa, como la dura y eficiente Petra. ∆
e-mail:
martafmorales@hotmail.com
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