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PSICOLOGIA Y SOCIEDAD

 

Una estampa normal en Melilla es la de una familia bien portada que regresa felizmente de la compra; tras ellos una niña marroquí carga con todas las bolsas como si fuese una burra.

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 LOS NIÑOS NUNCA LLORAN
POR RAQUEL BUZNEGO (PSICOLOGA)

Leía la pasada semana en El Semanal, la dramática existencia de los niños marroquíes que han llegado a Melilla. Nada que no podamos imaginar. Es la triste y repetida historia de los pueblos desfavorecidos donde muchas familias tienen más bocas que alimentar que alimento, y entonces hasta los hijos son una carga que no pueden soportar.
Y esos niños están ahí, a nuestras puertas, esperando, como los adultos, el día en que se les presente la oportunidad de cruzar el charco. Entretanto no cuentan con más recursos que la destreza que han de desarrollar para su supervivencia y el valor y coraje necesarios para vivir en la calle sin otro techo que la intemperie ni más colchón que el suelo que los soporta.
Su vida es la calle y su escuela también la calle, dadas tales circunstancias nada bueno pueden aprender. Día a día experimentan la marginación, el abandono, el dolor y el resentimiento, un resentimiento atroz hacia no pocos adultos que se aprovechan de su miseria y de su dramática existencia para utilizarlo como correos de droga, para inculcarles el robo y para darles por el culo, en todos los sentidos.
Y luego viene lo que viene, lo de siempre, el mal que muy pocos son capaces de librarse: la droga. Su vida no merece la pena, hay que olvidarla, hay que colocarse y hay que experimentar, de alguna forma, la paz que jamás ningún adulto les fue capaz de proporcionar.
Comienzan esnifando pegamento y terminan consumiendo cualquier sustancia que llega a sus manos. La suerte está echada y presos de la adicción hacen lo que sea, el círculo comienza a cerrarse, las verjas comienzan a levantarse, han construido su propia cárcel, con la ayuda de algunos adultos que a partir de ese momento ya los pueden manejar, engañar y explotar sin complicaciones.
Y algún día, algunos, cruzarán el charco, otros perecerán en las aguas, en busca de la tierra fértil, del país de la abundancia, de la vida digna y entonces el sueño jamás volverá a ser soñado porque nada es como habían imaginado, ni deseado y su presente y futuro será tan negro y lamentable como fue en su casa o como lo fue en Melilla.
Encontrarán, en abundancia, más de lo mismo: marginación, droga, abusos y delincuencia. Son niños que no existen porque no están en ninguna parte, en su casa sobraron y aquí serán ilegales, no tendrán familia, no tendrán casa y no tendrán más trabajo que el que consigan siendo empleados de gente que no se conmueva explotando a un niño, o siendo prostituidos o quizá vendiendo droga.
No sé cuál será su futuro y a quién corresponde conducirles hacia una vida digna. Las instituciones, si llegan a ellas, tratan de reintegrarlos en sus familias pero ellos dicen que sus familiares no los quieren a no ser que vuelvan con dinero.
No los ha querido nadie y nadie los ha respetado, solamente alguien acude a ellos para utilizarlos o para descargar en ellos sus depravados instintos. Así que no vayamos a pensar que van a aprender a querer o van a saber respetar. No conocen más que el miedo, la soledad y la violencia.
Las niñas corren otra suerte, son empleadas de hogar desde muy temprana edad, trabajan únicamente por la comida y, con frecuencia, sufren malos tratos y abusos sexuales. Una estampa normal en Melilla es la de una familia bien portada que regresa felizmente de la compra; tras ellos una niña marroquí carga con todas las bolsas como si fuese una burra.
Y esa niña, que ha dejado de serlo precozmente, está sola ante la adversidad, ante alguien que no la trata como niña sino como mano de obra a precio de saldo.
Esa niña, desgraciadamente, ha sido mutilada, sus sentimientos, sus deseos, sus emociones y sus sueños no importan a nadie, los han sesgado de cuajo, no existe más que un ser que no puede tener amigos con quienes jugar, que no va al cole como los otros niños, que no tienen a quién llorar y que no tiene derechos, solamente deberes, trabajar porque para eso come y duerme a techo y, si acaso, soportar que algún guarro se meta en su cama y la manche con su desvergüenza y degeneración.
Esas niñas que mirarán los juguetes y las muñecas en los escaparates, llegarán a concluir que la vida es una puñetera mierda porque sólo la viven algunos, sólo tienen derechos algunos y sólo pueden comprar algunos.
Entretanto a esperar, a ver si algún día ese Dios, también de algunos, decide poner fin a tanta desgracia y venciendo la pereza que le ocupa, desde siempre, se pone a trabajar en serio y a administrar justicia.
Pero ese día jamás llegará, a no ser que un meteorito, o cualquier catástrofe nos borre de la faz de la Tierra y con ello destruya también todo el mal que unos hacen y quizá otros consentimos. ∆

   

   
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Última revisión: octubre 27, 2008. 
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