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Capítulo X . Doña Alonsita hacía una graciosa reverencia

 

Doña Alonsita, la Quijana, hacía una graciosa reverencia al Monarca, sonreía a la concurrencia que la miraba expectante y después se levantaba airosa y, con desenvoltura de consumada actriz, se dirigía al centro de la estancia con unos pasitos cortos y medidos.


EL FOLLETON DE LA QUIJANA
 CAPITULO X. E.
POR JOSE MANUEL VILABELLA // ILUSTRACIONES: NESTOR

Capítulo X . Doña Alonsita hacía una graciosa reverencia

Doña Alonsita, la Quijana, hacía una graciosa reverencia al Monarca, sonreía a la concurrencia que la miraba expectante y después se levantaba airosa y, con desenvoltura de consumada actriz, se dirigía al centro de la estancia con unos pasitos cortos y medidos. Todos teníamos los ojos clavados en ella y el silencio era absoluto, el público contenía el aliento, se acallaban los últimos carraspeos y se esfumaban los suspiros y las toses nerviosas.
-La dignidad... -decía con una vocecita muy dulce que a mí me parecía que llegaba directamente del más allá, de ese lugar donde se forja la maravilla, donde se descubren los prodigios y el alma, trémula, se asoma a la frontera del Paraíso- la dignidad es el último lugar donde pueden ir los apestados, el último reducto de los que no tienen honra. La dignidad es lo único noble que les queda a los pícaros, putas, bergantes, granujas, bellacos, bufones. La dignidad es lo único importante que nos queda a todos nosotros. Los que pierden la honra o nacen sin ella recuperan la grandeza cuando se adornan, aunque sea brevemente, con el elegante sombrero de la dignidad. Es un fogonazo que ilumina la oscuridad y nos transforma en lo que pudimos haber sido. Sólo los poderosos pueden permitirse el lujo de vivir con dignidad y, que se sepa, sólo Dios es digno todo el tiempo. El resto lo somos a salto de mata y de tapadillo, cuando lo permite la autoridad competente y el alma mancillada se rebela, cuando el valor le gana la partida al miedo y el loco que llevamos dentro anima al lúcido y prudente hombrecillo que nos habita y le dice que crezca, que aumente de tamaño, que se convierta en un gigante, que disimule y cambie el pánico por el valor y la mansedumbre por el desprecio y el hombrecillo despierta, al fin, y ante el asombro de las gentes prudentes hace gestos de caballero, mira como lo hacen los héroes al borde de la muerte y durante un segundo fugaz se ilumina por dentro y por fuera y se convierte en lo que soñaron sus padres que sería algún día. La dignidad, amigos míos, es el lujo de los pobres y lo que redime a los esclavos y permite que aliente la esperanza. La dignidad se esconde en la mirada airada de don Mercurio cuando se rebela y se resiste a ser troceado como un chorizo, a ser desmochado para que un príncipe aprenda a ser cruel. No hay nada más sublime en este mundo que los escasos momentos de dignidad de los indignos. En esas pequeñas resistencias, en esas batallas minúsculas perdidas de antemano que afloran de vez en cuando en el ánimo de los miserables aparece la dignidad como una flor en un estercolero. La dignidad es un bello vestido que lucimos por dentro, el hábito con el que tapamos los mondongos y entretelas y la púrpura que nos indica que no todo está perdido. El ángel no ha muerto y nos lo hace saber con su mensaje y se agazapa durante unos instantes en nuestra anatomía, va de pobre en pobre, salta de mísero en mísero para no caer en manos de los poderosos y aunque no dice nada sabemos que nos habita por el valor que nos presta, por la majestad que nos cede durante unos instantes. El ángel deja un reguero de héroes a su paso; casi siempre un reguero de héroes mutilados, maltrechos o muertos.
Doña Alonsita, al terminar su parlamento, hacía una leve inclinación de cabeza y los asistentes aplaudíamos durante unos breves instantes. La emoción nos paralizaba y aunque aquellos discursos eran considerados como una representación teatral, todos nos quedábamos fascinados y al mirarla su presencia aumentaba de tamaño y se hacía descomunal. Mi padre, don Miguel de Cervantes, temblaba como una hoja a merced del viento, el profesor Quevedo miraba al cielo conmovido, don Vilian exclamaba: ¡Oh, señora, qué bello monólogo!, y todos nos recogíamos a nuestros aposentos con esa tristeza que producen en el alma las verdades redondas de los cómicos de la lengua. Sólo el Rey se quedaba enfurruñado, hosco y como ausente; perdía la alegría de perdulario y recuperaba el gesto desabrido de los poderosos, se rascaba inquieto la cabeza, comprobaba si tenía algún piojo y el color de los ojos se le aceraba hasta parecer los ojos de una fiera. Yo no sé qué cavilaría aquella cabeza suya pero el hombre bizqueaba como dicen que lo hacen los filósofos cuando en su deambular por la mente se encuentran una puerta cerrada. Yo lo observaba a distancia y con horror y él, el día del monólogo de la dignidad, después de las felicitaciones y los vivas, sorprendió mi mirada y con un gesto requirió mi presencia. Acudí a su lado zalamero, le sonreí y le pregunte qué le había ocurrido. El musitó un "no lo entenderías Manolito" y después me observó con atención, se metió la mano en el bolsillo y sacó una llave, un pañuelo arrugado y pringoso y una manzana mordida, me entregó la manzana, como si fuese una moneda de oro y me guiño un ojo y me hizo otra vez la pregunta fatídica, la que me causó más tarde la ruina y el desconsuelo: "Dime, Manolito, hijo mío, ¿te gustaría ser algún día el traidor del rey?
