
El delito escandaliza a la
opinión pública no sólo por su gravedad, sino porque los presuntos
delincuentes se habían hecho con una cámara de vídeo, en la que grababan
las agresiones para poder recrearse en ellas más tarde.
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ALARMA SOCIAL
POR ELENA F. VISPO
V oy a contar la historia desde el
principio.
Todo empieza con una botella. Los siete indigentes van a un súper, compran
varias litronas de cerveza, y en plena euforia etílica deciden que ya está
bien de aguantar que pisoteen sus derechos. Con la última botella de cerveza
en la mano salen a la calle y quiere el azar que se crucen con un alto cargo
de Johansen & Asociados, que camina en ese momento en busca de un taxi.
Verle y lanzarle la botella a la cabeza es todo uno, mientras insultan a la
aturdida víctima con improperios como "gilipollas, hijo de puta y payaso".
Uno incluso tiene la osadía de intentar quemarle el traje con unas cerillas.
Según cuenta el informe policial, al día siguiente la misma pandilla intenta
forzar la cerradura de un Audi A6, produciendo daños materiales de cuantía
desconocida. Cuatro días después una pareja que sale de un local de moda es
apedreada. Las agresiones se suceden cada vez más violentas: amenazas a una
funcionaria que se negaba a abrirles la puerta de un cajero automático,
daños materiales en una vivienda unifamiliar y destrozos en el mobiliario
urbano. Cada vez más exaltados, a la semana siguiente le arrebatan el
ordenador portátil a un joven abogado y lo destrozan al golpearlo contra el
suelo. No contentos con eso, le propinan una brutal paliza con un palo. Al
presenciar uno de estos ataques, un ciudadano avisa a la policía, la cual
detiene a varias personas en el lugar de los hechos.
El delito escandaliza a la opinión pública no sólo por su gravedad sino
porque, a pesar de su precaria economía, los presuntos delincuentes se
habían hecho con una cámara de vídeo en la que grababan las agresiones para
poder recrearse en ellas más tarde.
Evidentemente, la opinión pública pide cuentas y el Gobierno, en respuesta a
la alarma social, endurece aún más su conocida política de "barrer las
calles". Encima, teniendo en cuenta que tres de los agresores resultan ser
de origen árabe, las leyes anti inmigración experimentan un fuerte empuje,
gracias en parte a los asesores enviados por EE.UU. Aparte del cierre de
fronteras, todos los inmigrantes en el país, con o sin papeles, son
retenidos preventivamente en campos de internamiento habilitados en el
desierto de Almería. Las ONG denuncian violaciones de los derechos humanos,
pero el Gobierno las acusa de su habitual histerismo. Mientras tanto, se
descubren conexiones ocultas entre los indigentes y la red Al Qaeda. Para
descubrir si estos actos vandálicos formaban parte de un plan más amplio, y
como gesto de cordial cooperación entre dos grandes potencias mundiales, el
Ministro de Asuntos Exteriores anuncia la deportación de los sospechosos a
Estados Unidos. A cambio, los americanos se comprometen a enviar varios
destacamentos de marines para reforzar las mermadas filas del ejército
español, que instaura temporalmente el toque de queda para poder localizar a
los indigentes con más facilidad...
Hasta aquí llega mi relato.
Como todos ustedes saben, si leen los periódicos con una frecuencia mínima,
todo esto no es cierto. Aunque lo que sí es cierto es que todo empezó con
una botella. La que le lanzaron siete jóvenes a un indigente que dormía en
la calle, tras lo cual siguieron atacándole y gritando cosas como
"gilipollas, hijo de puta y payaso". Las agresiones, tal y como he contado,
están todas perfectamente documentadas, ya que uno de ellos se dedicaba a
grabarlas en vídeo para que luego pudieran verlas en casita y pasárselo en
grande. Siete fueron detenidos y tres de ellos encarcelados ya que, según
dijo el juez, liberarlos al instante produciría un "impacto psicológico" en
la sociedad. Sin embargo, poco más de una semana después, el mismo juez
decidió ponerles en libertad sin fianza al considerar que ya había remitido
la alarma social. ¡En sólo unos días!
Aunque menos mal que ha sido así. Porque si en vez de niños bien zurrando a
pobres desgraciados de manera tan premeditada, hubiera sido al revés, se
hubiera montado una más gorda que en El Ejido, y vaya si ésa fue fuerte. En
el fondo no hemos salido de un bipartidismo infantil, igualito al que Bush
nos ofrece en sus discursos: si somos nosotros contra ellos hay un margen
amplio. Pero el día en que se cansen y sea ellos contra nosotros, sacamos
los misiles tierra-aire a la menor provocación (si están operativos, claro).
Pero mira, como no ha pasado nada, la alarma social ha desviado su atención
y está centrada en el puñetero homenaje a la bandera, en las tetas de la
Pantoja, en las cabras de perejil (aún hoy), y en chorradas semejantes.
Mi alarma personal, en cambio, salta cada vez que pienso en estos chavales
contándole la hazaña a sus amigos, poniéndoles la cinta de sus gamberradas
como quien enseña las fotos de las vacaciones. Y sobre todo, se me disparan
los circuitos al darme cuenta de que el juez que les puso en la calle con
semejante argumento sigue administrando justicia, o lo que en este país se
entiende como tal.
Eso sí que me produce alarma. Pero, viendo el panorama, a lo mejor es que me
he vuelto antisocial. ∆ |