
Existe un programa
internáutico que permite subir al Everest sin salir de casa. Aunque si
pagas medio kilo te suben los sherpas en volandas, virtualmente seguro y
sin riesgos.
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LA VIDA MISMA
POR ELENA F. VISPO
Existe
una página web que permite a los novios saber, con un año de
antelación, si el día de su boda va a hacer buen tiempo. De paso, pueden
contratar el envío de huevos virtuales al convento de las Clarisas. De
este modo las monjitas prepararán pasteles virtuales durante un año, y
los comensales se hincharán a postres en el banquete nupcial, que será
al aire libre, ya que virtualmente lucirá el sol.
Existe también un programa internáutico que permite subir al Everest,
desde el campo base hasta la cima del mundo, sin moverse de casa. El que
así lo hace es porque quiere y le sale más barato, porque si pagas medio
kilo te suben los sherpas en volandas, virtualmente seguro y sin riesgos.
Si no fuera porque las montañas, especialmente las de ocho mil, son
caprichosas con esto del tiempo y a veces se forman tormentas que no
avisan. Pero si te pilla una borrasca en el Everest es que eres tonto, con
lo fácil que sería pasar antes por el portal virtual de los novios y ver
qué tiempo habrá el día del ataque a la cumbre.
Pocos novios van al Everest de viaje de bodas, porque es muy cansado. Los
recién casados como Dios manda, tras tomar cantidades ingentes de sal de
frutas, repuestos ya del atracón virtual de las yemas de Santa Clara,
habrán contratado por Internet su viaje a las islas Seychelles. Mirando
antes el servicio metereológico virtual, no sea que se les dé por
casarse en época de monzones y en España luzca un sol virtualmente
nupcial, pero una vez en las Seychelles se les caiga el cielo encima.
Dentro de su felicidad virtual habrá que poner una nota de realidad, ya
que el viaje incluye una noche en el aeropuerto y la pérdida de maletas
en Barajas. No es tanta tragedia, porque se supone que en las lunas de
miel uno no sale de la habitación del hotel y le hace falta poca o
ninguna ropa. Si acaso, una camiseta para salir corriendo cuando el
monzón eche abajo el edificio, cosa que por supuesto no ocurrirá, porque
si bien el clima no respeta a los montañeros, no suele meterse con los
tortolitos que planean las cosas con un año de antelación.
Sin salir de la habitación, igual que sin salir de casa, puede uno tener
sexo virtual o sexo real. Para el primero hay unos aparatitos que se
colocan en salva sea la parte y se ocupan de la estimulación
electro-mecánicamente. Da un poco de grima, pero nadie ha dicho que
casarse sea fácil.
Después del virtual acople de la nueva pareja, es posible que nazca un
cyberbaby o similar. Sus virtuales padres le cuidarán, le mimarán, le
pagarán la matrícula de la universidad virtual, y le alimentarán a base
de los pasteles de Santa Clara que hayan sobrado del banquete de bodas.
Para bajar los quilos, un buen día subirá el Everest desde el campo
base. Con sol, claro.
Mientras tanto, los novios viven en una casa estupenda, montada con todos
los regalos virtuales de los amigos y familiares, que han seguido al pie
de la letra la lista de bodas que en su día colgaron en Internet. La vida
es virtualmente perfecta, trabajan en casa y el jefe les echa las broncas
por videoconferencia.
Un buen día, uno de los dos cónyuges tiene el mal gusto de morirse.
Confiemos en que antes haya pasado por la web del Vaticano y haya recibido
un e-mail con la absolución a todos sus pecados virtuales. Sus seres
queridos le llorarán por siempre, y cada uno de noviembre dejarán flores
en su tumba virtual. El viudo, desesperado, entra en uno de esos foros on-line
para familiares de fallecidos y conoce a una viudita de buen ver, de
manera que se plantea una nueva boda. A la familia le parece bien,
especialmente al cyberbaby, que ya no es tan baby sino que se ha metido en
una ONG antiglobalización y se ha buscado un rollito con una prima de
Lara Croft.
Así que de nuevo la boda se programa con un año de antelación, buscando
el día más proclive a que luzca un sol virtual. Avisando a los amigos
con tiempo, éstos se verán en la difícil tesitura de asistir a la boda
por compromiso o aprovechar el buen tiempo para irse a subir el Everest.
Los anticiclones en montaña son muy apreciados.
Yo creo que Montesdeoca no es consciente de esta historia cuando nos da el
parte meteorológico de las cuatro menos diez. Ni Juanito Oiarzábal, que
casi pierde la nariz por congelación en la montaña más alta del mundo.
También pienso que hay formas y formas de vivir, virtuales y reales.
Allá cada uno.
Pero en cuanto a predecir el tiempo con un año de antelación, permitidme
que me ría. Ja, ja, ja.
Y ja. ∆
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