¿Que cuándo comenzó mi profesor de matemáticas su brillante carrera de escritor? No lo sé muy bien, pero por aquella época sería. Doña Alonsita, que se estaba convirtiendo en santa, hablaba a su clientela del valor, de la bondad de los simples, de la ternura que se refugia en los gestos, de la caridad de las coimas que yacen con los tullidos y los tontos de capirote para que el gusto les llegue a los que viven al otro lado del espejo y don Francisco tomaba notas y emborronaba cuartillas, porque él era un enamorado sin suerte y las palabras de doña Alonsita le servían de consuelo, eran como un bálsamo para su corazón atribulado. Una tarde dejó olvidado un escrito encima de una mesa y yo lo leí de corrido y en la memoria lo tengo grabado desde entonces. Era su primera creación sobre la ciencia matemática, disciplina de la que era mi tutor y guía, su primera invención. ¿Quiere vuesa merced que se la recite de un tirón? Acérquese, acérquese, hermana Margarita y se la contaré al oído palabra por palabra. No sea tímida y quítese la toca, que ningún daño le puede hacer este impedido, esta caricatura de hombre. El parlamento de mi señor y maestro don Francisco de Quevedo, decía así: Más allá del infinito, al otro lado de la eternidad, está el cero, que es la o de los matemáticos, la letra por donde se comunican los contables y los poetas, el número por donde salió de la venta don Amadís, cabalgando animoso a la hora incierta del alba y por donde se irá para siempre la sin par Palencianita de don Vilian, para instalarse en el misterio doblemente misterioso de los personajes inventados por seres de ficción, de las desdichadas criaturas de papel que nunca llegarán a saber si son lo que no son o son lo que parecen. Los poetas aman el cero aunque le hagan sonetos al infinito, simplemente porque el ocho durmiente es una nada más lejana y remota que decimos que llegará algún día, pero que en el fondo esperamos evitar con un truco de última hora, porque, como dice la Quijana, la muerte respeta a los inocentes, pasa de largo ante ellos y se olvida de los almadecantaros y se lleva en volandas a los que se burlan de los angelitos en pelota, a los que escupen a las alturas y desprecian a las autoridades celestiales. El abuelo Dositeo aseguraba que la muerte es una venganza de las ánimas del purgatorio que como se aburren les gusta joder la marrana. El cero es una nada más cercana y familiar, la muerte sin maquillaje, un infinito poco viajado, la eternidad recién estrenada. Nunca habría consentido ocuparme de la ciencia matemática si no tuviese la seguridad de que el cero estará siempre a mi lado, junto a la pluma y el tintero, ronroneando como un gato. Parece una tontería pero a mí el cero me da seguridad, me reconforta y entre tantos números hostiles, en esta fiesta de gentes desconocidas, de políticos corruptos, de cursis poetas que no la hincan, de prosistas de un libro único y malo, de señoras fofas y de niños repulsivos que se meten el dedo en la nariz, aparece la cara conocida del amigo del alma, la primera letra de la infancia, el primer recuerdo cultural. "¡Tú aquí!", exclamamos con lágrimas en los ojos y le abrazamos con la alegría de entonces, después de tantos años de ausencia. "¡Mira, amor mío, es la o!", gritamos sin ningún recato, y después aclaramos a la mujer amada que gracias a la o entramos en el alfabeto y en la vida, conocimos la literatura y nos enamoramos para siempre de las largas palabras del sur, que repetimos obsesivamente hasta quedarnos dormidos: damajuana, alacena, alelí, palabras todas que no tienen la o en sus entrañas, pero que tienen un cero invisible a su izquierda, que es como una mágica que sirve para invocar el sueño: alelí, alacena, damajuana. La o aquella que aprendimos a hacer con un canuto y cuyo retrato mandaremos hacer a don Diego de Velázquez para que nos acompañe y envejezca con nosotros, la misteriosa vocal que se mezcla y se confunde con los recuerdos de nuestros hijos vestidos de primera comunión y de nuestros mayores muertos. La o aquella que nunca fue cero, pero que, a fuerza de parecerse, se tratan a la postre con la familiaridad de los parientes, como primos, y si la letra le prestó al número el desgarro literario del cante jondo, que es cuando el alfabeto se asoma al infinito, el cero le dejó a la o la hondura del pozo negro de la nada, que es cuando las matemáticas se hacen más humanas y literarias. Sé , sí, que todo es un engaño y que tarde o temprano habrá que irse y que el cero, como no vale nada, produce el vértigo del carrusel de pueblo, el mareo de la borrachera veraniega. Cuando se mueren los poetas el cero se disfraza de o para hacer más llevadero el trance y los trata con consideración y afecto y les dice las frases de rigor: "Tú no te marchas del todo; tú te quedas para siempre en las canciones". Y los poetas, incluso los malos poetas, los ripiosos, los poetas viejos y caducos, los poetas de la caspa y del panegírico, los que hicieron la oda del virrey del Perú, el madrigal del ministro, el soneto a la belleza rampante de la primera dama, los asquerosos poetas de la autoridad competente, se van a la nada del cero por el agujero de la o, se van a la literatura y al prodigio, porque incluso en los peores poetas del mundo se esconden los mejores versos del universo. ∆

   

   
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Última revisión: agosto 26, 2008. 
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