
Los modelos de hombre y de
mujer que absorbemos gracias a esa estupenda publicidad subliminal que son
las canciones del verano nos retrotraen a tiempos que no desearía yo
volver a ver. |
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LA CANCION DEL VERANO
POR MARTA F. MORALES
E stando en plena época estival, en
estos momentos de dietas de urgencia, carnes que empiezan a tostarse,
paellitas a la vera del mar y noches de rebeca y paseos, me he puesto a
pensar en ese misterioso fenómeno de cada año: la inefable "canción del
verano". Si echan ustedes la vista atrás, se darán cuenta de que es tan
indispensable en vacaciones como las fotos de Aznar en Oropesa, del
Juancar y Sofi en Mallorca o de Ana Obregón a la orilla del Mediterráneo.
No hay julio sin canción machacona ni agosto sin baile absurdo. No hay
verano sin disco recopilatorio con muñecas en bikini en la portada ni
vacaciones sin nuevo grupo o solista de moda pasajera.
Y todo eso estaría muy bien (si seguimos comiendo ensaladilla rusa en
mesas plegables sobre la arena, ¿por qué renunciar a otras tradiciones
patrias?), si no fuera por las letras. Sí, sí, esas canciones pegadizas
que parece que llevan ahí toda la vida tienen una letra que alguien
escribió. Una persona cobró por sentarse a cavilar estribillos tan
inteligentes como el "aserejé" o "eeeeh, Macarena, ¡aaaaaay!". Un
compositor, en algún sitio, tiene un copyright a su nombre que asegura que
el último éxito veraniego es suyo y de nadie más. Dudoso honor, pardiez.
No tengo yo nada claro que me hiciese ilusión que mi nombre y "mami, qué
será lo que quiere el negro" aparecieran en la misma frase (hombre,
depende del contexto, pero así en frío, creo que no).
Lo que a mí me tiene frita cual inglés en Benidorm no es que existan
canciones diseñadas sólo para el verano, sino que alguien cante cosas del
estilo de "debería estar prohibida, por cómo mira, por su movimiento
cuando camina" (un hombre inteligente me dijo una vez que esa era una
canción talibán, y yo creo que tiene razón); o esa tan bonita que dice
así: "que la detengan, que es una mentirosa, malvada y peligrosa...".
También hay mujeres que cuando quieren éxitos musicales (por llamarlos de
alguna forma) se ponen en este plan: "lerololeloleeee, sabes que estoy a
tus pies" o "toda, de arriba abajo, toda, entera y tuya, toda, aunque mi
vida corra peligro". Cuando acaben de tararear, lean despacio y piensen:
¿qué modelos de mujer nos venden estos imberbes recién inventados por las
discográficas? ¿Qué ejemplo dan estas macizas cantarinas a las
adolescentes que las admiran? Respuesta: control de los cuerpos femeninos,
castigos por tentar a los machos, sumisión, resignación y sensualidad
barata.
Ahora díganme si estos figurines de los escenarios veraniegos no tienen
más peligro que el PP disparando decretazos. Durante todo el año, pero
especialmente durante las vacaciones, la gente de este país sale mucho, va
de bares, entra en discotecas y está de cachondeo hasta altas horas de la
madrugada. Una parte importantísima de ese tiempo de ocio está acompañado
de música de fondo del tipo que les acabo de describir. Quiera una o no
quiera, termina por saberse las cancioncitas de Raúl, de Shakira y hasta
de George Dann si me apuran. Se nos cuelan en el cerebro a base de
repetirlas y asociarlas a determinados bailes, ciertos sitios o gentes con
quien nos gusta estar. Se instalan en el subconsciente y se encuentra una
con que una mañana de septiembre, cuando los niños ya están en el cole, se
levanta tarareando el enésimo éxito de David Bisbal (no rezaba yo el Ave
María desde primaria).
Si a las adultas y adultos se nos clavan en el coco las canciones, no les
digo nada a las adolescentes y muchachitos púberes que pueblan plazas,
piscinas y botellones. Las quinceañeras seducen a sus compañeros del insti
susurrándoles al oído que son suyas aunque su vida corra peligro
(demasiadas mujeres maltratadas se identificarían con esa canción, me
temo). Los aprendices de macho ibérico aparcan sus cuerpos serranos en las
barras y examinan el ganado a ritmo del "debería estar prohibida". Tienen
visto estos ojitos que se va a tragar la tierra hasta una niña de cuatro
años que se sabe de memoria el baile del hombre por excelencia, el modelo
al que todos quieren aspirar: Chayanne, ese torero que se deja el alma en
el ruedo y no le importa lo que venga si te das por enterada de que te
quiere cantidades industriales.
Los modelos de hombre y de mujer que absorbemos gracias a esa estupenda
publicidad subliminal que son las canciones del verano nos retrotraen a
tiempos que no desearía yo volver a ver. Momentos de relaciones
desiguales, mujeres que sólo pueden ser vírgenes ("Ave María") o putas
("que la detengan"), Evas tentadoras ("atrévete, sedúceme, soy lo mejor
que va a pasarte"), hombres muy hombres (toreros y similares), control
masculino ("debería estar prohibida"), juegos sexuales con mujeres objeto
(¿recuerdan el baile de la botella?) y hasta animales a los que imitar en
el indeseable camino hacia atrás en la igualdad (hay un baile del perro y
otro del gorila). Pensando en ello en este verano que avanza inexorable,
se pone una filósofa y no puede dejar de preguntarse con amargura dónde
estará el bendito tractor amarillo. ∆
e-mail:
martafmorales@hotmail.com
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