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PSICOLOGIA Y SOCIEDAD

 

No puedo entender ni perdonar que una niña sea ultrajada desde sus inocentes siete años por la persona que más debía protegerla.

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EL VIOLADOR EN CASA
POR RAQUEL BUZNEGO (PSICOLOGA)

Yo ni siquiera los conocí, vivían a unos quinientos metros de la casa de mis padres, en una aldea cualquiera. Habían llegado a ésta hace aproximadamente un año para trabajar en una ganadería. Eran una familia normal, aparentemente, gente trabajadora y muy unida. Los tres, padre, madre y niña iban juntos a todas partes.
Pero un día, la niña, de once años, se puso enferma y acudieron al médico, la mujer que la llevó, aquella para la que trabajaban, no daba crédito a lo que allí se descubrió. La niña tenía una infección vaginal y confesó lo que ocurría. Su padre llevaba violándola desde hacía cuatro años.
La ingresaron en el Hospital y la noticia corrió por la aldea como un reguero de pólvora.
No pude dormir durante unos días, fue una pesadilla horrible, pensaba constantemente en la niña, en su angustia, en su horrible secreto y sobre todo no podía dejar de pensar en aquel hombre, aquel maldito que había destrozado la vida de su propia hija.
Tampoco cabía en mi cabeza que una madre no fuera capaz de darse cuenta de la situación y estaba, y aún estoy, indignada, triste y cabreada. Esas cosas pasan, pero una siempre cree que están muy lejos, que ocurren en familias trastornadas por las drogas u otras circunstancias, pero no así, al lado de una y en una familia de la que jamás nadie habló, salvo para bien.
Mi madre, que habló con ellas una vez que la niña fue dada de alta, supo cómo ocurrían los hechos. Cuando el padre iba a buscar hierba para el ganado llevaba a la niña, ésta no quería ir, pero la madre, que desconocía la situación, la animaba a acompañar al padre porque así terminarían primero y regresarían más pronto a su casa. La mujer también refirió que jamás lo hubiese creído, ya que era un hombre con el que jamás habían tenido ni la menor discusión, un hombre bueno y trabajador.
La niña dijo que se encontraba tranquila, en cambio yo aún no he podido tranquilizar mi rebeldía ante semejantes acontecimientos, porque no puedo entender ni perdonar que una niña sea ultrajada desde sus inocentes siete años por la persona que más debía protegerla.
Su propio padre ha destrozado, al menos, una parte de su vida, sólo tengo la esperanza de que una buena orientación le ayude a superar toda la amargura, la vergüenza, y quizá el miedo que habrá sentido durante los cuatro años que duró semejante infierno.
¿Por qué, a veces, las cosas son tan retorcidas, tan dramáticas, tan repugnantes? ¿Qué pasaba por la cabeza de ese padre para ser capaz de violar a su propia hija? No hay respuesta, ni puede haberla, de cualquier forma yo jamás la entendería.
Actualmente, él está en prisión y ellas en una Casa de Acogida. Quiero imaginar que la madre y la niña hayan encontrado la paz, quiero pensar que después de todo lo pasado comience la pequeña a sentirse libre, el tiempo y quienes las rodeen pueden hacer posible que lo que aún le queda de infancia sea para vivir intensamente, como corresponde a su edad, en un mundo de juegos, de ilusión y de esperanza. Quiero pensar que su madre jamás intuyó nada y que va a hacer un gran esfuerzo por colmar a su hija del cariño que merece, que esa niña sea rodeada por los fuertes brazos de una madre que también fue engañada por la vida, por el hombre al que eligió para ser su marido y el padre de su pequeña.
Pero también sé que, para desgracia de otras muchas niñas, en estos precisos momentos la historia se está repitiendo en alguna parte, porque en cualquier parte existen seres indeseables, depravados, inhumanos o quizá perturbados que no tienen el menor reparo a la hora de matar, violar o lo que se tercie. Sea cual sea la causa que les incite a hacer tanto daño solamente una cosa es cierta, que no pueden estar en libertad porque cualquiera puede ser víctima en sus manos.
¡Maldita sea! ∆

   

   
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Última revisión: octubre 27, 2008. 
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