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Doña Maribola, con esa violencia tierna que a veces tienen las madres solteras, me desnudó en medio del salón.

 

Los bufones de Palacio formábamos una legión de pedigüeños que rodeábamos a las gentes principales y vivíamos de ellos y para ellos. Los había ingeniosos, de los que hacen reír con la palabra, y también medio tontos y tontos de capirote. Unos hacían reír por lo que hacían y otros por lo que se dejaban hacer.


EL FOLLETON DE LA QUIJANA
 CAPITULO IV - Doña Maribola, con esa violencia tierna que a veces tienen las madres solteras, me desnudó en medio del salón.
POR JOSE MANUEL VILABELLA // ILUSTRACIONES: NESTOR

Doña Maribola, con esa violencia tierna que a veces tienen las madres solteras, me desnudó en medio del salón, hizo un rebujo con mis ropas que de tanto uso parecían harapos y deprisa y corriendo me puso un trajecito de bufón que tenía cosidos catorce cascabeles.
-Me llevo el niño a Palacio -dijo a los atónitos espectadores, y como la Quijana hizo un gesto de resistencia y abrió la boca para decir algo, mi madre la interrumpió y con una autoridad que no admitía discusiones sentenció:
-¡Quiero que mi hijo sea el día de mañana un honrado bufón de Su Majestad!
Me cogió de la mano y juntos cruzamos por primera vez el pasadizo secreto que unía el Palacio y el prostíbulo, el laberinto oscuro donde cinco años atrás doña Alonsita me encontró llorando con rabia rodeado de ratas y cagallones de perro.
Al final del pasadizo estaba el Palacio Real y allí es donde vivían mi padre y mis parientes los infantes y principitos de sangre azul y allí pasé después buenos y malos ratos y comencé mi carrera de entretenedor de gentes principales, el brillante periplo que me permitió conocer y tratar a los talentos más brillantes de la vieja Europa y llegar, al cabo de los años, a ser coronado rey y que mi súbditos me llamen Su Majestad con respeto y reverencia.
Don Felipe IV, el Rey de España, era, cuando estaba en Palacio, un caballero de aire solemne y mesurados ademanes; hierático y distante, engolado y teatral, me ignoró por completo y se refería a mí como "el bufoncete ese", "el pobre enanillo del pasadizo", "el tonto de los cascabeles". Compensaba mi señor padre el cariño que me daba en casa de la Quijana con la fría indiferencia y el evidente desdén con que me trataba en presencia de sus cortesanos. Parecía, por lo dispar que era su comportamiento, el hermano de un hermano gemelo de distinto talante y condición. Uno era bueno y sencillo y el otro exigente y frío, duro y desagradable. Aprendí entonces que todos tenemos varias naturalezas y que dentro de los hombres habitan almas dispares que luchan entre sí y que se manifiestan alternativamente y de acuerdo con un código que sólo el corazón de cada uno conoce.
Don Felipe IV, que tan ufano se mostraba al otro lado del pasadizo cuando le endilgaba mi paternidad, cuando oyó que aquel diminuto bufón de los cascabeles le decía: "Hola, papá", frunció el ceño y me miró con muy poca simpatía y después se lo pensó mejor y me dio un puntapié con un furor tal que me vi levantado del suelo, y viajando por los aires fui a caer a una estancia contigua después de romper una puerta de cristales. Me quedé magullado y sorprendido pues aquel era el primer acto de violencia que sufría en mi corta existencia y procedía, además, de un hombre bueno que me había demostrado cariño, y del que recibí después a lo largo de la vida pruebas de afecto y amistad.
Los bufones de Palacio formábamos una legión de pedigüeños que rodeábamos a las gentes principales y vivíamos de ellos y para ellos. Los había ingeniosos, de los que hacen reír con la palabra, y también medio tontos y tontos de capirote. Unos hacían reír por lo que hacían y otros por lo que se dejaban hacer. Don Ciprianillo hacia juegos malabares y trucos de cartas, Pablito volatines, Maribola era buena para hacer recados y una excelente escuchadora de confidencias y don Marte era un gran encajador de golpes, patadas, palizas, insultos, improperios.
Servidor, que con el paso de los años se convirtió en un contador de historias, fue durante unos años un bufón sin palabras, un hacedor de cabriolas y volatines. Ser enano es una suerte inmensa en el mundillo de los actores de cámara; ser diminuto y ligero, de amable condición, risueño, ayuda a salir adelante. Cuando le digo a mis súbditos que gracias a mi baja estatura fui hombre bala, trapecista, cebo de águilas, calentador de pies, abanicador de ancianas, florero, lámpara movible, dormidor de infantes, espantador de moscas, palanganero, limpiador de penes, herramienta de deshollinador y otros muchos oficios que no digo para no cansar al lector, las buenas gentes se echan las manos a la cabeza y no llegan a comprender que a veces ser un monstruo es una suerte si se nace sin apellidos y sin patrimonio. Un enano se acomoda en cualquier sitio, cabe en cualquier lugar y si se aprende a respirar bajito y se sabe aguantar la tos para confundirse con las luces y sombras de las estancias, si se tiene las manos hábiles y el don de la oportunidad, se puede llenar la barriga con regularidad y ganar unos maravedíes y algún ducado que otro para gastar en la vejez, cuando con las canas lleguen los malos tiempos y mengüen los ingresos porque no se lo pueda uno ganar con facilidad. Hay que ser bien dispuesto para todo. Más de una noche le calenté los pies a Su Majestad la Reina, que me dejaba que le quitase las medias y le frotase las pantorrillas y le echase el aliento a sus ateridos y diminutos piececillos. Me ordenaba después que me colocase en el fondo de la cama para hacer labores de caneco humano. Un servidor calentaba y frotaba tobillos, rodillas, muslos y nalgas reales y cuando la pobrecita tenía insomnio y lo insinuaba con movimientos explícitos el caneco calentaba partes más íntimas, peinaba cabelleras enmarañadas, buscaba oquedades y curioseaba por su cuenta y riesgo en el laberinto de la anatomía de Su Majestad. Un enano es como un perro faldero, una bestezuela inocente; los toqueteos de los criados bajitos son como los lengüetazos de los caniches: no dejan manchas en el alma; son pecadillos sin importancia que no es necesario detallárselos con pelos y señales al confesor, intimidades que se disfrutan y se olvidan, pecados de usar y tirar que no se tienen en cuenta para la salvación eterna.
