
Mi padre y señor don Felipe IV el Rey
de España era un maestro en dar largas a los asuntos urgentes y en
explicarles a los pretendientes que las cosas de palacio, inevitablemente,
van despacio. |
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CAPITULO IX. EN
ESPAÑA SE ES, SE HA SIDO O SE PRETENDE SER.
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
E n España se es, se ha sido o se
pretende ser, porque aquí las ambiciones no caducan nunca y los privilegios
se heredan de padres a hijos y cada hombre glorioso tiene detrás una fila de
descendientes sin talento que trata de sustituirlo en el favor de los reyes
y en la estimación de las gentes. En España mierdas, lo que se dice mierdas,
hay poquísimos; aquí todos somos hijosdalgos y gentecita bien y el que no
tiene un brillante futuro por delante tiene un glorioso pasado por detrás,
porque más locos aun que los sueños de los grandes hombres son las
ambiciones de los pretendientes, los delirios de los aspirantes.
Cuando quise ser rey de España y conspiré secretamente para lograrlo, me
encontré en mi camino con una legión de pretendientes que hacían antesala
para encaramarse al poder y cortar el cupón de la gloria pretérita y
marchita. No es por presumir y perdonen ustedes la manera de señalar, pero
un servidor conoció a don Rodrigo Díaz de Vivar, a don Cristóbal Colón, a
don Hernán Cortés, a don Francisco Pizarro y a una señora muy piadosa que
decía ser sobrina nieta de Santa Teresa de Jesús y aspiraba a un lugar de
honor a la diestra de Dios Padre porque ella, que había salido a su tía,
también era una santa: "De casta le viene al galgo", dicen que decía el Papa
Benedicto XV ante tan ejemplar comportamiento, cuando santa Teresa II hacía
demostraciones de bondad y levitaba como su pariente cercana.
Los aspirantes no eran locos, eran pretendientes y sus ambiciones venían
avaladas a veces por una carta, en ocasiones por un legajo y casi siempre
por un voluminoso archivo. Eran los descendientes, a veces los parientes
lejanos de los grandes hombres, que lucían como una condecoración los mismos
nombres y apellidos y venían a reclamarle a España las promesas incumplidas
a sus mayores: Don Cristóbal Colón quería ser almirante de la mar océano,
don Hernán Cortés reclamaba la mitad de la ciudad de Méjico y don Francisco
Pizarro aspiraba a quedarse con lo mejorcito del Perú. Todos ellos traían
cartas, memorandos, testamentos, certificaciones, avales, declaraciones
juradas. Se pasaban la vida aspirando a privilegios viejos y una y otra vez
escribían la historia de España arrimando el ascua a su sardina. Don Felipe
IV leía sus peticiones y decía que tal vez, que es posible. Don Felipe sabía
muy bien que los reyes nunca dicen no y muy pocas veces dicen sí; los reyes
prudentes dicen quizás, ya veremos, habrá que estudiarlo, hay que pensárselo
con cuidado, en primavera sabremos algo, tenga usted paciencia, ¡con lo que
quería yo a su abuelo! Mi padre y señor don Felipe IV el Rey de España era
un maestro en dar largas a los asuntos urgentes y en explicarles a los
pretendientes que las cosas de palacio, inevitablemente, van despacio. Mi
padre les sonreía y cuando ellos pedían media ciudad de Méjico en nombre de
las guerras pretéritas, él movía la cabeza y les daba la razón, ponía los
ojos en blanco y susurraba: "Tal vez, amigo mío, cuando lleguen las
lluvias"... Después, y para demostrarle lo mucho que se le estimaba y la
consideración que se le tenía en Palacio, se le mostraban sus peticiones y
las de sus ascendientes, debidamente archivadas. "Mire, don Hernán, aquí
están sus demandas ordenadas por orden de llegada; aquí están sus peticiones
con sus adendas y añadidos, con sus otrosidigos, ejemplos y verbigracias".
Don Hernán Cortés, emocionado, veía aquel montón de papeles y lloraba como
un niño. Allí estaban, sí, los sueños de su familia. Allí estaban las
peticiones de su padre, de su abuelo, de su bisabuelo. Todos los Hernán
Cortés del árbol genealógico habían pedido la mitad de la ciudad de Méjico y
todos los reyes de España habían archivado sus peticiones y si no habían
dicho sí tampoco habían dicho no. La esperanza estaba intacta, como el
primer día.
Al lado, justamente al lado, de los legajos que guardaban las instancias de
don Hernán estaban las demandas del iracundo Colón y las pretensiones del
paciente Pizarro, y un poco más allá, al fondo, a la derecha, se amontonaban
los cientos de legajos que los descendientes del Cid habían ido produciendo
durante siglos de tiras y aflojas con el poder. El tataranieto de don
Rodrigo Díaz de Vivar, a la sazón un caballero diminuto y calvo que llegaba
montado en un caballo al que llamaba Babieca y que, muy gallasperu, lucía al
cinto un espadín al que denominaba Tizona, arribaba periódicamente a Madrid
para reclamar el Reino de Valencia y de paso echarle unos polvitos a
Margarita Santiponce, una pupila de la Quijana gorda y oronda con la que
tenía una buena amistad y un par de gemelos pelirrojos.
-Mío Cid ¿cómo va lo de Valencia? -preguntaba la entretenida con una remota
esperanza de convertirse pronto en doña Jimena.
-Mal, muy mal. El Rey no suelta prenda y se hace el despistado. Habrá que
seguir insistiendo -decía el señor Díaz con filosofía de castellano viejo.
