
La muerte no hace distingos, se lleva a ricos y pobres, a
científicos y obreros, a jóvenes y viejos y así lo hizo con el hombre que
dio más vida a muchos seres humanos de lo que la propia naturaleza les
hubiera concedido. |
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UN LATIDO, UNA ESPERANZA
POR RAQUEL BUZNEGO (PSICOLOGA)
P odía haber vivido unos años más. La
noticia inexacta al principio, atribuyó su muerte a un infarto; una gran
paradoja -pensó-. Finalmente supimos que la causa de su muerte fue un ataque
de asma.
La muerte llamó también al hombre que fue capaz de desafiarla.
Cuando era muy niña recuerdo que me encantaba ver en las revistas la imagen
de aquel eminente cirujano que se atrevió a jugar a los milagros, sus manos
fueron capaces de sembrar esperanza de vida donde ya no era posible más que
la muerte.
Me gustaba saber de su vida porque aquel hombre no podía ser como los demás,
era el pionero de una nueva forma de cirugía y, por supuesto, lo veía como
un genio capaz de vivir su vida como un superhombre y a la vez hacer posible
el sueño de un ser humano que a las puertas de la muerte es capaz de
reilusionarse con la vida.
Pero la vida, maravillosa por el mero hecho de poder vivirla, es absurda y
caprichosa e hizo que el médico de hábiles manos por las que muchos enfermos
de corazón desearían ardientemente ser intervenidos tuviera que retirarse de
la profesión por la artrosis reumática que venía padeciendo desde 1956.
Así que cuando se dedicó al estudio del rejuvenecimiento y mucha gente
criticó su nueva faceta profesional, yo seguí creyendo en él y en su trabajo
porque no imaginé jamás a un cirujano semejante trabajando en algo en lo que
de antemano no hubiera creído.
He leído, varias veces, el libro que escribió junto con un colaborador
titulado "Tensión", es una novela, pero una magnífica obra en la que están
plasmadas todas aquellas vivencias, contratiempos y emociones que surgen del
trabajo en un hospital y concretamente en un quirófano: también se plasma la
angustia de un cirujano cuando tras cometer una negligencia escucha en la
mesa de operaciones el último suspiro de un ser humano.
En esta novela también contemplan los autores del problema racial que
existía en Ciudad del Cabo y concretamente en los hospitales donde las salas
para negros y blancos debían estar separados, así como la forma de atención
médica y sanitaria a unos y otros.
Lo último que supe acerca del Dr. Barnard fue cuando el pasado año nuestra
región tuvo el honor de contar con su presencia. En aquel momento sentí
envidia, mucha, de las personas que tuvieron el gran privilegio de conocerle
y de intercambiar con él pocas o muchas palabras.
Supondría, supuse, una intensa emoción, una emoción sin precedentes
especialmente para el grupo de personas trasplantadas con las que se reunió,
porque habrán tenido la sensación de que gracias a la ciencia y a las manos
del gran cirujano una nueva puerta se abrió para la posterior investigación.
Investigación que, a fin de cuentas hizo posible la vida para quienes de
otra forma no habrían soñado con vivir más allá de lo que su enfermo corazón
les hubiera permitido.
Así son las cosas, la muerte no hace distingos, se lleva a ricos y pobres, a
científicos y obreros, a jóvenes y viejos y así lo hizo con el hombre que
dio más vida a muchos seres humanos de lo que la propia naturaleza les
hubiera concedido.
La vida podría haber sido más generosa con el hombre que la perfeccionó, con
quien merced a su mente despierta y hábiles manos fue capaz de subsanar lo
que por naturaleza, por uso o por accidente, presentaba cualquier defecto
mortal de necesidad.
Supongo que el Dr. Barnard habría sabido aceptar su incapacidad, la
incapacidad que le apartó de su brillante profesión. No queda más remedio
que aceptar lo que no se puede cambiar, de cualquier forma debemos agradecer
a la vida el haber dado a luz a este hombre, a un hombre que cambió el curso
de muchas vidas, que sembró esperanza donde sólo cabía impotencia y dolor y
que ilusionó nuevamente a los pacientes a quien atendió.
Luego se lo llevó, no le concedió más tiempo, hemos perdido a un gran
cirujano pero quienes vivimos aquel momento histórico del primer trasplante
de corazón jamás podremos olvidar al hombre que lo llevó a cabo.
La vida y la obra del Dr. Christian Barnard contribuyó de forma crucial a la
cirugía del corazón, pasará a la historia de la medicina como uno de los
grandes.
Su último latido hará eco en no pocos corazones trasplantados. ∆ |