Los bufones y demás parásitos de Palacio sobreviven gracias a la esmerada educación de las gentes principales, a ese conjunto de conocimientos que convierte al que los recibe, con el paso de los años, en inútiles totales, en idiotas funcionales. Los exquisitos saben música, latín, canto, idiomas, equitación, pero no pueden vestirse solos, ni rascarse o limpiarse las orejas o el trasero. A los veinte años son incapaces de cortarse las uñas de los pies y a los treinta ya no pueden agacharse. La finura los inmoviliza, la etiqueta los anquilosa. Necesitan a sus criados para todo y a sus bufones para que hagan en su nombre lo más personal y abyecto, lo más íntimo, lo que no haría por ellos su propia madre. Los bufones no tienen dimensión física, actúan como herramientas, forman parte del paisaje, del menaje y del patrimonio de sus superiores. El bufón se puede cambiar, transferir, vejar, eliminar, cercenar, podar, trocear porque el bufón es una cosa, un objeto. Pero al bufón no se le puede asesinar ni ofender, porque eso implicaría dotarlo de dignidad, humanizarlo, concederle el atributo del libre albedrío, situarlo bajo el amparo de la ley. Cuando un bufón se convierte en lámpara su obligación es alumbrar y cuando tiene a su cuidado el agua caliente y la palangana debe convertirse en termómetro para no escaldar las partes pudendas de sus señores. Fui limpiador de penes durante años de los más nobles personajes de la historia de España y sé que cuando se acaban los ayes y gemidos, cuando ellas gritan "¡me voy!" y ellos susurran "¡qué gusto!", la obligación del criado es tener a punto la palanganilla de porcelana y las toallitas de felpa para que el miembro se sumerja en un tibio baño y se recupere de las agresiones sufridas. Las aguas frías son las peores enemigas de las pirolas, los resfriados en salva sea la parte producen cistitis y otros dolorosos males de vejiga de los que es conveniente huir como de la peste. Hay caballeros que se lavan ellos mismos con remango, que echan al auxiliar del dormitorio con cajas destempladas y descapullan por su cuenta, pero otros, y don Felipe IV el Rey de España entre ellos, con los calores y violencias del amor se quedan como adormecidos y prefieren que se les ayude en esos desagradables e íntimos menesteres. El pene del señor, con el paso de los años, es para el criado como su propio pene: lo examina, lo observa, le cura las escoceduras con ungüentos y pomadas, lo lava con jabón de olor, lo espolvorea con talco, lo mima. Cuando el Rey me pregunta: "¿Cómo tenemos hoy el pene, Manolito?", yo sé que se refiere al suyo y no al mío, que tres bledos le importa a Su Majestad el estado de mis vergüenzas. La intimidad con el criado, el sometimiento del bufón es tan absoluto, que ambos olvidan los pudores y si uno manda el otro obedece. Al lado del Rey, y acompañándolo para auxiliarlo en caso necesario, asistí a reuniones políticas y de Estado, estuve en campos de batalla, viajé a su lado en carrozas y coches de caballos y en el confesionario le recordé pecados que el Monarca de España había traspapelado en su frágil memoria: "Paréceme que Su Majestad olvida decirle al señor obispo que tuvo el día 13 del mes pasado un desliz con doña Blanca de Andrade y tres veces tropezó aquella noche en la piedra de la lujuria; que olvidó la promesa de aumento de salarios que les hizo a sus soldados desplazados en Flandes y que trató con poca consideración y ningún afecto a su leal bufón e hijo espurio, don Manolito".
Felipe IV, me miraba, sonreía y se decía para su coleto: "Eres inteligente, cabroncete, y ves crecer la hierba"; después se rascaba la barba entrecana y se quedaba como abobado y un hilillo de baba le caía de la boca, se derramaba sobre la empuñadura de su espada, brincaba como si fuese un insecto hasta su bota de cuero, se detenía brevemente en la espuela de plata, hacía equilibrios y volatines, saludaba al público y caía mansamente a la mullida alfombra.
Fue, por aquel entonces, cuando el Rey empezó a mirarme con curiosidad y a interrogarme a fondo para conocer mis ambiciones. Me preguntaba si me gustaría ser un asesino a sueldo, si me hacía ilusión ser un miserable, si en lugar de ir al limbo de los tontos no prefería pudrirme en los infiernos con gentes inteligentes, perversas e ingeniosas.
Parece que lo estoy viendo y parece que fue ayer. Un día soleado de otoño, uno de esos días que parecen de primavera, Su Majestad me miró directamente a los ojos, sonrió, carraspeó, se sacó del bolsillo una moneda de plata, la puso en mi mano para comprarme la voluntad y preguntó:
-Manolito, amigo mío, ¿te gustaría ser un traidor, el traidor del Rey? ∆

   

   
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Última revisión: agosto 26, 2008. 
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