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FEMENINO PLURAL

 

Cuando una mujer ha sido maltratada física o psicológicamente, cuando el hombre con quien eligió compartir su vida le grita, insulta, abofetea, muerde, quema, apuñala y viola, ¿de verdad alguien se cree que lo suyo es una relación igualitaria?


¿YA ESTA TODO HECHO?

POR MARTA F. MORALES

A algunos les gusta decir por ahí que en estos tiempos que corren ya no hace falta el feminismo. Que eso de las asociaciones feministas y los grupos de mujeres es cosa del pasado progre, como la moda hippy o la de quemar sujetadores. Dicen esas personas -muchos hombres, pero también alguna que otra mujer- que este siglo nuestro recién estrenado es la "era postfeminista". Y es que a algunos les gusta utilizar palabras largas, que suenen a culto y a enterado. Nos cuentan que ahora la igualdad ya no es un objetivo, porque está todo hecho: somos iguales ante la ley, podemos acceder a cualquier puesto de trabajo, divorciarnos, abortar, salir por las noches, no casarnos, estudiar lo que nos apetezca... o sea, que este país en este momento es igual de estupendo para los hombres que para las mujeres. Así que, ¿por qué empeñarnos en gritar consignas pasadas de moda y seguir toreando en plazas públicas y privadas? Ya está todo conseguido.
Me gustaría ver a esos personajes embriagados de post-ismos explicándoles a las mujeres que quieren salir a pescar en la Albufera valenciana que su lucha no es una lucha por la igualdad. Esas mujeres han ganado todas las batallas legales y, sin embargo, se ven sin un medio de ganarse el pan por culpa de los prejuicios machistas de unos pocos seres de ideas antediluvianas. Sus raíces crecen en el mar, pero las raíces patriarcales que atan a sus enemigos a formas prehistóricas de discriminación son aún más fuertes. El día que escribo estas líneas vuelven a ser noticia porque los hombres se han sacado de la manga una nueva regla de hermandad anti-hembra: cualquiera que quiera ingresar en la cofradía de pescadores necesita un padrino que dé fe de que tiene un árbol genealógico indudablemente ligado a la vida en el mar. Y por supuesto, para apadrinar a las mujeres no aparecen voluntarios. Ni los tribunales, ni el apoyo popular, ni las protestas de grupos feministas parecen minar la fe inquebrantable de estos pescadores en su superioridad de género. Cada batalla ganada sobre el papel y perdida en la práctica demuestra que en la Albufera al feminismo le queda mucha tarea por hacer.

Otra situación sobre la que me gustaría pedir explicaciones a los abogados del postfeminismo es la de la violencia doméstica. ¿Cómo se explica que el tanto por ciento de maltratadores condenados sea irrisorio, y sin embargo el de víctimas se acerque al 50% de las mujeres que viven en pareja? Cuando una mujer ha sido maltratada física o psicológicamente, cuando el hombre con quien eligió compartir su vida le grita, insulta, abofetea, muerde, quema, apuñala y viola, ¿de verdad alguien se cree que lo suyo es una relación igualitaria? En el terreno de las relaciones personales y la educación para una sociedad justa tampoco está todo hecho. Son los grupos feministas quienes han llamado la atención sobre las cifras, la sangre y las muertes. No son sino las mujeres las que se manifiestan en las plazas de muchas ciudades españolas cada vez que cae una víctima más de la guerra de los sexos (también eso es terrorismo, también merece concentraciones, pancartas y "basta ya"). Parece ser que en este mundo nuestro tan civilizado todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otras.
Y no se trata de situaciones de marginación por cuestión de clase, raza o educación. Hace unos meses las más altas esferas de la cultura catalana estaban en plena ebullición porque unas pocas descocadas pretendían acceder al selecto círculo del Liceo. No hablamos de estudiantes en minifalda ni de sesenteras trasnochadas. Entre las rechazadas que se enzarzaron en una nueva pugna por un mundo más equilibrado estaba la mismísima Montserrat Caballé (¿necesito añadir "peso pesado del panorama cultural internacional"?). Los caballeros socios salían de sus reuniones con mucha prisa y cara de pocos amigos, sólo de pensar que su espacio privado de ocio y negocio podría ser violado por unas cuantas mujeres irrespetuosas de la tradición. Y digo yo, si se lo pueden permitir y les apetece, ¿qué derecho tiene un grupo de hombres de traje gris a ponerles barreras? Me dirán algunos (los mismos de los que hablaba al principio) que no es una cuestión de género, sino de historia; que no es machismo, sino respeto por los ancestros. Y yo me reiré en su cara. Pero la risa me durará poco, porque enseguida me daré cuenta de que las discriminaciones de las que aquí hablo y otros cientos de miles que tienen lugar cada día a nuestro alrededor, con mayor o menor ruido y algarabía, no son una broma. Son demostraciones de que, por mucho que se empeñen los enamorados del post-ismo, el movimiento feminista, aquí y ahora, sigue siendo tristemente necesario. Nos queda demasiado por hacer. ∆

   

   
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Última revisión: octubre 27, 2008. 
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