
Más allá de las heridas de
metralla y las costillas marcadas bajo la piel por el hambre de meses,
cientos de miles de ciudadanas de varios países acarrean una huella
indeleble de sus guerras particulares: la violación. |
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LAS NUEVAS GUERRAS
POR MARTA F. MORALES
M e encuentra este mes que ahora
empieza leyendo un libro de Mary Kaldor titulado Las Nuevas Guerras
(Editorial Tusquets, 2001). Kaldor es la Presidenta de la Asamblea de
Ciudadanos de Helsinki y, por desgracia para ella y suerte para el público
interesado en estos temas, tiene la experiencia de haber vivido sobre el
terreno diversos conflictos bélicos, cada uno más terrible que el
anterior. Porque según nos dicen las expertas y entendidos, cuanto más
civilizado el ser humano, más sangrientas y crueles sus guerras. Los
choques primitivos tenían mucho de ritual y de simbólico, eran peleas cara
a cara y los ejércitos enfrentados estaban bien definidos. Desde mediados
del siglo pasado las guerras ya no son de general contra general o soldado
contra soldado; ahora las bombas vienen del aire, caen sobre casas y
escuelas, y no distinguen de raza, sexo ni edad. A día de hoy, en el
difuso campo de batalla, de cada nueve víctimas, ocho son civiles.
Pero además de esas bombas -invisibles hasta que están encima-, hay una
forma especial de hacer la guerra que afecta directamente a las mujeres.
Más allá de las heridas de metralla y las costillas marcadas bajo la piel
por el hambre de meses, cientos de miles de ciudadanas de varios países
acarrean una huella indeleble de sus guerras particulares: la violación.
La violación genocida como estrategia de terror, como arma de destrucción
y como herramienta psicológica. La violación masiva como humillación
pública y privada, como puñalada trapera de los que fueron amigos y
vecinos, como deshonra cultural, como herencia terrible de hijos no
queridos. La violación sistemática como prueba de que la mujer sigue
siendo un objeto, un botín, un terreno a conquistar o defender, un número
en una lista, una sombra en una habitación cualquiera de un campo de
exterminio. La violación como forma de borrar tu cara, tu nombre, tu
identidad, tu pasado y tu futuro.
Por razones de espacio sólo voy a hablarles de un caso. El más
mediatizado, conocido, estudiado y criticado. Uno de los más recientes,
pero nunca el último: la guerra de Bosnia-Herzegovina. Si me remito a ella
es porque casi todo el mundo ha oído hablar de esos campos de
concentración que también eran centros de violación masiva; han salido en
la prensa, se han hecho reportajes de televisión, se han escrito libros...
Hay millares de mujeres sufriendo violaciones ahora mismo, en varios
países (en Afganistán tal vez lo peor no sean los burkas y en África hay
más cosas que la hambruna), pero por razones informativas las bosnias han
pasado ya a ser parte de la conciencia histórica europea. Volvamos por
tanto a ellas en este todavía principio de un año, de un siglo y de un
milenio, para reflexionar, denunciar y, sobre todo, para no olvidar. No
vaya a ser que sea cierto eso de que un pueblo que olvida su historia está
condenado a repetirla.
Mary Kaldor habla del conflicto bosnio en términos de lo que ella denomina
"las nuevas guerras": aquellas que tienen que ver con la política de
identidades, en las que los bandos parecen detestarse por ser diferentes,
se mezclan los nacionalismos y lo pagan los civiles, en especial niños,
ancianos y mujeres de todas las edades. La pesadilla bosnia, oficialmente
terminada ahora a base de parches políticos y alianzas dudosas, se
prolonga en los libros entre el 6 de abril de 1992 y el 12 de octubre de
1995- aceptemos que así es porque las fechas y los tratados legitiman a
ojos de quienes parecen importar en este globo nuestro. Pues bien, a lo
largo de esos tres años y medio, un mínimo de veinte mil mujeres fueron
violadas. No todas denunciaron, no todas sobrevivieron- veinte mil
seguramente no fue más que el comienzo.
Las formas de atacar a las mujeres bosnias (sobre todo musulmanas, pero
también croatas y serbias, que la maldad se contagia) eran básicamente
tres: violarlas en medio del pueblo ante los ojos de padres, hijos y
vecinos, a quienes se "invitaba" a abandonar sus tierras para evitar
nuevas deshonras; mantenerlas en campos de concentración mixtos -donde se
las obligaba a limpiar la sangre de los hombres torturados-, violarlas y
matarlas; o retenerlas en campos de violación y forzarlas noche tras
noche, en grupo y a veces durante horas, hasta que morían o sus embarazos
eran demasiado evidentes para ser ocultados en su comunidad. La liberación
podía entonces significar el rechazo de sus familias o, cuando menos, el
trauma vitalicio de haber dado a luz al hijo del enemigo.
De esta nueva guerra quedaron restos de edificios, fosas comunes, ruina
económica, desmembración social y odio religioso. Pero además, la sociedad
bosnia está recogiendo aún hoy un legado de hijos no deseados, familias
disfuncionales, problemas de alcohol, paro y suicidios, mujeres con
depresiones eternas y niños huérfanos de padres y de amor. Todo por una
etiqueta nacionalista. Todo sin apenas culpables condenados. Todo, en fin,
al modo de las nuevas guerras de Mary Kaldor. De esas guerras que cada vez
nos salen más caras a las mujeres. Y que, por cierto, nunca empezamos
nosotras. ∆
e-mail:
martafmorales@hotmail.com
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