
Tampoco se le ocurre a uno
pensar que su futuro va a consumirse en la cola del paro, ni tampoco que va
a pasarse años eligiendo entre contratos basura y contratos de mierda,
haciendo cualquier cosa, a merced completamente de una política laboral que
trata a los trabajadores como ganado. |
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BUSCAR EMPLEO
POR CAROLINA FERNANDEZ
Si
mi padre fuese Colin Powell, me pondría a temblar. Me imagino, por ejemplo,
que tuviese que dar la cara por mí en el colegio, ante algún profesor cabrón
de esos que viven sólo para arruinarte la adolescencia. Le diría: "Animo,
papá, machote, que tú puedes con todos", porque mi deber infantil es darle
una palmadita en la espalda. Y seguidamente me echaría a temblar, porque sé
que empezaría pidiéndole opinión del caso a los ordenanzas, luego a los
camareros de la cafetería, luego a los de mantenimiento... Cuando llegase al
despacho en cuestión habría terminado el curso y yo tendría un soberano
suspenso. Si es que hay cosas que las arreglan mejor las madres. A esas no
se les pierde nada por los pasillos. De modo que cuando me enteré de que
este buen señor iba a ser el que intercediese por los palestinos,
inmediatamente le puse un par de velas a una de esas vírgenes que curan a
las vacas, aprueban exámenes y se dedican a los imposibles en general. Pero
se ve que de curar una vaca a arreglar un desastre humanitario hay
distancia, y la pobre no pudo hacer nada, aunque me consta que lo intentó,
cosa que no puede decir el señor Powell.
Yo es que creo que este hombre se tendría que haber dedicado a otra cosa. Al
cine, por ejemplo. Viéndolo con otros ojos, quedaría espléndido en el papel
de abuelo sureño, con cara bonachona, sentado en su mecedora al atardecer,
en el porche de su casa de Virginia contándole historias a sus nietos. Por
lo menos sería inofensivo. Como negociador, fíjate, es un peligro.
Eso de elegir bien a qué se va a dedicar uno en la vida es importante, si
no, puede parecer un payaso -con perdón de los payasos- en un lugar que no
corresponde, porque, sin desmerecer a nadie, hay cosas que no encajan. Uno
visualiza por ejemplo a Esperanza Aguirre sirviendo copas en un chiringuito
de playa, y no encaja. Sin embargo piensa en Celia Villalobos y sí, esa
mujer podría apañarse en el puesto echando mano de su don de gentes. En
cambio de ministra, ya ven, no da el pego. Es lo malo de no elegir bien.
Cuando yo era pequeña, todas las niñas querían ser peluqueras o enfermeras,
y todos los niños policías o bomberos. Lógico, eran otros tiempos. Hoy si
preguntas a un mocoso de seis años igual te dice que quiere ser ingeniero
técnico en informática de sistemas, y se queda tan ancho. Hay profesiones en
las que uno nunca piensa. Nadie sueña de niño con ser forense, por ejemplo,
claro que antes los niños no habían visto Expediente X. Tampoco se le ocurre
a uno pensar que su futuro va a consumirse en la cola del paro, ni tampoco
que va a pasarse años eligiendo entre contratos basura y contratos de
mierda, haciendo cualquier cosa, a merced completamente de una política
laboral que trata a los trabajadores como ganado. Eso no se piensa, porque
cuando eres pequeño ser bombero es lo mejor del mundo, y tu padre es un
superman, aunque sea Colin Powell.
Otros que no han elegido correctamente son esos curas que se dedicaban a
meter mano tanto a los monaguillos como a los feligreses/as detrás de la
sacristía. Es una pena. Iban a ser personas normales, pero en un momento
determinado -las malas compañías son terribles- erraron el camino, eligieron
mal la profesión y acabaron en el clero. Mal paso. En esa profesión hay
tarados de vocación, que son los más peligrosos porque esos sí han elegido
bien la empresa en la que quieren trabajar. En pocos lugares podrían dar
rienda suelta a sus manías personales tan a gusto como en esta institución.
Pero hay personas que en su día fueron normales, pero que, ya digo, por un
mal paso dieron con sus huesos en la santa casa y se echaron a perder. Para
empezar, se olvidaron de que un pene es un órgano tan valioso como un riñón
o el hígado, y que usarlo para todas las funciones para las que fue diseñado
no deja de ser una alabanza a Dios y a las maravillas de su creación. Jugar
con esas fuerzas es peligroso. Acaban atascándose por algún lado y salen,
porque siempre salen, por algún camino retorcido y desviado.
Hay mucha gente inútil repartida por el mundo en puestos en los que ser un
inútil es un pecado. Todo depende de dónde estés situado. Si Bush fuese por
ejemplo, el carnicero del supermercado, no hablaríamos de él, por mucho que
quisiera darnos gato por liebre a la hora de vendernos los filetes. Como
mucho diríamos que es un cretino y nos iríamos a otro dependiente. Pero hay
veces que el destino y la suerte se unen para que se cambie el mostrador por
el despacho oval, y el despiece de vacuno por la carnicería a granel, en
cualquier parte del mundo. O sea, lo mismo pero con poder, capacidad de
mando, medios, subalternos, lameculos y demás cohorte. Al fin y al cabo la
vocación es idéntica, sólo cambia el escenario y la capacidad de maniobra
que cada cual tiene a su alcance para realizar sus perversiones. Si se
hubiese quedado en la carnicería del súper sólo diríamos de él que era un
pobre cretino. Líbranos señor de un cretino con poder.
Hay mucha gente por el mundo ocupando lugares que no les corresponden, o que
les quedan diez tallas más grandes. Juegan con las vidas de otras personas
desde la inconsciencia de un despacho blindado al dolor ajeno. Lo cierto es
que están tan inflados y tan ciegos que no ven que la vida siempre pasa
factura, y que no es lo mismo ser un cabrón y trabajar en una mercería, que
ser un cabrón y presidir el gobierno de un país, por ejemplo. Al final, se
paga. Siempre se paga.
Y ojalá lo paguen bien. ∆ |