
A
quienes afirman que el uso de la lengua castellana no es sexista, les
propongo un ejercicio: definan sin pensárselo demasiado las siguientes
palabras y expresiones: pariente/parienta; individuo/individua; hombre
público/mujer pública; lobo/loba; cortesano/cortesana, fulano/fulana... |
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LA PALABRA JUSTA
POR MARTA F. MORALES
P ersonalmente, una está un poco
harta de comentarios sobre feministas marimachos y sus reivindicaciones
sin sentido. Hay personas que no han pasado de los años sesenta y todavía
creen que tener conciencia igualitaria no es más que salir a la calle sin
sujetador e infectar de rabia a los hombres a mordiscos. Y las hay que
siguen negándoles la razón a las mujeres que piden para nuestro mundo (el
hispanohablante, que nos queda más cerca, pero también para el resto) un
lenguaje sin sesgos de género. A quienes afirman que el uso de la lengua
castellana no es sexista, les propongo un ejercicio: definan sin
pensárselo demasiado las siguientes palabras y expresiones:
pariente/parienta; individuo/individua; hombre público/mujer pública;
lobo/loba; cortesano/cortesana, fulano/fulana (hasta el ordenador,
mientras tecleo, me subraya "fulana" como error).
Si hecho el ejercicio les sale como resultado que la primera palabra del
par (a la sazón, el masculino) tiene un significado positivo -o al menos
neutro-, mientras que la segunda (oh casualidad, el término femenino)
acarrea connotaciones negativas, creo que deberían replantearse el tema
del sexismo en el lenguaje. Y la lista de vocablos ha sido corta.
Podríamos preguntarnos también por qué una cocinera es una señora que
trabaja en una cocina (fregado de platos incluido) y un cocinero tiende
más bien a ser un chef sin restos de Fairy entre los dedos. O qué
misterios de la evolución humana hacen de una cajera una chica con
uniforme de Hipercor y de un cajero una máquina expendedora de dinerito
fresco. Relatando un atentado en televisión, ¿nunca han oído decir que
fueron heridas cinco personas, dos mujeres y un niño? Habrá que
reflexionar sobre si tal vez las mujeres y los niños no son personas. Y en
términos deportivos, ya no resulta a estas alturas apropiado mencionar las
categorías "benjamín, alevín y femenina". ¿Todas las niñas que juegan
tienen la misma edad? O decir que asistió al partido -o a cualquier otro
evento- un público variopinto, formado por "jóvenes, ancianos, inmigrantes
y mujeres". La posibilidad de las mujeres para ser también jóvenes y
viejas, locales o extranjeras, ¿dónde queda?
Una vez metida en materia, creo que huelga decir -pero aún así, diré, como
siempre se hace después de esta expresión- que la reivindicación feminista
de un lenguaje neutro va mucho más allá de las tan cacareadas barras y
arrobas en los textos y las frases jeroglíficas en los discursos. No tengo
ningún problema en admitir que se hace tedioso, cuando no abiertamente
imposible, leer unas cuantas páginas llenas de "los/as niños/as,
algunos/as ciudadanos/as, muchos/as compañeros/as", etc. O que todavía
queda un pelín raro ver un texto lleno de "@"s cuando hay millones de
personas que no han visto en su vida un ordenador. No se trata de
complicarnos la vida al leer ni al hablar (traten de mantener una
conversación completa en estos términos: "llegamos, y como a todos y todas
nos apetecía una pizza, todos y todas pusimos dinero para el bote para
comprarla entre todos y todas"). Desde luego, no es eso. Pero hay formas y
formas de decir las cosas.
Cuando un político (hombre público, por cierto) se dirige a los
"ciudadanos y ciudadanas" podría acortar la frase diciendo simplemente "la
ciudadanía". En un centro educativo se puede distinguir entre profesorado
y alumnado, y no hará falta especificar qué proporción del personal
docente son mujeres ni cuántos estudiantes son chicos. Hablando de
audiencias, públicos y demás concentraciones masivas, es bien sencillo
referirse a "personas jóvenes, jubiladas, inmigrantes", etc. (pero
personas, al fin y al cabo). A la hora de explicar la Teoría de la
Evolución en un aula, no cuesta un mayor esfuerzo hablar del "género
humano" que decir "el Hombre". En buzones y tarjetas de visita está ya de
más el calificativo de "señora de_", salvo que a una la haya comprado su
marido en un puesto del mercado de esclavas y la tenga registrada a su
nombre, cosa no muy frecuente en nuestro país ya... ¿o todavía?
Y yendo un paso más allá (hay que hacerlo si queremos llegar hasta el
final), cabría decir que no se trata únicamente de palabras sueltas. Es
toda una lista de significados, hábitos culturales y sugerencias veladas
que hay que eliminar. ¿Por qué una niña pequeña es un cielo, guapísima, y
está cada día más mona, mientras que su hermano un año mayor es un
fortachón que cada vez está más alto? Por otro lado, no sé si un
catedrático aceptaría de buen grado que se comentase a fondo el color
atrevido y el elegante diseño del traje que lucía resaltando su espléndida
figura durante su última conferencia. En cambio el porte, la belleza y la
sencillez de una escritora cuentan más que su habilidad con la pluma en
muchos entornos. Y así sucesivamente, hasta llenar millones de páginas de
periódicos, prensa de colores varios, libros de texto, programas de
televisión y radio, páginas web... todo un sistema de uso y abuso de un
lenguaje pensado en masculino del que todavía nos queda, a todos y todas,
demasiado por cambiar. ∆
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