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FEMENINO PLURAL

 

Al final se trataría simplemente de hablarles a las niñas y los niños de un mundo en el que ser mujer no debería ser un problema, ni ser negro una carga, ni ser musulmana un castigo, ni ser hombre un rango.


ERASE UNA VEZ

POR MARTA F. MORALES

Hace un par de meses todos los telediarios de este país nuestro que cada vez se hace más multicolor y variopinto se hicieron eco de una hazaña literaria: un hombre se había atrevido a escribir un cuento infantil para iniciar a niñas y niños en los principios de la homosexualidad masculina. Su protagonista era un príncipe cristiano y muy blanquito que se enamoraba de su sirviente, a la sazón también chico, pero musulmán y morenito de piel. Transgresión cuádruple: el principito en cuestión, renunciando a la corona que le corresponde, huye del reino con su criado y se salta a la torera las barreras de heterosexualidad obligatoria, de raza, religión y clase. Final feliz, decían en las noticias. Más feliz hubiera sido que el rey hubiera permitido la relación y los dos amantes hubieran podido quedarse en palacio y ejercer de mandamases de un pueblo cantidad de democrático.
Lo que a mis gafas moradas y a mí nos llama la atención (aunque ya deberíamos estar acostumbradas) es la ausencia de mujeres en la noticia cultural en cuestión. Creo recordar que por ahí, incordiando, había una madrastra, pero en nuestras televisiones no se habló de su papel ni de otros cuentos "alternativos" en los que pudieran aparecer princesas lesbianas o reinas más abiertas de mente que el papá del príncipe gay. Preocupados como están los hombres que nos gobiernan por los brotes de violencia contra los musulmanes y demás sospechosos de este mundo, el notición era este cuento tan tolerante y educativo. Y me parece muy bien, y queda agradecida desde aquí la buenísima intención de su autor, pero después de leer esta historia de amor homosexual tan rompedora todavía hay otros prejuicios que eliminar.
Dice Bronwyn Davies en su estupendo libro Sapos y culebras y cuentos feministas que los cuentos de hadas suministran a las niñas y niños una serie de "aparatos de ordenación" que les ayudan a encontrar un cierto sentido al mundo que les rodea. O sea, que en las normas y modelos de los cuentos nuestras criaturas ven un espejo en el que les gustaría reflejarse. Así, leyendo Blancanieves recuerdan el peligro de la tentación hecha manzana, que tantos disgustos le había costado a Eva; viendo la versión Disney de La Cenicienta asimilan lo fácil que es, siendo buena y trabajadora, que una mujer encuentre un marido rico que la retire de fregar; oyendo a sus abuelos contar Hansel y Gretel aprenden que para escapar de la bruja no hay como tener un hermano mayor listo y en forma. Y se familiarizan con esa forma tan "normal" de organización social en la que los reyes son todos buenos, y sus difuntas esposas también, pero sus segundas mujeres suelen ser tipo pitbull cabreado, los hijos montan a caballo, las hijas bordan, los sabios de la corte son unos hombres muy viejos con unas barbas muy largas, y las brujas pirujas son unas mujeronas llenas de verrugas. Como la vida misma, oiga.
Ya que estamos en esta tendencia de ser políticamente correctos y tolerantes, podríamos animar a autoras y escritores a seguir adelante con su transgresión ofreciendo nuevos modelos de hombre y de mujer. Tal vez podrían escribir historias en las que las chicas aprendieran a montar en moto, o los niños ayudaran a sus padres a hacer tartas. Incluso podrían aparecer princesas que se unen al circo o príncipes que no quieren casarse. ¡Eso sí sería la vida misma! También propongo personajes nuevos como la sabia que prepara pociones para curar los instintos agresivos de los papás; el brujo malo que adultera los tests de embarazo de la reina; el niño bailarín que tiene que buscarse la vida para comprarse sus primeras zapatillas rojas de ballet (¡gracias, señor, por enviarnos a Billy Elliot!); la pareja de lesbianas que adopta un niño somalí superdotado; el cura casado que oficia el segundo matrimonio del rey con una actriz de Hollywood... Hay tantas posibilidades, tantos miles de millones de personas con sus rasgos diferentes y estupendos a los que podríamos regalarles un cuento.
Al final se trataría simplemente de hablarles a las niñas y los niños de un mundo en el que ser mujer no debería ser un problema, ni ser negro una carga, ni ser musulmana un castigo, ni ser hombre un rango. Hablando en concreto de género y sexo, los cuentos con los que sueño dibujarían un mundo más igualitario en el que pudiera haber más protagonistas como Oliver Button (Oliver Button es un marica), que quiere bailar claqué; Rita (Rita la salvadora), una superheroína que no lleva la ropa interior por fuera, como otros; o Elizabeth (La princesa bolsa de papel), que salva al príncipe pero no se casa con él. Los viejos cuentos se revisarían (como ya están haciendo Angela Carter o Margaret Atwood) para adaptar los roles a las necesidades de la infancia del siglo XXI. Sería un mundo en el que los cuentos que tú y yo regalásemos a nuestras hijas e hijos no acabarían, necesariamente, en "y juntos fueron felices y comieron perdices". Porque hay algunas mujeres a las que les gusta comer solas, incluso aunque sean princesas. ∆

e-mail: martafmorales@hotmail.com

   

   
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Última revisión: agosto 26, 2008. 
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