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 CAPITULO VI. MIS PADRES, LOS POETAS MALDITOS

 

Las mañanas en la casa de la Quijana eran felices y plácidas pues las casas de lenocinio son remansos en paz y hay horas que se parecen más a conventos de clausura que a lugares de sexo y regodeo.


EL FOLLETON DE LA QUIJANA
 CAPITULO VI. MIS PADRES, LOS POETAS MALDITOS
POR JOSE MANUEL VILABELLA // ILUSTRACIONES: NESTOR

Mis padres los poetas malditos, los memorialistas perdularios que se ganaban la vida escribiendo instancias y haciendo peticiones al rey de España, me daban sabios consejos para que fuese el día de mañana un hombre de provecho y un bufón bueno y trabajador, un hazmerreír como Dios manda. Don Miguel de Cervantes me enseñó con paciencia y una vara de fresno a leer de corrido. El fue el responsable de mi formación humanística y dejó en manos de don Francisco de Quevedo, a la sazón poeta hambriento y desdichado aprendiz de caballero, la enseñanza de la ciencia matemática y los rudimentos de álgebra y geometría que de tanto provecho me serían en el futuro. La vara de avellano nunca la aplicó sobre mi breve anatomía el bueno de don Miguel, pero me amenazó con ella con tal ferocidad, con gestos tan convincentes, que aprendí a leer de corrido y a escribir con estilo y cierto donaire y a los seis o siete años me pasaba las horas muertas leyendo los libros que mis progenitores habían compuesto y que se malvendían en las imprentas y librerías de Madrid.
Don Miguel, a quien yo llamaba papá con zalamería, era un viejecito estrambótico y huraño, malhumorado y propenso a la melancolía, que tenía fama de ser un hidalgo pobre y un literato plúmbeo, autor de prosas insufribles. "Eres más pesado que el autor de La Galatea", decía la canalla cuando quería poner un ejemplo o verbigracia. El señor de Cervantes hablaba mucho y bien de la guerra, de la ferocidad del turco, de las obligaciones que todos tenemos con la patria y demasiado y mal de mis otros padres los poetas ripiosos don Lope de Vega y Carpio y el clérigo y laberíntico señor Góngora, vate difícil y retorcido que nunca entendí del todo y al que también amé, a pesar de sus coscorrones, de sus pellizquitos de monja y de sus largos parlamentos morales. Don Miguel era un hombre bondadoso y tierno, un hombre que quería a las personas y a las cosas, que se encariñaba con los sitios y amaba los rincones de la casa de la Quijana, a la que él consideraba como su segundo hogar pero en el que vivía permanentemente como si fuese el primero o, acaso, el único. Era hombre de querencias y de costumbres fijas, muy rutinario y observador y su bondad no se percibía fácilmente; para entenderle había que dedicarle tiempo y su estudio requería encaramarse a un observatorio alto y lejano para poder asomarse a sus ojos azules con la paciencia del que se asoma a un balcón y mira desde allí, sin prisas, el paisaje de un alma atormentada; salía entonces fugazmente el otro yo del amargo literato, la timidez del lisiado que ha viajado demasiado por el mundo y la vida, que ha amado sin ser correspondido, comerciado sin provecho, escrito sin éxito; aparecía el hombre que atesora, a su pesar, la sabiduría del que se ha hecho marinero a base de naufragios. Don Miguel naufragaba en todas las singladuras que emprendía y fracasaba en todas las empresas que afrontaba. El fracaso era su carta de presentación y el secreto de su galanura; el desastre era su compañero y su sombra, su hermano siamés, el que le miraba a los ojos desde el otro lado del espejo.
Don Miguel nos quería a todos: a la Quijana, a Jesusita, a Maribola, a mí y al Rey de España. Quería a Felipe IV cuando el Monarca cruzaba el pasadizo vestido con batín y calzado con pantuflas y de riguroso incógnito, cuando llegaba sin peluca y sin dientes, con los bigotes lacios y el pelo enmarañado y decía a gritos que venía a beber un vaso de vino tranquilo y no quería aspavientos y parabienes pues era sólo un súbdito de sí mismo, un ciudadano más de la Villa y corte. Insistía entonces en que nadie le recordase quién era y, para camuflarse mejor de las miradas y oídos indiscretos, en lugar de don Felipe o Su Majestad le teníamos que mentar por el nombre de señor Zacarías y simulaba ser un tratante de ganado porcino. En aquellas ocasiones el rey y el escritor se sentaban juntos y charlaban distendidos y como dos viejos camaradas. A los dos les importaba lo que se diría de ellos en los siglos venideros y cómo los trataría el futuro. Felipe IV, cuando se sinceraba con su amigo Cervantes, le confesaba que le quitaba el sueño la dichosa Historia y sus juicios lapidarios y don Miguel le respondía que para un escritor lo peor era la indiferencia de las gentes y el desdén del tiempo.
-Es muy duro, don Miguel, actuar sabiendo que te vigila el porvenir, que incluso cuando estás encamado con una hembra placentera te está mirando la Historia por un agujerito, que no deja de observarte esa mujer chismosa y malévola que te juzga a cada momento, que todo lo apunta para contárselo a las generaciones del futuro. Cómo me gustaría ser el señor Zacarías de verdad, entender de cerdos y hablar de jamones con mis compañeros de oficio; qué dichoso sería si pudiese ser un hombre simple y decente, esfumarme sin dejar ningún rastro de mi paso por la vida; desaparecer y encontrar acomodo en la nada, consuelo en el vacío. ¿Qué dirán de mí los siglos venideros? ¿Compararán el reinado de Felipe II con el mío y opinarán que soy un mequetrefe? Tal vez algún historiador siga mis pasos, analice mis actos y revuelva mis papeles y me llame perillán y botarate, personaje nefasto, mal amigo, rey perverso, padre injusto. Tal vez me pudriré en el infierno por haber matado o por haber mandado matar a otros, por asesino. ¿Qué será de mí, Miguel de Cervantes Saavedra, dime, qué será de mí?.