Debajo del Palacio Real cientos de kilómetros de estanterías almacenaban los
legajos de las aspiraciones de los españoles y un innumerable ejército de
funcionarios, archiveros y secretarios ponían orden en aquel caos de papel.
Había documentos que caían en saco roto y desaparecían como por arte de
magia y otros que emergían de la negrura del olvido burocrático,
resucitaban, se ponían en pie y se echaban a andar por las estancias
palaciegas ante el asombro de los escribanos y el estupor de los
secretarios. En España todo podía suceder y el Rey, que lo sabía, manipulaba
el destino y alimentaba la esperanza para que no cundiese el desaliento
entre sus súbditos y ninguna petición fuera desestimada por absurda, porque
precisamente allí, en lo imposible, se sustentaba la permanencia y la
seguridad de la Corona.
-La gente pide justicia a sus vecinos, a sus amigos, a sus familiares. A
Dios le pide milagros y al rey imposibles y el rey nunca es más rey que
cuando anda sobre las aguas y Dios nunca es más divino que cuando hace un
milagro, un imposible con agravio de tercero; cuando favorece a un hombre a
costa de perjudicar a su vecino, cuando le devuelve la vida a Lázaro y se
lleva por delante a un niño con garrotillo. Dios se humaniza con la
injusticia y el rey se engrandece con el milagro -me decía don Felipe IV
cuando me enseñaba a ser el rey de España.
Mi padre llegaba a La Quijana con el pelo enmarañado y en batín, calzado con
unas pantuflas de felpa y exigía a gritos un vaso de vino y la compañía de
Jesusita la Gallega. Cuando el rey era el súbdito de sí mismo se convertía
en un gigante, en un ser prodigioso que irradiaba simpatía y bondad. Se
despojaba de la realeza y se convertía en el príncipe de los plebeyos y doña
Alonsita entonces se transformaba en una reina de guardarropía, en un
heroína de novela que hablaba como los personajes de ficción, con la
afectación y la grandeza de los cómicos de la legua. La Quijana, que sabía
más por mujer aperreada que por vieja y más, mucho más, por ser la
emperatriz de aquella corte espuria donde los sueños y las épocas de unos y
de otros se entrecruzaban y confundían, decía entonces sus parlamentos y
monólogos, sus recitativos de putón desorejado, de sabia arrastrada por los
rastrojos del Imperio. Doña Alonsita hablaba de la guerra, de la espera
inútil, del placer de la comida, de las satisfacciones del fornicio, de la
libertad de las palabras verdaderas, de la anchura de los caminos del mar y
del arte de darle la vuelta al alma y al pellejo en el mundo nuevo que había
en las Américas, al otro lado del océano.
Cuando doña Alonsita, que había escuchado las confesiones y desvaríos de
media España, abría su corazón y manifestaba en voz alta sus deseos, todos
nos quedábamos callados; Felipe IV pedía silencio a la ruidosa clientela,
los poetas dejaban a un lado la pluma y cerraban el tintero, las manos de
los menestrales interrumpían el manoseo de las coimas y yo me decía
enternecido: "qué bien sueña!" y la escuchaba con la reverencia y el respeto
del aprendiz de contador de historias que reconoce que tiene ante sí a un
ser excepcional que sabe cual es el valor de las palabras y la grandeza de
las matemáticas.
-Las putas, los bufones, los pecheros, los poetas, los soldados lisiados,
los baldadiños, los que no tienen una carrera en la familia, los que sólo
les queda la esperanza de una buena muerte porque la vida se lo niega todo,
los que parece que nunca tendrán nada porque nada han tenido nunca, pueden
cambiar su condición si consiguen, aunque sea brevemente, el milagro de la
dignidad.
Los asistentes se miraban entre sí con estupor y alguno se reía a destiempo.
A don Vilian Siesper le brillaban un poco más sus ojos de fantasma, doña
Palencia se quedaba adormilada en los brazos de su amante con esa placidez
perezosa de los simples, don Lope se atusaba la barba y mi padre, don Miguel
de Cervantes, abandonaba durante un segundo su melancolía y preguntaba entre
divertido y horrorizado qué era la dignidad.
-¿Es un título nobiliario? -preguntaba Quevedo.
-¿Es una condecoración? -inquiría don Felipe IV.
-¿El digno nace o se hace? -ironizaba Góngora.
-¿La dignidad? ¿No es acaso el envoltorio del poder, la solemnidad de la
honra, la estética de lo conveniente, el ropaje de lo serio, la superficie
de lo hondo? -gritaba Velázquez.
Doña Alonsita movía la cabeza y negaba además con la sonrisa, decía que no
con los ojos y mi padre, don Felipe IV, como estaba de incógnito y había
venido en batín y con zapatillas de felpa, estallaba en risotadas de gañán y
se le movían la tripa y los mofletes, la nariz y las orejas; reía con toda
su anatomía y tan sinceramente que por La Quijana primero y después por todo
Madrid se esparcía su risa de plebeyo. Don Felipe era un gran rey porque era
un gran plebeyo; el más ordinario, deslenguado y ruidoso de sus súbditos; el
más soez, prostibulario, zafio y rudo de los vecinos de la capital de
España.
-¿Qué es la dignidad? Anda, mujer, dinos a todos qué es la dichosa dignidad
-preguntaba finalmente don Felipe con expresión atontolinada, pero con un
temor remoto escondido en el brillo de sus ojos, inquietud que sólo
percibían sus allegados más íntimos. ∆ |