
Don Miguel de Cervantes, mi padre,
quiso taparme los ojos para protegerme pero yo lo vi todo y después de
tantos años parece que lo estoy viendo todavía. Diego de Velázquez se tornó
pálido como un muerto, don Lope masculló un "¡oh cielos!" que le salió del
alma, mi profesor de matemáticas, el joven poeta don Francisco de Quevedo,
se jiñó el pobre por la pata abajo por el pavor que sentía.
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CAPITULO III -
NUNCA SE SUPO COMO DON VILIAN PUDO LLEGAR A MADRID CABALGANDO EN EL VIENTO
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
N unca se supo cómo don Vilian pudo
llegar a Madrid y, sobre todo, cómo se arregló para meterse en la cama de
doña Palencia. Apareció desnudo, macilento, sucio de salitre y con algas
putrefactas en el pelo. Poco a poco fue recuperando el sentido gracias a los
cuidados de su amante, a los caldos de gallina de Sagrario y a los vasos de
cremosa leche de Jesusita. Cuando don Vilian abría los ojos y veía a su
benefactora le sonreía con ternura infinita y aunque era evidente que quería
decirle algo, no podía pronunciar una sola palabra y se desmayaba otra vez
y, como decía la Quijana, "se abandona nuevamente en los brazos acogedores
de Morfeo".
Don Vilian, un mes después de su naufragio, estaba físicamente recuperado
aunque no sabía si era él o su señor padre. Al despertar y analizarse con
detalle echó de menos tres muelas, el dedo pulgar de la mano derecha y más
de veinte kilos de peso. Había perdido barriga y ganado altura, conservaba
la cicatriz de la rodilla y las huellas que había dejado un suicidio
frustrado en ambas muñecas y había desaparecido el lobanillo que tenía en el
anular de la mano izquierda. Andaba más ligero que antaño, pero por dentro
se sentía más viejo y decrépito, como desilusionado, roto y medio baldadiño.
Ahora, después de tantos años, cuando les cuento a mis súbditos las
vicisitudes de don Vilian y su naufragio en la cama de doña Palencia, el
parecido que ésta tenía con la actriz inglesa Leticia Styl y la gran pasión
que consumía al inglés y su temor a desaparecer nuevamente en la tempestad,
sus celos enfermizos, sus palabras de amor, sus dudas permanentes, las
buenas gentes de mi reino no acaban de creerse que por el vehículo del
aguardiente y por la congestión etílica van y vienen algunos hombres con la
misma facilidad con que algunos espíritus entran y salen por los espejos;
que hay caminos al otro lado del entendimiento y mares desconocidos que
comunican y aíslan a las naciones, océanos que permanecen ocultos,
continentes invisibles, animales extraños, bestias feroces que habitan los
sueños y los delirios de los bebedores de aguardiente de caña. Yo vi cómo
don Vilian Siesper el Inglés naufragaba en Madrid y lo vi escurrirse por una
botella de Cariñena y regresar a su Londres natal a lomos de un viento
huracanado. Con estos ojos que se han de comer los gusanos lo vi llegar y
marcharse y también asistí atónito y espantado al florecimiento y al
desmoronamiento de doña Palencia, y presencié con horror su destrucción por
la fuerza tremenda de la pasión que se lo lleva todo por delante.
Don Vilian llegó desnudo a Madrid y todo el tiempo que permaneció en la
capital del reino estuvo de esa guisa; deambulaba por la casa en cueros
vivos y si llegaban gentes principales: jerarquías eclesiásticas, nobles
extranjeros, diplomáticos notables, el inglés se cubría la testa con un
chambergo de plumas ajado que había encontrado en un rincón, saludaba con
buenas maneras a las visitas, pedía limosna con donaire y pasaba el platillo
con elegancia.
-Perdonen ustedes mi desaliño, pero soy un náufrago que carece de bienes de
fortuna y no tengo con qué tapar mis desnudeces. Me presentaré: soy un
poeta, un hijo de la mar océano.
Don Vilian sonreía, hacía una reverencia de impecable factura y continuaba
su parlamento:
-Disimulen vuesas mercedes y socórranme con una palabra amable, con un
abrazo fraterno y con un presente modesto y alimenticio. No se admiten
monedas de oro ni bienes raíces. Mi oferta es la siguiente: cambio un
acróstico triste por una botella de Cariñena y un soneto, hecho con catorce
versos bien pesados y medidos, por un pan de mollete.
Las buenas gentes le miraban horrorizadas y la Quijana, entonces, se veían
obligada a dar una explicación convincente.
-Este señor tan rubio es un poeta inglés que hace de la duda su forma de
vivir, pues no sabe el cuitado si él es él o es su difunto padre -explicaba
doña Alonsita a los obispos.
Don Vilian discutía de métrica con don Lope, le enseñaba geometría a don
Francisco de Quevedo y se pasaba las horas muertas con don Miguel de
Cervantes hablando del destino. Los dos se miraban de reojo, se
inspeccionaban mutuamente y se regalaban historias e insensateces.
-Si yo fuese vos, don Vilian, compondría el drama de un amor imposible entre
una bella normanda y un tosco sajón. Un drama sangriento y espeluznante que
terminase mal, que dejase anonadado al público y horrorizase a las gentes
discretas. Vuestra hermosa isla con sus verdes campiñas es propicia para los
amores difíciles, buena para las comedias de enredo, apropiada para los
dramas históricos, pero ¿qué podemos idear en esta España nuestra, tan seca
y tan huraña? -se lamentaba don Miguel que todavía no había estado en
Lepanto ni había experimentado en sus carnes el más grande momento histórico
que vieron los siglos, ni había perdido un brazo, un ojo y una oreja
peleando con el turco.