Cervantes le escuchaba y se condolía de las desdichas del Rey, afirmaba con la cabeza y musitaba un "claro, claro", que tenía vocación de bálsamo porque, aunque el suyo no era el mismo caso, él también vivía mirando de reojo al porvenir y tenía, a pesar de sus harapos y precisamente por su triste figura, maneras de príncipe y aires de grandeza.
-Le entiendo, Majestad, le entiendo muy bien porque a mí me ocurre lo mismo, precisamente porque me sucede lo contrario. Usted, señor, quiere irse de las crónicas y yo pretendo entrar en ellas; la Historia es para vuesa merced una amenaza y para mí un objetivo imposible; a su señoría el tiempo le sobra y a mí me falta; sus criaturas, sus súbditos, son de carne y hueso y se van de este mundo maldiciendo el nombre y el apellido de sus capitanes, de sus corregidores, de sus reyes, y las mías son de papel y se van al más allá ignorando quién las ha parido. ¿Sabe usted lo que dice a mis espaldas mi escasa clientela? Me llaman solemne y denso, dicen que aburro a las piedras, me acusan de ser un fracasado y mis libros nadie quiere leerlos. ¿Sabe su majestad cuántos manuscritos inéditos tengo esperando a que aparezca un loco que quiera publicarlos?
A pesar de las conversaciones amargas de mis padres adoptivos, las mañanas en la casa de la Quijana eran felices y plácidas pues las casas de lenocinio son remansos en paz y hay horas que se parecen más a conventos de clausura que a lugares de sexo y regodeo. La paz de Dios y la placidez de los monasterios también se consiguen a veces en los lupanares, tanto que el ocio de las meretrices se parece a la meditación de los monjes. Las pupilas salían al patio con la cara lavada y se estiraban como lagartos al sol. Sin afeites ni potingues aquellas mujeres eran más bellas todavía y don Francisco de Quevedo y yo las mirábamos embobados y nos decíamos que en todo el universo por mucho que se buscase no había cara más angelical que la de Babianita, ni elegancia natural como la que tenía doña Palencia cuando se ponía las medias negras y su amante Vilian Siesper la miraba embobado y le dedicaba un poema escrito en la extraña lengua de los normandos. No había perfil como el de doña Roberta, ni manos como las de Mercedes, ni cuerpo como el de Jesusita la Gallega.
Había días en que el sol rebuscaba en todos los rincones del edificio y se colaba por las ventanas para curiosear en los cajones y en los armarios y entonces en aquel cuartel de mujeres sonaba el zafarrancho de combate contra la suciedad y la miseria y a todos nos nacía en el corazón el ansia de limpieza. Se ponían a calentar perolas de agua y del almacenillo se sacaba la bañera de bronce bruñido recubierta de porcelana. Doña Alonsita, que se sentía generosa, cedía tres pastillas de jabón de olor procedente de Flandes y Sagrario abría el garrafón de agua de colonia que olía a danzón cubano, a música de las Américas, y todos nos metíamos en aquel baño tibio para librarnos de la roña y de la melancolía de los fríos. Los poetas se desnudaban primero y se ponían a macerar al bañomaría para ir soltando el jugo de los malos humores, para reblandecer la mugre y las miserias del oficio literario y después entraba el Rey de España, en pelota picada y de riguroso incógnito, y las putas, por último, se metían una a una en la inmensa bañera, dando grititos y diciendo finezas, y el agua jabonosa se derramaba por los bordes entre risotadas, canciones y comentarios picantes. Aquello era la gloria. Nos lavábamos a nosotros mismos y restregábamos a los demás con suaves esponjas procedentes de lugares lejanos. Estábamos todos juntos allí metidos en aquella bañera que parecía un bergantín, en aquel barquito de agua rodeados de tierra firme a merced de las tormentas de secano que tanto ahogan y descalabran y tantos naufragios y víctimas producen. Aprendí el arte de navegar y la filosofía de las tormentas en aquella lancha de bronce bruñido recubierta de porcelana; allí me nació la vocación de marino y el ansia de aventura y cuando después recorrí los siete mares conocidos y arribé a los puertos más lejanos e ignotos, recordé con frecuencia que el asombro y el pasmo de lo desconocido está siempre en la infancia, que los ojos de los niños transforman la realidad y convierten a los gorriones en gaviotas, las bañeras en bergantines, las olas de agua y jabón en tempestades y las putas y los poetas al sol en disciplinada marinería. Soñaba con crecer y hacerme navegante, y ahora que lo soy y que no termina nunca mi viaje, imagino, cuando cierro los ojos, que las gentes vociferantes que me rodean son las personas a las que tanto quise y que detrás de ese horizonte odioso que juega con los viajeros y les engaña hasta hacerles perder la razón, está la belleza de Jesusita la Gallega, la alegría ruidosa de Felipe IV el rey de España y la cara bondadosa de mi padre don Miguel de Cervantes que me mira con gesto ceñudo, me amenaza con la vara de fresno y tal vez me pregunta: "Dime, insensato, ¿en qué has empleado el tiempo? ¿Cómo has invertido los talentos que te dejé en herencia?" ∆

   

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Última revisión: abril 17, 2008. 
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