
El olor a miseria,
enfermedad y muerte que le hizo huir de su aldea inundó su campo olfativo
con más intensidad aún que en el pasado. Llegó a la conclusión de que los
hombres pobres, enfermos y míseros huelen igual en todas partes. |
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EMIGRANTE NO HAY CAMINO...
POR RAQUEL BUZNEGO (PSICOLOGA)
E n la aldea no se respiraba bien, el
aire era nauseabundo, un continuo hedor a enfermedad, sufrimiento, miseria y
muerte inundaba el ambiente. Un día decidió que tenía que existir un mundo
mejor, un mundo en el que habría abundancia de comida, medicamentos y
trabajo, así que dejándose la piel en una tierra estéril, labrada día a día
a golpe de sudor y lágrimas, juntó algún dinero, el tesoro que le habría de
llevar al mundo imaginado, soñado, donde las aldeas eran ricas y fértiles y
en las ciudades había trabajo para cuantos quisieran, al menos eso le habían
dicho. Algunos ya se habían ido, no se sabía cómo vivían, ni si habían
llegado, ni a dónde, pero seguro que lo habían conseguido.
Llegó el día, atrás quedó su aldea, su mujer y sus hijos, la angustia
oprimía su pecho pero ni por un segundo volvió la vista, algún día, no muy
lejano, los suyos seguirían sus pasos. Dios habría de manifestarse, tenía
que estar en alguna parte. ¿O no era una señal de manifestación cuando
empezó a contemplar la posibilidad de ir en pos de un mundo mejor? ¿Acaso no
había sido su Dios quien sembró la idea en su mente? Sin duda no estaba
solo, había sido invitado a experimentar un mundo mejor y había aprovechado
la oportunidad, no podía estar equivocado.
Llegó a buen puerto, pensó, cuando pisó el lugar donde no le fue difícil
adquirir un pasaje en no se sabía qué patera, no importaba, el medio era lo
de menos, también compró un contrato de trabajo y papeles legales, pero eso
le sería entregado en el lugar de destino, no habría problemas, le
prometieron, y no tuvo más remedio que creer.
Y también llegó a la tierra que necesariamente habría de ser la prometida,
tenía buena estrella, se sentía protegido tal como había intuido, la costa
estaba tranquila y no hubo sorpresas, solamente habían de esperar a la
persona que les entregase los papeles. Entre tanto, y por una vez en la
vida, el aire le obsequió con olores agradables, desconocidos, inspiró
profundamente y expandió sus pulmones para que cada célula de su organismo
fuera acariciada por los nuevos aromas. Las horas pasaban y nadie venía con
los papeles, él y sus compañeros de viaje comenzaron a inquietarse, debía
haber algún error ¿estarían en el lugar convenido? ¿se habrían desviado en
la travesía? Aún no habían perdido la esperanza pero el nerviosismo empezaba
a cundir; pasadas las horas éste se convirtió en miedo, un miedo
desgarrador, paralizante, el aire ya no traía aromas sino malos presagios,
los sueños, si algunos quedaban, se desvanecieron como la espuma y los
hombres quedaron al amparo y capricho de un mundo desconocido.
¿Deberían esperar aún? ¿Habrían sido engañados? En los corazones la luz dio
paso a las tinieblas y éstas a una densa negrura jamás imaginada. Comenzó el
vagabundeo y el hambre. Buscó comida en cualquier parte porque el estómago
no entiende de sueños, ni de ilusiones, hurtó, caminó y mendigó; finalmente
acabó, junto con otros desafortunados, en un solar abandonado, un lugar
frío, triste y mugriento. El olor a miseria, enfermedad y muerte que le hizo
huir de su aldea inundó su campo olfativo con más intensidad aún que en el
pasado. Llegó a la conclusión de que los hombres pobres, enfermos y míseros
huelen igual en todas partes.
Contempló magníficos coches, casas hermosas, gentes bien vestidas que
entraban en cafés, restaurantes y tiendas. Descargó y cargó camiones,
recolectó hortalizas, pidió en las calles y hasta envió algún dinero a su
familia. El trabajo era duro, muy duro, durmió en cualquier parte, en
albergues, entre cartones, en el campo. Había que seguir adelante pero
¿quién era sin papeles?, su vida era un continuo huir, una lucha para
supervivir y eso no era lo que había soñado. ¿Dónde estaba Dios? ¿Quién
administraba el mundo?
Comenzó a tener delirios, cada vez con más frecuencia, los momentos de
lucidez fueron cada vez más escasos. Un buen día su campo visual se tintó de
rojo, todo lo veía rojo, tenía ansias de vengarse, de su Dios, del mundo, de
los hombres, era cuestión de esperar porque para la venganza siempre habría
tiempo.
Y un día le llegó la oportunidad y esa oportunidad se tiñó de rojo, tal como
venía contemplando el mundo desde hacía un tiempo. Casi no podía explicar
cómo se gestó, cómo se entramó y cómo sucedió pero junto a otros oprimidos,
arremetió contra el mundo, el mundo que estaba en manos de tiranos, de
explotadores, de hombres sin sentimientos, sin humanidad.
Los hombres míseros, oprimidos, explotados, dejados de la mano de Dios,
olvidados y humillados debían reaccionar.
Fue encarcelado, sus huesos sintieron la frialdad de una celda de cualquier
cárcel. De su futuro no sabía, no intuía y tampoco le importaba,
sencillamente entró en un mundo de tinieblas pero antes de atravesar el
umbral se sintió satisfecho.
Él había puesto su grano de arena.
Otros debían continuar la lucha. ∆ |