
Los traidores del Rey no pasan a la historia de la
buena gente, pero sí a esa croniquilla paralela del chiste, el rumor, la
carcajada o el horror. La autoridad elimina todo el rastro que dejaron en
vida, hace desaparecer a sus parientes más cercanos, se queda con sus bienes
y asegura que nunca han existido, que todo es un rumor, una leyenda sin
fundamento. |
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CAPITULO V -
Todos me miraron con asombro cuando dije que quería
ser el asesino del rey.
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
T odos me miraron con asombro cuando
dije que quería ser el asesino o el traidor del Rey. Doña Alonsita la
Quijana dijo ¡oh cielos! y casi le da un vahído, Quevedo se sobresaltó y mi
señor y padre adoptivo, don Miguel Cervantes y Saavedra, se quedó
ensimismado y me miró a partir de entonces, y para siempre, con una mezcla
de piedad, resignación, asco, tristeza.
-Pero tú sabes, desdichado, ¿qué significa traicionar por cuenta ajena y
matar por encargo de tercero, si el tercero es el Rey? -preguntó don Lope.
-¡Manolito se ha vuelto loco! - exclamó Rita Rompientes.
-¡Tiene ambición y, como es un enano, quiere subir muy alto! -gritó Sagrario
la Calores y me miró con horror.
Después don Diego Velázquez me cogió en brazos, me sentó en sus rodillas, y
con una voz muy dulce fue contándome al oído en qué consistía el cargo que
quería que desempeñase para él el rey don Felipe IV. Me enteré entonces de
que es función nada lucida y empleo poco envidiable y que ninguno que estuvo
en semejante nómina se salvó de la muerte violenta y del desprecio de la
ciudadanía, que todos los que matan a cuenta de otros se pudren en el
infierno y que la locura, al poco tiempo de ejercer el cargo, les ronda por
la cabeza hasta hacerles perder el juicio.
-Mala es la vejez de putas y barberos, pero aún es peor la de matarife del
rey -susurró doña Chumina con aquella seriedad suya de barragana de obispo,
cargo que ejerció durante veinte años a plena satisfacción del Prelado de
Noreña y que le dejó algunas nociones de Teología, ni un ochavo de renta y
tristes filosofías de campanario.
Y como les gustaba contar historias y todos eran curiosos, exagerados,
alarmistas y algo cotillas, se sentaron en torno a la larga mesa de la
cocina, pidieron vino, unas tajadas de cecina y unas castañas pilongas y el
que más y el que menos dio nombres, matizó conceptos, insinuó culpabilidades
de gentes importantes y detalló los finales horrendos de los asesinos de
Palacio. Empezaron el discurso contando la historia de don Crispín, un
matarife de rostro espeluznante que navegó con Colón en la Santa María y que
algún pleito antiguo tenía con el Almirante; un mequetrefe que al regresar
de las Américas, cubierto de harapos y lleno de piojos, se estableció como
asesino a sueldo para hacer chapucillas por cuenta de los Reyes Católicos.
Don Crispín asesinó a don Cristóbal Colón con ocho puñaladas de navaja
cabritera; el descubridor de las Américas, cuando le vio llegar con el arma
en la mano y farfullando idioteces, le dijo al botarate lo peor que se le
puede mentar a un funcionario que está cumpliendo con su cometido; le
preguntó: ¿Es que no sabes, necio, con quién estás hablando?. El matarife
sonrió, enseñó su dentadura mellada y le dijo que sí que lo sabía y después
le asestó, escogiendo los sitios magros y sólo para hacer sangre y dolor,
siete pinchazos hondos y por último lo dejó seco con una cuchillada en el
corazón y le aclaró sin levantar la voz y al oído del agonizante que le
miraba con unos ojos turbios y como ausentes: "Yo fui, señor, y lo juro por
mi honor de navegante, el primero que gritó: ¡tierra! y no vuestro
recomendado el converso Rodrigo de Triana, que fue el que me hurtó la gloria
y pasará a las crónicas". Don Cristóbal, que era de carácter difícil y algo
protestón, no puso reparos, musitó un "Adiós Cipango" por compromiso y se
quedó como un pajarito y nunca jamás les volvió a causar problemas a los
Reyes Católicos. ¿Que qué fue del asesino y del muerto? Doña Isabel echó
unas lagrimillas y rezó una oración por su amigo genovés, don Fernando se
cabreó por el exceso, le pagó lo estipulado al matarife y después, de
tapadillo, lo mandó detener y don Crispín fue convertido en carne picada,
que bien adobada y mezclada con trozos de perro, tripas de gato y algo de
lomo de cerdo de la mejor calidad, se transformó en embutido espurio, en
chorizo de poca confianza que consumió la canalla y los desheredados de la
fortuna y, de esta guisa, el ejecutor real se marchó de este mundo
convertido en heces de gañán. ¿Dónde descansaron sus restos mortales?, se
preguntaron todos, y me miraron fijamente y me señalaron con el dedo para
que yo contestase desde el espanto que me hacía temblar como a una hoja a
merced del viento. Imagínese el lector y póngase en lo peor: al lado de los
caminos, en cuadras, pajares, patios de vecindad, retretes inmundos,
rincones miserables. Don Crispín, un descubridor de las Américas, un
navegante cuyo nombre figura en los anales, se marchó al más allá colmado de
deshonor y en múltiples porciones, se fue en cómodos plazos, y yo me
pregunto: ¿qué será de su maltratada anatomía cuando suenen las trompetas y
llegue, al fin, la resurrección de la carne? Desde la muerte del matarife el
pueblo burlón llama a los zurullitos de recién nacido crispinillos y en su
memoria al olor a mierda se le conoce, por las tierras de Castilla, por el
mal nombre de los efluvios del asesino, porque así de cruel es España y de
esta manera somos, nos comportamos y nos reímos, los españoles.
