
Las universidades privadas
tendrían que desaparecer, o en caso contrario, exigir la misma nota por
carrera que las públicas, para evitar así que sean los hijos de las
personas que tienen un mayor poder adquisitivo los que tengan en sus manos
la posibilidad de acceder a carreras que por sus méritos académicos no
podrían realizar. |
|

LA LEY DEL CASTILLO
POR JOSE ROMERO SEGUIN
L egislar es la máxima expresión
de gobernar, y gobernar la de mandar, y mandar la de imponer, e imponer la
de dictar, y dictar no es sino una de las más groseras formas de trascender.
Pero cuando se tiene poder, cómo sustraerse a la tentación de poner tu
nombre a una ley, y más si esa ley regula algo tan esencial como es la vida
universitaria. Por eso, la "seño" del Castillo, ministra de la "cosa", no ha
querido dejar pasar la ocasión para hacerse su Ley.
La Ley del Castillo, Kafkiana coincidencia que revela cierto paralelismo,
entre la célebre novela y la célebre Ley, en lo dramático, absurdo y
claustrofóbico de su contenido. Elimina el selectivo y pone una reválida y
una prueba selectiva en cada universidad, defiende según parece lo privado
en detrimento de lo público, y sustituye la endogamia profesional por la
injerencia partidista. Si es así, estupendo ejemplo de mutación del mundo
cotidiano para hacerlo incomprensible, pero de eso se trata, no. Debería,
aunque esta sea su hora, entender la "seño" del Castillo, adicta a la fama,
que los catedráticos, doctos como ella en la materia, también tienen derecho
a trascender, y si no pueden legislar, si pueden al menos gobernar sus
feudos y establecer las pautas sucesorias con arreglo a su divino criterio.
No conozco el texto completo de la Ley, y observo que no hay excesiva
urgencia por darlo a conocer por ninguna de las partes en conflicto, pero
afirmo, y de eso no me cabe la menor duda, que los estudiantes, los
estudiantes digo, tenían ya razones más que suficientes para manifestarse
antes de la famosa LOU. Y no sólo ellos, sino un grupo, por cierto
mayoritario, de ciudadanos que no pueden pagar a sus hijos una universidad
privada. Y aún esos que lo pueden hacer, y que si fuesen mínimamente no ya
coherentes, sino previsores, tendrían en cuenta que en un futuro no muy
lejano, van a ser esos hijos suyos que sacaron la carrera a costa de dinero,
los profesionales que les van a prestar servicios vitales.
La discusión está a mi juicio en si se entiende la universidad como una
máquina de hacer profesionales, o es por el contrario un lugar donde se
combina la formación científico-técnica con la humanista. Y si su acceso se
regula bajo criterios de cantidad o de calidad.
Si la cuestión es permitir el acceso a las distintas carreras a los mejores,
se debería empezar por impedir que una persona que ha sacado un cinco de
media entre el selectivo y el bachiller, y dicha nota no le llegue para
acceder a una universidad pública, donde piden para realizar esa carrera un
7.67, pueda hacerla en una universidad privada. Puesto que ello supone una
discriminación brutal respecto a ese otro alumno que sacó un 7,66 y que
teniendo mucho mejor nota que él se le impide el acceso, al no poder sus
padres hacer frente al elevado coste de la universidad privada.
Si buscamos a los mejores, no podemos permitir que por la puerta de la
peseta o el euro, se cuelen los mediocres, porque una vez que estos jóvenes
obtengan su titulación en la universidad privada, serán de pleno derecho,
médicos, abogados, economistas, arquitectos, profesores, etc., es decir, la
élite del mundo laboral, y tendremos que soportarlos y aceptarlos como los
mejores, puesto que otros no hay, mientras que hemos dejado en la cuneta a
otros muchos con mejor historial académico y hasta mejor disposición
vocacional.
Todos deberían tener derecho a intentar realizar la carrera que su instinto
vocacional les pide, pero si no se puede, y se restringe el acceso a ella a
miles de jóvenes siguiendo criterios selectivos tan restrictivos, no se pude
consentir que se burlen los controles por la vía de las universidades
privadas.
Las privadas tendrían que desaparecer, o en caso contrario, exigir la misma
nota por carrera que las públicas, para evitar así que sean los hijos de las
personas que tienen un mayor poder adquisitivo los que tengan en sus manos
la posibilidad de acceder a carreras que por sus méritos académicos no
podrían realizar.
Y en esto todos tenemos algo que decir, porque todos vamos a ser clientes de
esos futuros profesionales, y no hay derecho a que tengamos que soportar a
personas que de entrada están bajo sospecha, la de no haber sido capaces de
alcanzar en el ámbito público el nivel exigido para acceder a la profesión
que desempeñan. Esta sospecha puede ser injusta por genérica, pero que no
por ello deja de ser cierta, dentro del ámbito de rigidez e injusticia que
supone el actual sistema de selección, claramente restrictivo.
Al margen de otras consideraciones sin duda esenciales, entiendo que la
justicia, en éste, como en otros muchos casos, comienza por la igualdad de
oportunidades, algo que hoy por hoy no existe.
Se deben combatir las injusticias, no las leyes, por que aceptadas unas, las
otras no vienen sino a regularlas, a darles carta de naturaleza. ∆ |