Pascualilla la Pudores, que era graciosa y bizca, sabía leer las cartas y le
profetizó al inglés que sentiría en la sien la emoción de los aplausos y a
don Miguel le adivinó lo de las cinco muelas picadas, lo del busto de
escayola y lo de la gloria eterna. Los poetas reían complacidos y sólo
cuando la adivina les dijo que los dos morirían el mismo día, los vates se
quedaron serios y circunspectos y, perdón por el exabrupto, más jodidos que
una mona.
-¿El mismo día? -inquirió don Miguel.
-Sí, lo dicen los bastos -puntualizó Pascualilla- y lo ratifican los oros.
Mire, mire usted, señor mío, cómo se ríen las copas y se afilan las espadas.
El mismo día, la misma tristeza, los mismos ayes, la misma mala conciencia
pero no el mismo lugar. Moriréis solos y separados y al morir pensaréis uno
en el otro fugazmente. Usted, don Miguel, se dirá: "¿Qué habrá sido de aquel
inglés estrambótico?". Y usted, don Vilian, le susurrará a la bella dama que
le sostenga la cabeza: "Don Miguel, ¿dónde estará el bueno de don Miguel, el
vate que se quedaba atontolinado observando los molinos de viento?"
Las fuerzas que recuperaba don Vilian las perdía doña Palencia. Aquello
parecía brujería y encantamiento. Era como si el inglés le chupase la sangre
a su amante y como si ésta se consumiese y se dejase morir lánguidamente en
sus brazos. Vilian Siesper era un tirano exigente y celoso que ahuyentaba a
la parroquia y amenazaba con el puño cerrado a la clientela de probos
viejecitos prostáticos que constituían la relación de habituales de la
bondadosa meretriz. Eran buenas personas que se acercaban a La Quijana por
algo de ternura y un poco de conversación. A la casa de lenocinio les
llevaba el aburrimiento antes que la lujuria. Doña Palencia los arropaba,
les mimaba, los entretenía y les decía guarrerías a gritos porque eran duros
de oído y los viejecitos sonreían agradecidos y se quedaban dormidos en sus
brazos.
Don Vilian Siesper, que era un hombre encantador cuando hablaba de poesía,
se tornaba feroz y obsesivo con su compañera de cama y no sabía amarla con
alegría. ¿En qué piensas?, le preguntaba en mitad de la noche. ¿Por qué
sonríes?, le reprochaba sin venir a cuento y doña Palencia, que pesaba a ojo
de buen cubero unos ciento doce kilos empezó a enflaquecer, a quedarse
reducida en un rincón, a menguar a pasos agigantados. Cada día era una mujer
distinta, cada noche una belleza diferente. Y entonces fue cuando ocurrió el
milagro que dejó anonadado al Madrid de los Austrias y que figura en las
crónicas de la época; fue cuando llegó la chispa, la ventolera que se llevó
al inglés, el sucedido que fue de boca en boca y que hizo sospechar a los
inquisidores que el Maligno estaba cerca. Dentro de doña Palencia se
ocultaba una hermosísima mujer que afloraba a medida que la amante de don
Vilian perdía kilos; al adelgazar surgía, se modelaba ante los ojos de los
presentes, una dama etérea, quebradiza y vulnerable, que era como el vivo
retrato de Leticia Styl, la actriz que había robado, para siempre, el
corazón del británico, la causa de su desventura, el motivo de su huida. Don
Vilian, al verla aparecer de nuevo susurró: "Leticia, my love", cogió una
navaja cabritera, la abrió con parsimonia, miró al cielo, cerró los ojos y
un instante antes de que el desdichado amante hundiese la hoja en su pecho
un viento huracanado entró por la ventana, le arrancó el arma de la mano y
se ensañó sin piedad con doña Palencia ante el estupor de todos los
presentes. La sacrificó a ella para salvarle a él. Qué injusticia la del
viento. Vi cómo la desdichada amante perdió el pelo en diez segundos y cómo
sus dientes rodaban por el suelo como las cuentas de un collar, cómo se
derretían sus orejas y desaparecía su nariz, cómo sus vergüenzas se
convertían en arena, sus huesos en cenizas, sus cueros en polvo, en polvo
que arremolinaba y se llevaba el viento. Don Miguel de Cervantes, mi padre,
quiso taparme los ojos para protegerme pero yo lo vi todo y después de
tantos años parece que lo estoy viendo todavía. Diego de Velázquez se tornó
pálido como un muerto, don Lope masculló un "¡oh cielos!" que le salió del
alma, mi profesor de matemáticas, el joven poeta don Francisco de Quevedo,
se jiñó el pobre por la pata abajo por el pavor que sentía y don Felipe IV
el Rey de España reconoció el rayo, la tempestad, que había llegada a Madrid
para llevarse a don Vilian Siesper a tierra de normandos. El Rey, mi padre,
me cogió la mano para evitar que me llevara el viento, y me dijo al oído que
aquella furia desatada, aquel violento huracán que antaño terminó con
nuestros barcos, era la famosa ira inglesa que años atrás derrotó a la
armada invencible y dejó el mar y la historia poblados de cadáveres.
-Es la tempestad que viene por don Vilian Siesper para esclavizarlo a la
tragedia, para atarlo al drama, para encadenarlo, para siempre, a la
literatura.
Y don Felipe IV se hincó de rodillas, miró al cielo y rogó con fervor a las
alturas que cesase el huracán, que terminase, al fin, la ventolera. ∆ |