
Doña Alonsita era una puta antigua y
una mujer misericordiosa y caritativa, una puta de una familia de raigambre
putero, de una vieja casta puteril. Doña Alonsita era la Quijana XIV, título
que llevaba a veces con orgullo y a veces con desconsuelo.
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CAPITULO II -
EL DESPERTAR EN LA CAMA DE JESUSITA ERA LO MAS PLACENTERO QUE ME HA OCURRIDO
EN LA VIDA
POR JOSE MANUEL VILABELLA //
ILUSTRACIONES: NESTOR
El
despertar en la cama de Jesusita era lo más placentero que me ha ocurrido en
la vida. Si aquello no era la felicidad se le parecía mucho. Un rayo de luz
pugnaba por abrirse camino entre los visillos, hacía esfuerzos para
traspasar los cortinajes adamascados y yo, que le observaba bien arropado
desde la cama y aunque sabía por experiencia que terminaría por desgarrar
las telas y colarse en la habitación llenándola de luz, asistía admirado a
la lucha del sol, a la derrota de la sombras, y cuando la claridad lo
inundaba todo y de puntillas se acercaba a la cara de Jesusita y le
acariciaba los párpados, me hacía el dormido para espiar su despertar, para
verla cómo se desperezaba, cómo estiraba los brazos y las piernas, cómo
saltaba de la cama y se lavaba en la jofaina y se peinaba delante del
espejo. Qué feliz me sentía cuando ella se acercaba al lecho, me desarropaba
de golpe y exclamaba: "¡Arriba perillán! y me daba en la mejilla un beso que
sabía a café con leche y a tostadas con aceite y ajo. ¡Cielos, cómo la
quería entonces, cuánto la quise siempre y cómo la quiero todavía!
La Gallega era la princesa de la casa pero la reina era doña Alonsita la
Quijana, patrona y dueña, madama e inspiradora del lugar. Doña Alonsita era
la que seleccionaba las pupilas y los clientes, la que echaba a los
borrachos y administraba los dineros de toda aquella legión de sirvientes,
músicos, criados, cocineros, despenseros, guardas, mendigos y huérfanos que
vivíamos recogidos y a expensas de ella en la casa de lenocinio.
Doña Alonsita era una puta antigua y una mujer misericordiosa y caritativa,
una puta de una familia de raigambre putero, de una vieja casta puteril.
Doña Alonsita era la Quijana XIV, título que llevaba a veces con orgullo y a
veces con desconsuelo:
-En España, Manolito, la que manda es la tradición y aquí lo que se es viene
de familia y llega de lo más oscuro del tiempo, de la dichosa historia. Se
es soldado, torero, trasquilador, poeta, pintor, pescador, dramaturgo,
descubridor, cura o marinero porque lo manda el otrora y lo exige el uso y
las costumbres del lugar. Si pudieses bucear en el pasado de tu familia
encontrarías agazapados veinte o treinta enanos, dos docenas de honrados
bufones que saben hacer bien su trabajo, cómicos que hacen reír a costa de
sus manquedades, de sus deformidades heredadas. Aquí la casta, la familia,
es lo que más pesa y nadie puede renunciar al pasado ni librarse de su
destino. Doña Alonsita me hacía sus confidencias cuando nos quedábamos solos
en su inmensa habitación y yo le auxiliaba con sus tarros de cremas y
afeites. Como entonces era espabilado y curioso y sabía moverme con rapidez
por el enorme dormitorio conocía mejor que ella dónde estaban las pelucas y
las cajitas de las pestañas, en qué frasco se guardaba el ungüento que
disimulaba los siete surcos de las patas de gallo y el lugar exacto donde
estaba el cofre de los pincelillos, donde se guardaba la cajita de los
lunares postizos, los senos de quita y pon, las pestañas de marta cibelina,
el cubrecalvas y los disimulamellas.
La Quijana, que habría cumplido los ochenta años por aquel entonces,
aparentaba cien o ciento veinte si se arreglaba con esmero y se vestía con
sus mejores galas, con aquellos trajes emperifollados, llenos de lazos,
cuajados de capullos de rosas de tela. Doña Alonsita se ponía años para
acrecentar su leyenda y recibir dignamente a las gentes que venían de
lejanos lugares para hacer peticiones al Rey de España. Presidía con
desgarro y seriedad el otro lado de la justicia, la parte de atrás de los
tribunales. Se sabía en el imperio que cuando don Felipe IV decía no y mil
veces, no, cuando el Rey daba el no definitivo y final a las demandas de sus
súbditos, cuando juraba por sus muertos que bajo ningún concepto cambiaría
de opinión y que su negativa era firme como una roca, la última esperanza de
trocar el no por el tal vez y el tal vez por el sí era la intercesión de
doña Alonsita la Quijana, la puta que según la creencia popular había
cumplido trescientos años y que había abogado en el pasado por los
desheredados sin fortuna.
-Gracias a doña Alonsita, que se entendía con Fernando el Católico, don
Cristóbal consiguió los dineros para el descubrimiento y hoy las Indias se
llaman las Américas como su propio nombre indica. -se comentaba, entre la
admiración y el temor, por todo el imperio.
La Quijana, que digo yo que tendría ochenta años por aquel entonces, y esa
edad la colijo porque como yo era su vestidor se desnudaba delante de mí sin
pudores y sus pingajos, pellejos y magras nalgas no llegaban al siglo aunque
les faltase poco para cumplirlo, fingía que tenía tres siglos y trabucaba
recuerdos que habían pertenecido a su madre y abuelas, las otras patronas
del establecimiento, las trece Quijanas que le habían precedido en el cargo.
