
Qué buenas y generosas eran las putas de mi infancia y cómo las echo de
menos ahora que soy un anciano! Doña Alonsita, la Quijana, decía que sus
pupilas tenían que tener buena entraña además de un cuerpo de bandera, que
aquella casa era de esparcimiento y las internas desagradables ahuyentaban a
la clientela porque tenían malas vibraciones.
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CAPITULO I -
AHORA QUE SOY REY Y QUE LA GENTE ME LLAMA SU MAJESTAD
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
A hora que soy rey y que la gente me
llama Su Majestad con respeto y reverencia, me acuerdo de que cuando era
niño y los criados de palacio me llamaban Manolito, mi padre, don Felipe IV
el Rey de España, me decía que la vida es un viaje, pero sobre todo un viaje
por el nombre propio; que el hombre si anda lo hace sobre sí mismo y si
viaja lo hace a través de su anatomía y en círculo, dando vueltas y más
vueltas por los caminos que le va devolviendo la memoria.
--La gente ahora te llama Manolito, porque eres un galopín desvergonzado,
pero cuando seas mozo te llamarán Manolo, más tarde Manuel y cuando vayas
para viejo y con las canas y las buenas maneras te ganes el respeto de la
ciudadanía, serás conocido como el señor Manuel, si ejerces oficio de manos,
o como don Manuel, si llegas a ser persona principal y con latines.
Mi padre y señor, don Felipe IV, siempre me trató con cariño y me dio muchos
mimos y algo de dinero; una vez me obsequió con una almendra garrapiñada y
en otra ocasión, creo recordar que por pascua florida, me regaló un
auténtico mazapán de los que hacen las monjitas del Escorial que de puro
dulce se deshacía en la boca.
Don Felipe, que era muy generoso, no sabía a ciencia cierta si era o no mi
padre. Yo le llamaba papá a veces y él entonces sonreía con orgullo, se
retorcía los bigotes con aquella gracia suya y me daba un pescozón que me
lanzaba por los aires, pero lo hacía siempre de tal forma que su violencia
tenía mucho de ternura feroz, de caricia de gigante.
Como un servidor había nacido en la parte más oscura del pasadizo y todos
los caballeros de Palacio podían ser mi padre y todas las damas de la casa
de lenocinio podían aspirar al honor de ser mi madre, yo los escogía a mi
conveniencia, los adoptaba por semanas o por meses, y a veces por horas o
por minutos. Hoy era hijo de don Miguel de Cervantes y mañana heredero de
Diego Velázquez; a veces me convenía ser primogénito de Vilian Siesper, el
Inglés, y en ocasiones le llamaba papá al señor Góngora, que como era
canónigo y poeta tenía muy mala leche y no le hacían gracia mis libertades.
--A doña Maribola se le cayó un fruto maduro del coñete el día de autos-
decían los bufones de Palacio para levantarle un falso testimonio, y la
preferida de don Diego, que era muy remilgada, se defendía con desparpajo.
--¡Lo que se me cayó del salva sea la parte fue un enanito bueno, bello como
un juguete, hermoso como un querubín¡
Cuando yo era niño los bufones eran mucho más remilgosos que las señoras de
vida alegre. ¡Qué buenas y generosas eran las putas de mi infancia y cómo
las echo de menos ahora que soy un anciano! Doña Alonsita, la Quijana, decía
que sus pupilas tenían que tener buena entraña además de un cuerpo de
bandera, que aquella casa era de esparcimiento y las internas desagradables
ahuyentaban a la clientela porque tenían malas vibraciones. Cuando llegaban
a la casa las aspirantes procedentes de todos los lugares del Imperio, la
Quijana las inspeccionaba de arriba abajo con una lupa veneciana; les miraba
las muelas y las uñas de los pies, las orejas, los agujeros de la nariz, la
entrepierna y el ojo posterior u ojete; sopesaba las tetas y analizaba las
nalgas con mirada de experta: "Este culo le va a gustar mucho a don Lope;
este culo va a dar mucha guerra", mascullaba y si había alguna duda sobre la
redondez del trasero, la tersura de la piel, la esplendidez de las nalgas,
llamaba a capítulo a los poetas para que ellos dijesen la última palabra.
--Tus padres, los ripiosos, de lo que sí entienden los condenados es de
mujeres -me decía la matrona y me guiñaba un ojo con una complicidad y un
cariño tan grandes que un servidor, en aquel momento, se convertía en la
persona más feliz del mundo.
En casa de la Quijana había alojadas más de cincuenta pupilas y aunque cada
una era de su padre y de su madre, todas tenían los ojos dulces y el
carácter alegre: La Gallega, Merceditas, la Sieteligas, Pascualilla, doña
Palencia, la Guarri, la Bilbaína, Babianita, Sagrario, la Calores, doña
Chuminillo, Isabelita, la Monsergas, la Santita. Las había jóvenes y viejas,
guapísimas como Rita Rompientes y feas pero simpáticas
como la Abadesa, un poco cursis como Sagrario y sencillotas como Clarita.
Cada una tenía sus habilidades y si doña Palencia tocaba la mandolina, la
Guarri hacía hablar a la bandurria, la Calores cantaba la jota con bravura,
Merceditas tocaba la gaita con sentimiento y las cincuenta hacían palmas con
gracia.
La mejor para mí, la que más mimó y alimentó e hizo de un servidor un hombre
de provecho, fue la Jesusita la Gallega. Sin ella hoy no sería rey, no
tendría habilidades de pendolista ni habría llegado a ser un famoso
matemático. Jesusita la Gallega olía a queso de tetilla y a Lugo, a lamprea,
a pan de mollete y a vino del ribeiro. A Jesusita le subió la leche cuando
cumplió los 15 añitos en su Chantada natal y no se le retiró nunca jamás.