Los traidores del Rey no pasan a la historia de la buena gente, pero sí a
esa croniquilla paralela del chiste, el rumor, la carcajada o el horror. La
autoridad elimina todo el rastro que dejaron en vida, hace desaparecer a sus
parientes más cercanos, se queda con sus bienes y asegura que nunca han
existido, que todo es un rumor, una leyenda sin fundamento y por mucho que
se busque en los presupuestos reales nadie encontrará una partida para
remunerar los servicios de los canallas.
Como todos estábamos muy a gusto y afuera hacía un frío de perros y la
clientela de la casa de lenocinio brillaba por su ausencia, doña Alonsita la
Quijana mandó traer unas jarras de vino; Jesusita la Gallega, que además de
hembra esplendorosa era mujer de remango, frió tres huevos por barba, la
Rompientes hizo rebanadas una hogaza de pan de centeno, la Monsergas arrimó
un tarro de mermelada de higos miguelinos y todos nos quedamos a solas con
nuestras reflexiones mientras dábamos cuenta del condumio.
Fue el barbilampiño don Francisco de Quevedo y Lucientes el que comenzó otra
vez el quehacer, tan español, tan nuestro, de despellejar al prójimo a la
hora del almuerzo y mientras se moja pan en la salsa.
-Pues se comenta por los mentideros que el Emperador Carlos tuvo muy buenos
y eficientes matarifes.
-Muy buenos, sí señor- confirmó don Lope-. Ahora mismo recuerdo, y no sé si
me dejo alguno en el tintero, a don Melchor Casanueva, que mataba con sable
y al volapié; al Jerezano, que daba garrote con primor y en un periquete; a
don Zacarías, que asesinaba con certeros puntapiés en las partes pudendas y,
sobre todo, al príncipe de los asesinos, a don Martel, el niño sabio de
Gante, un artista sublime manejando el escalpelo.
Como todos conocían las andanzas y tropelías de don Martel y cada uno quería
dar su parecer, todos se pusieron a gritar sus razones al mismo tiempo: doña
Alonsita le quitaba la palabra a Cervantes, don Lope interrumpía a Quevedo,
la Monsergas peroraba por su cuenta y doña Chumina gritaba como una posesa;
la sobremesa dejó de ser plácida para convertirse en tormentosa y allí sólo
se escuchaban las exclamaciones: "¡Qué bestia!". "¡Le gustaba el sufrimiento
ajeno!". "¡El tío se comía las asaduras!" -¿Y cómo acabó el miserable? -me
atreví a preguntar con un hilillo de voz que me salió del estómago y que a
todos hizo reír a carcajadas.
-Oh, -dijo la Quijana- don Martel, que era extranjero y odiado como tal,
tenía una larga lista de enemigos y don Carlos, cuando el flamenco se pasó
de rosca y se creía imprescindible, ordenó que le diesen matarile; lo ordenó
con un gesto y muy finamente y como mandan estas cosas las gentes
principales: una caída de ojos, un "ya me entiendes", un estornudo seguido
de una sonrisa cómplice. Sus colaboradores fueron crueles y silenciosos. Don
Martel, que era bello como un querubín y peor que Lucifer, fue asado en un
horno de pan. Murió por extranjero y por pervertido, lo mataron por
lenguaraz, por su mal acento, por su pésima ortografía y por las plumas de
su sombrero.
-¡Cuéntale a estos señores lo que hicieron con sus restos mortales! -apuntó
por la bajinis la Monsergas.
-Aquello fue una obra primorosa de los artesanos de Palacio. El cuerpo
triturado fue convertido en un polvo finísimo que parecía arena de una playa
volcánica y refulgía al sol como si fuese de plata y, cuando le fue
entregado a don Carlos en una bellísima botella de cristal, el buen
emperador palmoteaba como un niño con un juguete nuevo: "Aquí, en esta
botellita, hay un hombre muerto", les decía a sus íntimos. El resto de la
historia la conoce todo el mundo y, tal vez, forma parte de esos hechos
mágicos e inexplicables que sólo ocurren en nuestra patria. El Emperador
colocó las cenizas del consejero en una maceta, las abonó con sumo cuidado y
las regó cada día durante tres meses largos, con la esperanza de que el
asesino regresase al lugar del crimen.
-¿Y qué sucedió? ¿Volvió don Martel? -me atreví a preguntar.
-Sí señor, regresó convertido en un vegetal silencioso, en una mala hierba;
renació de sus cenizas ante la mirada atenta del Emperador que se pasaba las
horas muertas observando el prodigio. Floreció en primavera y de cada
capullo salió un minúsculo don Martel gesticulante y mudo. Tenía cosas que
decir pero le faltaba boca para decirlas. El Emperador lo observaba con una
lupa y se pasaba horas y horas espiando las múltiples caras del asesino y
mofándose de su desconcierto. El Imperio andaba manga por hombro, aquello
era un desgobierno y don Felipe II, cabreado, le decía a su padre: "Abdica,
papá, abdica, que España se desparrama y se muere", pero don Carlos se hacía
el sordo y lo echaba de su presencia.
-¿Y es verdad que don Fructuoso Novalín asesinó al Emperador por mandato
expreso de su hijo don Felipe?
-Eso no lo sabe nadie. En España el asesinato es una cuestión privada, un
tema íntimo entre la víctima y el victimario. Aquí nos aburre morir en
nuestra cama y preferimos la muerte violenta y a algunos les parece tan
tedioso el tránsito que se aburren, bostezan y, en lugar de agonizar, se
quedan dormidos y roncan plácidamente. ∆ |