La Quijana era mocita y entera pero eso sólo se lo confesaba a los íntimos.
Había conservado el virgo más que por pudor por pereza y como era algo
abúlica había dejado su desfloramiento de un día para otro y la vejez, que
llega sin avisar sembrando inquietudes y recuerdos, la había sorprendido
compuesta y sin novio, regentando una casa de lenocinio sin haber conocido
varón, sin que unos labios rozasen su piel, ignorándolo todo de ese mundo
misterioso y enigmático que las gentes llaman la pasión, los amoríos, los
apetitos desordenados, la carne, el vértigo.
-¿Y qué se siente y cómo es el placer? -preguntaba a sus pupilas con mucho
interés. Y cada una le describía el amor según le había ido en la vida: "Es
un tormento que no tiene fin". "Es un tobogán que desemboca en el infierno".
"Es como juntar todos los placeres, hacer con ellos una bola y echarla a
rodar escalera abajo".
La Quijana lo anotaba todo en su diario con una letra diminuta, de
pendolista, y a veces se quedaba ensimismada y se preguntaba para su coleto:
¿Cómo será eso de la pasión? y otras exclamaba desengañada: ¡La jodienda no
tiene enmienda!, que era lo que opinaban los filósofos, los historiadores y
los políticos que se estrujaban el magín estudiando España y a los
españoles.
Doña Alonsita hablaba del Almirante, del Emperador Carlos, de don Hernán
Cortés, de los Pizarro y de Lepanto como si lo que contaba hubiese sucedido
ayer:
-Hernancito Cortés se fue a las Indias para huir de un amor contrariado. Era
un chico culto, muy preparado, estudiante de leyes en Salamanca; extremeño
él, de gentecita bien de Medellín. Conquistó Méjico y amasó un capital, pero
siempre fue cortito y tímido y se cagaba por la pata abajo si se tenía que
encamar con hembras de tronío. Sentado en esa butaquita y tembloroso como
una hoja al viento lo tuve una noche hace más de cien años. El pobrecito
creo que murió en Africa batallando con el moro, en una guerra pequeña y
tonta...
Todos los días llegaban a Madrid, a la capital del Reino, docenas de
personas con la pretensión de conseguir el favor del monarca. Venían
cargados de cartas de recomendación para unos y otros pues antes de que
Felipe les concediese audiencia tenían que contarle sus cuitas a políticos,
clérigos, empleados de Palacio, miembros de la familia real. La actividad
era incesante y los pendolistas no dejaban de escribir instancias y
memorandos. Las cosas en Palacio iban despacio y si para conseguir el sí
había que echarle tiempo e invertir una fortuna, para conseguir la última
negativa había que gastar un buen dinero y paciencia, mucha paciencia. El
fracaso de los solicitantes llevaba casi siempre aparejada la ruina y, en
ocasiones, antes de ser recibidos por personas principales, tenían que
desistir de sus pretensiones y volverse a su lugar de origen por falta de
recursos.
Los demandantes pululaban por Madrid y se eternizaban en las salas de
espera; sus semblantes se iban tornando macilentos, sus ropas se ajaban y la
mirada se perdía en el horizonte; se iban quedando tristones y modorros,
melancólicos y desaseados; sentían el peso de España sobre los hombros y
tarde o temprano entretenían la espera en lupanares y casas de lenocinio
jugando a las cartas y enamorándose de busconas a las que ponían casa, mesa
y mantel y con la que formaban una familia, que el ocio acompañado de la
desesperanza es el más cruel de los trabajos.
Vilian Siesper el Inglés decía que naufragó en Madrid y allí se quedó para
olvidar el mal de amores que padecía. A la villa y corte le trajo una
tempestad de ginebra, un aguardiente de caña de las islas británicas que se
parece vagamente al licor que destilan por Galicia. Hizo el viaje don Vilian
a lomos de la borrachera, navegando por caminos vecinales, inconsciente y
adormilado, quizás cantando, posiblemente pasajero de bergantines, carros y
carretas, a lomos de mulas resabiadas y de pollinos dóciles. Don Vilian se
durmió una noche en Londres y despertó una mañana en Madrid seis meses más
tarde y seis años más viejo. Abrió los ojos y se sintió diferente: tenía una
barba poblada que le llegaba al pecho y una enmarañada cabellera rubia que
descansaba sobre sus hombros. Se levantó y al mirarse al espejo tardó en
reconocerse: se parecía a su padre, era el vivo retrato de su progenitor
mister Vilian Siesper Senior, desaparecido treinta años atrás en una
tempestad del Canal de la Mancha.
-¡Papá! -exclamó el Inglés con emoción y se dirigió al cristal para fundirse
en un apretado abrazo con el náufrago.
Doña Palencia, que observaba desde la cama las idas y venidas del inglés,
sus avances y retrocesos, procuraba pasar desapercibida y se tapaba
discretamente con la sábana. Don Vilian se percató de su presencia y
preguntó con tono feroz:
-Who are you?
Y cuando la pobre se destapó y le miró a los ojos, el inglés se llevó las
manos a la cabeza, se le aflojaron las piernas y antes de caer desmayado
exclamó:
-Leticia, my love!. ∆
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