Era un manantial de leche, una fuente con dos caños de nutricio líquido.
Tenía unas tetas temblorosas, grandes como melones, que en cuanto se las
presionaba un poco lanzaban unos chorros que parecían talmente una regadera
láctea, un surtidor inacabable. Jesusita estaba siempre empapada de su
propio jugo, un jugo que derramaba generosamente por los pasillos, que
perfumaba las estancias, que le daba un aire virginal y fascinador. Todos
estábamos enamorados de Jesusita y la seguíamos por la casa y la mirábamos
embobados y cachondos. Todos queríamos bebernos a aquella mujer y mojar
bollos en su cuerpo. Felipe IV, el rey de España, se encamaba con Jesusita
una vez al año en una de las enormes estancias del último piso y allí se
pasaba una semana de retiro fornicando, bebiendo y cantando. Oíamos su risa,
sus carcajadas, su felicidad. "¡Esto es vida!", gritaba Su Majestad y cuando
retornaba una semana después exhausto por el fornicio y empapado en leche
como una torrija, levantaba el índice, miraba a los presentes y declaraba
con tono solemne:
--¡Jesusita es nuestra, es patrimonio nacional, y nunca se la venderemos a
las potencias extranjeras! -prometía el monarca a la fervorosa clientela.
A la Gallega el coño le olía a la provincia de Lugo, a campo abierto, a
bosque de castaños y a queso de San Simón y cuando se perdía en las
innumerables estancias con alguno de sus enamoradizos clientes, doña
Alonsita me pedía que la localizase con mi privilegiada pituitaria.
--Manolito, hijo, busca a la Gallega y dile que abrevie, que está aquí don
Leoncio, el canónigo, y viene el hombre con urgencias a echar un polvito
rápido y de compromiso.
Un servidor levantaba la nariz, olfateaba profundamente el aire, localizaba
los efluvios lácteos y seguía el rastro por el laberinto de pasillos y
habitaciones hasta encontrar a Jesusita y a su acompañante en cualquier
escondrijo del inmenso caserón.
La Gallega me daba de mamar dos o tres veces a la semana, a veces con gran
aparato y aspavientos y otras de tapadillo y en silencio. Cuando tocaba
espectáculo nos rodeaban los poetas, los bufones, la clientela, la
soldadesca. Conscientes de que estábamos actuando Jesusita lanzaba un chorro
y yo me movía con agilidad por la habitación hasta que lograba recogerlo
limpiamente en la boca y conseguía tragarlo sin atragantarme y sin perder el
equilibrio. Todo era cuestión de ritmo. El público aplaudía y pedía el más
difícil todavía y entonces la Gallega lanzaba el chorro del segundo pecho
que dirigía con pericia a mi boca y que coincidía con el primero durante
unos segundos gloriosos, que el respetable, que era muy agradecido, premiaba
con unos nutridos aplausos y entusiásticos bravos. Yo simulaba que me
ahogaba en leche y me dejaba caer, despatarrado y chorreante, y los
asistentes, entre los que se encontraban los cerebros más privilegiados del
Imperio, se desternillaban de risa y aseguraban que estaban a punto de
hacerse pipí en los calzones.
Pero la Gallega, si tenía tiempo, me daba de mamar como es debido,
lentamente, con primores de ama de cría, con caricias de amante experta.
Nuestra relación siempre fue tierna y ambigua, amable y turbia, y hoy al
recordar a Jesusita después de tantos años, no sé si hacerlo como a una
novia o como a una madre, no sé muy bien si nuestro amor fue incestuoso o
sublime, perverso o angelical. Qué feliz era yo en aquellos momentos. La
Gallega me desnudaba de pies a cabeza y me metía en la cama con ella y me
lavaba de arriba abajo con su bendito jugo; me limpiaba las orejas, las
narices, los sobacos, los pies, las partes pudendas; me restregaba las
encías con un dedo pringado en leche y me ordenaba que hiciese buches y
gárgaras. "Hay que ser limpio, Manolito. Los guarros no enamoran a las
mujeres aunque sean gentes principales", me decía Jesusita. Cuando me tenía
acicalado y limpio, me daba un par de besos en la cara y después me recorría
el cuerpo de arriba abajo con sus labios, me mordía las orejas y los dedos
de los pies, me besaba el cuello, me chupaba la nariz, me daba lametones en
los testículos y mordisqueaba mi miembrecillo viril con entusiasmo,
lentamente, inasequible a la fatiga y al desaliento. Ella, sí, creía en los
milagros de la herencia y esperaba con infinita paciencia a que los
fornicadores que me habían precedido en la vida y las mujeres de vida alegre
que tenía entre mis ascendientes hiciesen acto de presencia y dijesen esta
boca es mía desde el más allá. Y cuando el milagro de la erección se
producía, Jesusita y yo reíamos a carcajadas y nos revolcábamos por la cama,
nos perdíamos en las profundidades de las sábanas, nos enroscábamos, nos
juntábamos y nos separábamos una y otra vez. Y cuando exhaustos dejábamos de
jugar la Gallega me cogía en su regazo y me daba de mamar con una ternura
tal que toda la habitación se iba agrandando y agrandando hasta que yo me
iba quedando poco a poco dormido y flotando me iba al otro lado del sueño,
pero no por el feo agujero de la muerte, sino por el otro, por el que da la
vida y durante unas horas me instalaba otra vez en el vientre de mi madre,
que unas veces era Maribola, la bufona, la preferida de don Diego Velázquez
el pintor del Rey, y otras doña Palencia, la pupila que mejor tocaba la
mandolina. ∆
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