
Lo peor son las razones de
las pacientes que pasan por la cámara de tortura que dan en llamar
quirófano: conseguir un trabajo mejor (basado en la altura, no en los
méritos profesionales), hacerse con una parcela de poder y prestigio (que
les venden los medios de comunicación aplicando modelos estéticos
occidentales), y lo más sangrante: conseguir un buen marido. |
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TORTURA CHINA
POR MARTA F. MORALES
E staba yo hojeando un suplemento
dominical, "mirando los santos", como decía mi abuela, cuando la encontré.
Era la foto de una joven con rasgos orientales y las dos piernas atrapadas
en unas cajas metálicas con clavos que le atravesaban la piel.
Inmediatamente, leí el titular: "La altura de la vanidad", decía. Y pasaba
a explicar cómo últimamente, en un intento por ser más altas y tener más
éxito, las mujeres chinas se someten a dolorosas operaciones de
alargamiento de las piernas. No puede ser, pensé. Ninguna sociedad puede
ser tan cruel, me dije. Acababa de descubrir la enésima forma de tortura
al cuerpo femenino. ¿Es que nunca van a dejar de tener ideas?
Informándome más tarde (esto de Internet es pura magia), me enteré de que
la operación empezó a practicarse en Rusia para corregir defectos
congénitos como el enanismo o las extremidades de longitudes diferentes.
Como comienzo no estuvo mal. Los avances de la ciencia, siempre que ayuden
a alguien, bienvenidos serán. El problema llega cuando la técnica se
aplica con fines puramente estéticos y lucrativos. Como hoy día en China,
y como parece que se está empezando a hacer en Europa también, no vayamos
a creer que es cosa del lejano Oriente. Hace dos años una británica se
operó porque sus 1,44 de estatura no le permitían ser azafata de vuelo
(¿no habrá otros trabajos en este mundo?). Desde entonces ha salido varias
veces en los medios de comunicación. Primero, rodeada de polémica porque
su operación la financió la Seguridad Social del señor Blair. Y después,
lo que es más grave, porque sus piernas no dejan de romperse, ha perdido
la mitad de su peso corporal y tiene infecciones constantes ahí donde
antes estuvieron las malditas cajas rusas.
Lo peor del asunto, según yo lo veo desde mi espanto y mi sorpresa, no es
que los médicos chinos se estén haciendo de oro con los 10.000 euros que
cuesta cada operación (y se hacen unas dos por semana sólo en el hospital
de Guang Zou). Lo peor son las razones de las pacientes que pasan por la
cámara de tortura que dan en llamar quirófano: conseguir un trabajo mejor
(basado en la altura, no en los méritos profesionales), hacerse con una
parcela de poder y prestigio (que les venden los medios de comunicación
aplicando modelos estéticos occidentales), y lo más sangrante: conseguir
un buen marido. Una chica que gastó los ahorros de su vida para crecer
diez centímetros afirma: "ya no soy joven, tengo 26 años". Sin marido ni
hijos, en China, según parece, una solterona que no vale más que para
vestir santos (o Budas, o lo que vistan allí las beatas). Se queda una
patidifusa delante del teclado. No sé si seguir escribiendo o darme a la
bebida.
Para que el agravio no quede ahí, el gobierno chino se apunta a un
bombardeo: campañas pro-leche para que los niños crezcan más y mejor
(estupendo, aunque los estómagos chinos toleren mal los lácteos por falta
de costumbre), gritos contra la "afrenta al orgullo nacional" que les
inflige Japón porque su población es medio metro más alta (cuando menos,
peligroso), peticiones de esfuerzo extra a los chinos y chinas para llegar
al metro setenta (simplemente absurdo). Imagínense ustedes que al señor
Aznar le diera por hacer campaña para que creciéramos todos un poquito
cada día (con las cajas del dolor se pueden alargar las piernas hasta
medio milímetro diario). Menuda risa nos iba a dar, con lo alto y esbelto
que es nuestro presidente. Pero parece que en China se lo toman en serio.
Sobre todo las mujeres, algunas de las cuales sueñan con ser modelos al
más puro estilo Claudia o Cindy, sin contar con la naturaleza.
Pero son muchas generaciones mal alimentadas. Muchos millones de personas
en un país que eligió modelos económicos que le fallaron. Y desde luego,
demasiados siglos de tortura a los cuerpos femeninos. Aunque algunos
hombres se apunten a esto de crecer a las bravas, parece que son los
menos. Y digo yo, ¿no tuvieron suficiente las pobres chinas con millones
de pies deformados por el deseo masculino? Las abuelas de las que ahora se
quedan en sillas de ruedas por operaciones fallidas para alargar las
piernas todavía se encogen de dolor al caminar sobre sus piececillos de
muñeca. A los publicistas, estetas, políticos y demás prohombres chinos,
¿no les basta con el sufrimiento de siglos para dejar a las mujeres en
paz? Antes eran los pies demasiado grandes, ahora las piernas demasiado
cortas. ¿Cuál será el siguiente paso? ¿Aplicaciones de sustancias
venenosas a la piel para eliminar el tono amarillento? ¿Tijera y bisturí
para hacerles los ojos más redondos? (me temo que esto no es una fantasía,
ya se están dando casos) ¿Pastillas cargadas de quién sabe qué para que el
pelo les salga rubio y rizado? Ya no sabe una hasta dónde va a llegar la
presión, dónde están los límites del control externo sobre un cuerpo de
mujer. Ya no sabe una qué tortura se encontrará al abrir las páginas del
próximo dominical. Me parece que el fin de semana que viene me voy al
fútbol, a ver si me anestesio y por fin me da por dejar de leer. ∆
e-mail:
martafmorales@hotmail.com
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